Golf en primavera

Mi rezo antes de escribir aquí, ya lo he dicho, es leer a Orwell. Cualquier texto al azar, porque todos son buenos y precisos.

El portal del edificio está separado de la acera por unos siete escalones. Las aceras son estrechas y los edificios, a ambos lados de la calle, relativamente altos. En ese promontorio una mujer con gafas oscuras, fuma, mira en el sentido contrario al del tráfico y espera. Desde lejos no percibo impaciencia, pero sí ansiedad. Hay edades para todo, también para la ansiedad. En la ciudad, a poco que uno observe o escuche conversaciones, la percibirá.

El plátano de sombra empieza a flojear. Una aplicación advierte a sus enemigos que pronto acabará el combate. Se va, no nos vence pero tampoco será derrotado.

«Contén la respiración y dispara», solo así conseguirás que tu objetivo no salga de la cámara. Cuanto más pequeño sea el artilugio más útil es esta regla.

No conozco deporte más técnico que el golf. Si no fuera porque el golpe puede tardar, también deberían recomendar que no se respirase, pero podría ser peligroso. Cuando no estás ante la bola y practicas, como si hicieras toreo de salón, el movimiento es perfecto. Sin embargo cuando tienes la bola a los pies, los mismos músculos que dibujaron una silueta exacta antes, se atenazan, te aprietan y acaban por organizar un golpe fallido o directamente ridículo. Los dioses del golf harán que en la hora de cancha des dos o tres golpes buenos, es su forma de amarrarte a los palos. Cunde en tu imaginación que con práctica, atención y cuidado conseguirás que esos golpes sean la regla general. El algoritmo del golpe aceptable está muy lejos y tiendo a pensar que para mí no existe. Subo el palo, sin que crezca mi cuerpo. Mi mano izquierda baja rápido el palo ayudada por el impulso de la derecha, al tiempo que mi pierna derecha va hacia dentro y hace sitio para que el palo golpee la bola. Mantengo el cuerpo ligeramente retrasado. Pero el golpe continua. A mi juicio esta parte es contraintuitiva, no olvidemos que ya has golpeado la bola. Sin embargo, no puedes recoger el palo, el palo tiene que salir recto al objetivo para acabar en el hombro izquierdo.

«La buena prosa es como el cristal de una ventana» (George Orwell).