Cartas babianas (LXVIII)

Queridos veraneantes:

Hoy es la víspera de una fiesta que recorre toda España, la Virgen. En mi memoria de mozo, las mejores fiestas ya habían pasado. La noche de mañana, acudíamos a la romería de Villasecino, una verdadera fiesta de ‘prau’ (pradera) amenizada por una humilde orquesta. En aquellas ocasiones el coqueteo con las chicas era imposible. Supongo que lo que ocurría era una absoluta separación entre la oferta y la demanda; quienes tenían éxito en nada se parecían a mí y en nada quería yo parecerme a ellos. Me daba la impresión de que el verano y las montañas premiaban la rudeza primitiva de los chicos. Muchos de los cuales vivían en ciudades más grandes y acaso más civilizadas que mi pueblo. No era un asunto de origen, sino más bien de ambiente. Un fenómeno muy curioso que no sé si hoy se sigue dando, pero me temo que sí. Uno se resiste a comprender que ese no es el lugar para lo que en verano hace toda su generación, y que la falta de éxito no solo se debía a la impericia, evidente en mi caso, sino a que el mercado buscaba otros atractivos que yo repugnaba. Ni siquiera esa alta motivación torció mi carácter. Por tanto, aquellas dos semanas de fiestas diarias habían dejado de prestar, para mí, su servicio más genuino. Era una forma de luchar contra la pura endogamia, los chicos de un pueblo cortejaban a las chicas del pueblo de enfrente, y aunque a veces tenían que descalabrar a los chicos de ese mismo pueblo, se conseguía sangre nueva. Con los veraneantes las posibilidades se multiplicaban, y el esquema seguía siendo el mismo, aunque en algunos casos sigue triunfando la proximidad vernácula.

De todo esto me di cuenta tarde. Posiblemente contribuyó definitivamente el libro de Vicente Verdú sobre el noviazgo en España, una lectura muy recomendable. El caso es que las fiestas volvieron al feliz lugar de la niñez, donde jugábamos al escondite entre la maraña de gente que bailaba o contemplaba la orquesta. Habían perdido la novedad, y uno empezaba a preguntarse por el lugar idóneo para emparejarse, y claro, cada uno tiene el suyo.

El gobierno húngaro quiere establecer una democracia aliberal. Es un oxímoron muy explotado en el pasado. Vuelve la creencia en la Nación y la necesidad estratégica de aumentar su base territorial. Posiblemente los delirios de conquista sigan anidando en las más tenebrosas cabezas, afortunadamente, el poder para consumarlos no está al alcance de todos y por supuesto, no del gobierno húngaro.

Resulta muy importante que quien tenga la capacidad de conquista sea una democracia liberal. Europa, la misma que se expandió al este con precipitación para que los países excomunistas no se vieran en terreno de nadie, debería impedir que a su costa se reprodujeran las antiguas alianzas, ahora bajo el designio de los nacionalismos.

La democracia exige libertad. Todo lo demás son autocracias y vanos sueños imperialistas.

Cuídense.