Cartas babianas (LXVI)

Queridos veraneantes:

Podría decirse, que en la tarde del domingo, toda la provincia de Cádiz estuviera yendo de un sitio a otro, enloquecidos por la proximidad del lunes. Es fácil imaginar el contraste de este paisaje con los lentos meses de otoño e invierno. Carreteras vacías y pueblos que saben esperar pacientemente. Los inviernos que conozco son muy distintos entre sí, el mesetario cada vez tarda más en llegar. En el norte, las fiestas del Rosario trazan una frontera difícil de sortear. Aquí imagino que se sucederán las tormentas de viento y las noches serán más largas que en cualquier otra parte. Pero protegerse será sencillo.

Me ha faltado probar concienzudamente la carne de retinto, queda pendiente. A riesgo de que no me haga entender, les escribiré que el pescado lo cocinan como la carne, especialmente el atún rojo en El Campero. En el almuerzo de hoy, salvo un revuelto de ortigas delicioso, con un huevo perfectamente ligado y sin abuso de ajo, todo fue atún, en crudo: picante y tartar de cola blanca, y cocinado: un tarantelo al punto. El manjar exigiría, por respeto, un día de ayuno. Con un establecimiento como este podría resistir cualquier tempestad.

En el epílogo de ‘Gente peligrosa: el radicalismo olvidado de la Ilustración europea’, su autor Philipp Blom repara en el desconocimiento que envuelve al barón D’Holbach, a Helvétius o al mismísimo Diderot, a quien se reduce a la categoría no menor de enciclopedista. No son Rousseau ni Voltaire. Sin embargo, muchas de sus ideas forman parte del acervo común que mueve al mundo civilizado, sin ir más lejos su oposición radical a la esclavitud, ¡un siglo antes de que se aboliera! o la misma idea de democracia representativa (una persona un voto). En su tiempo, en aquel salón reunido los jueves y los domingos, hirvieron las ideas más avanzadas del mundo. Hasta el punto de que la zarina Catalina reclamó los consejos de Diderot, que al final, chocaron contra el pragmatismo autócrata de quien los había solicitado, que lo expresó con precisión:

Monsieur Diderot: he escuchado con el mayor placer todo lo que le ha inspirado su brillante genio; pero todos sus grandes principios, que entiendo perfectamente, aunque están muy bien para los libros, harían un triste trabajo en la práctica. Usted olvida, en todos sus planes de reforma, las diferencias entre nuestras dos posturas: usted trabaja solo sobre el papel, que se presta a todo; es obediente y flexible y no pone obstáculos ni a su imaginación ni a su pluma; en cambio, yo, pobre emperatriz, trabajo con la naturaleza humana, que es, por el contrario, irritable, y se ofende con mucha facilidad.

Este fragmento nos lleva directamente a los límites prácticos del gobierno y de la política. Un tema que excede de la presente carta, pero que retomaré en esta misma correspondencia. No me resulta nada ajeno y puedo tratarlo con cierto conocimiento de causa. El asunto tiene mucho interés aquí y ahora. En un país en el que todo el mundo opina, olvidando que para hacerlo debe estar medianamente informado, y en una situación de crisis, que para ahorrar circunloquios definiremos como estructural. Nunca ha habido una literatura de propuestas de solución tan abundante, pero siempre en libros y cuando llegan a los programas políticos son conatos de buenas intenciones que en muchas ocasiones son irrealizables, sin abrir otro agujero. Y los programas políticos deben cerrarlos siempre.

El sur se ha acabado.

Cuídense.