Mañana

Se acerca el día y sigo sin poder escribir la entrada que debiera. Solo acierto a enviarte cartas durante el verano, como cada vez que nos separábamos. Siempre me respondías. Sigo sin poder releer tus respuestas y sin abrir durante más de dos segundos las fotos que tengo diseminadas por el ordenador y el teléfono. Sigo teniendo mucho miedo a la muerte de los que quiero. Los duelos se acumulan y solo los extingue la propia muerte. Es estrictamente falso que el tiempo cure, quizá alivie, no digo que no, como la esperanza de haber contribuido a alguna de las múltiples formas en las que fuiste feliz.

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El año hiperelectoral comienza, pero antes de que se desaten todos los fantasmas que han sido convocados conviene tomar aire. La Constitución Española de 1978 es una excepción en la Historia de España —esa Historia de todos los demonios—, porque ha permitido la alternancia política y que todos los ciudadanos hayamos podido vivir en libertad. Toda obra humana tiene padres, y las excepciones no se producen por casualidad. Podemos convenir que su desarrollo ha sido imperfecto y que por sus grietas ha entrado el malgobierno. Entendido como la corrupción, la ineficacia y los demás males. Nada que no tenga remedio. Entendiendo por remedio la regeneración, el cambio, la reforma; en una palabra, los ajustes que sean precisos para que el país funcione de la mejor manera posible. Lo que podrá hacer cualquier partido; los que ya lo han hecho y los que se postulan para hacerlo por primera vez. No obstante, sospechemos de quienes se atribuyen en exclusiva, aunque sea solo a efectos dialécticos, la capacidad para hacerlo. Este objetivo, antes como ahora, solo se podrá conseguir con un amplio acuerdo. Lo otro son imposiciones, y las imposiciones dialécticas no existen.