Cartas babianas (LXX)

Queridos veraneantes:

El verano suele aplazar las preocupaciones más urgentes. El problema es la acumulación posterior. Lo mejor es que te permite vivir con mucha más tranquilidad, puedes hacer cosas con lentitud y demorarte en una larga conversación de sobremesa, de las que en realidad nunca se acaban. Estos momentos quedan confinados realmente al verano, cualquier otro de los descansos estipulados no se parece en nada.

En un momento de la tarde desde un acantilado observamos (hasta donde llega la potencia de nuestros ojos) el abrupto perfil de la costa. Su estado desmiente cualquier profanación legislativa, pero ya se sabe el menosprecio que respetuosamente se tributa a la realidad y a la opinión informada. En la trasera de la playa una tupida cortina de pinos la separa de cualquier rastro humano. Desde arriba, podría pasar por una isla salvaje que aguarda tranquila a la civilización, los bañistas, en esta imagen, podrían ser los aborígenes que viven de espalda a un mundo que se abre ante sí. Y nosotros los tripulantes deseos de poner pie en tierra y comenzar la catequización. La altura ‘etic’ nos facilita ese áurea de descubridor o de antropólogo, deseos de llevar novedades a la metrópoli. Los coches en el margen del camino interrumpen abruptamente la ensoñación. Además el mito del buen salvaje, es eso, un gran mito pulverizado por Hobbes y más tarde por la penicilina.

Me descargo, por fin, ‘El bucle melancólico’ de Juaristi, los buenos siempre llaman dos veces. Está escrito en 1997 a raíz del asesinato de Miguel Ángel Blanco. Es una explicación del nacionalismo que servirá siempre. En esa extraña alternancia entre Cataluña y Euskadi, ahora corresponde Cataluña y por eso leo sobre el nacionalismo vasco. En mi cabeza resuena el gran libro de Juan Aranzadi sobre el origen milenarista del País Vasco y Túbal el nieto vasco de Noé (el del Arca). El prólogo de la edición de 2000 del libro de Juaristi no puede ser más esclarecedor. Tengo para mí, que estas obras siempre consiguen sacar a alguien del error, es decir, del discurso nacionalista que discurre ajeno a la Historia y a la razón. Por eso resulta tan pertinente que un historiador nos cuente también las historias que circulan por la Historia. Los cuentos que protegen a todo buen nacionalista, y que se han contado de generación en generación. El siglo XIX puso la teoría que luego prendería en la práctica europea del primer tercio del XX.

Les seguiré contando, aun a riesgo de que estas cartas se hagan aborrecibles. Puede que mis preocupaciones, mis lecturas y mis andanzas sean erráticas y lo que es peor se hagan aburridas. Quiero pensar que mis veranos son mucho mejor que mis largos inviernos, pero ¿quién sabe?

Cuídense.