Cartas babianas (LXVII)

Queridos veraneantes:

En el norte uno nunca tiene la certeza de cómo amanecerá. El tiempo es la única ventaja apreciable de Greenland. No es la única, pero produce cierta comodidad saber cuando se tienen que poner las katiuskas. Es frecuente verme por la capital, paraguas en ristre, sin que llegue a llover. Hoy no tiene pinta de que vaya a llover, pero en la sentencia siempre hay algo de esperanza. La costa garantiza una temperatura agradable.

Una señal inequívoca de vejez es cuando descubres la apoteosis del sabor de un pote, de una fabada o de cualquier otra pucherada. Otro signo es cuando ya no concedes a la meteorología un papel esencial, es decir, cuando puedes soportar que la naturaleza conspire para derrocar tus planes uno a uno.

En este nuevo lugar tengo que restaurar la rutina, por mi propio bien. Stendhal siempre es una buena opción. Leo rápido la prensa y compruebo que las cosas no cambian y hay quienes tras la muerte de misionero enfermo de ébola, comienzan a hacer preguntas para disimular su anticlericalismo. No se han atrevido a decir, a las claras que el Estado no debía haberle repatriado. Sin embargo, cuando el Estado consume recursos de todo tipo, por liberar a periodistas o a personas enfermas o atrapadas en países peligrosos, callan. Ese sigue siendo el problema del anticlerical español, que tiende a mirar a otro lado cuando la Iglesia y sus devotos sirven al prójimo haciendo lo que predican. Puede que no sean todos, pero los que son no solo merecen respeto sino admiración.

En mi colegio de monjas estudié con niños gitanos a los que las religiosas bañaban y alimentaban a diario, sin que el resto de compañeros lo supiéramos. En ese mismo colegio, con misas y clases de religión, si querías confirmarte (lo que en mi pueblo no dejaba de ser un acto social) debías pasarte todos los domingos de tercero de BUP y COU en un asilo dando de comer a los ancianos a quienes ya nadie iba a ver. En fin, no soy supersticioso, pero tampoco un miserable desagradecido.

Cuídense.