Cartas babianas (y LXXI)

Queridos veraneantes:

Babia es Babia, incluso en el siglo XXI y las sombras han impedido que pudiera enviarte con puntualidad estas cartas. La última del verano, te la escribo desde la capital y con una semana de retraso. En Greenland los minutos siguen contados como siempre.

Creo que ya he protestado en varios ocasiones por esa brisa que no deja en paz a los veraneantes. Antes no la percibía, y con el tiempo se ha hecho molesta porque es un muro que se yergue frente al calor del verano. De todos modos, aires a parte, el sol leonés no dejó de salir ni un solo día, y Babia siempre es Babia.

Ha llegado tarde la contemporaneidad de los centros de interpretación, pero ha llegado. Me alegra de que sea una secuela extemporánea de aquel movimiento. Este espacio terrenal merece protección, como en todos estos casos, cabe preguntarse de quién. Nunca de sus habitantes. Si echas la vista atrás y relees nuestras cartas, verás que en la primera glosaba nuestra condición de veraneantes aquí. Los inviernos justifican esta separación y por supuesto el consabido linaje. Ninguna otra cosa, pero el frío, la soledad y el trabajo a al intemperie sí. Los originarios son los que nos lo han traído hasta aquí. Sin su voluntad no habría nada. Sus reticencias son comprensibles, todo el mundo se protege y lucha contra las amenazas. Y allí, hay que defenderse. La protección solo tiene sentido si les proporciona un argumento más para seguir. Los veraneantes, incluso los jubilados, con el frío se van, pero en ocasiones dejan sus mesiánicas recomendaciones y estrictas normas. Las visitas traerán la admiración y les permitirá descubrir un valor en el que acaso no habían reparado. Ellos deben ser los primeros beneficiarios, tienen que vivir en paz, los inviernos les dan ese derecho.

El cambio más profundo es la ausencia de Lao. El bosque se va haciendo ralo y los claros son irremplazables. Un hombre bueno que dominó su ruda cáscara como nunca antes lo hizo nadie. Lo escuché las veces que hablaba, que no eran muchas, siempre estaba de acuerdo. Tenía el don de la sindéresis. Será imposible olvidarle cada vez que recorramos el claro de su ausencia. Debía contártelo tarde o temprano, aun sabiendo que tendremos también que administrar tu tristeza.

Por las noches, después de recoger y al calor del hogar, celebramos un inesperado homenaje jugando a las cartas. Todos, aunque es una palabra que sobre esa mesa y con esa baraja nunca estará tan vacía. Te habrías reído mucho.

Seguiré apareciendo por aquí, pero sin la frecuencia que exige un sitio como este. Aguardaré a que el año vuelva a desembocar en el verano. Hasta entonces, cuídense.