Cartas babianas (LXXIII)

Queridos veraneantes:

Los juguetes ponen el mundo a la escala de los niños, pero también de los adultos. Ayer me reencontré con el tren eléctrico de todas las Navidades de nuestra niñez. Un circuito de dos círculos concéntricos que nos montaba mi padre y que quedaba instalado en el suelo de nuestra habitación durante todas las vacaciones. Nos turnábamos en la conducción, no sin conflictos y siempre con la discreta paciencia de mi hermano. Mi hermana tardaría unos años en entrar en los turnos. Sentada nos miraba risueña, con alegre generosidad por ver tan contentos a sus hermanos, cualidad que aun mantiene y como sabes, es herencia de nuestra madre y de la madre de la nuestra. Con el tiempo, también se puso a los mandos.
La historia del tren eléctrico tiene interés familiar. Es uno de los primeros regalos que mi madre dio a mi padre, después de casados. Ponía en sus manos y a escala, su ilusión de ser ferroviario. Un hijo de ferroviario que nunca lo sería. Aquel tren fue y sigue siendo nuestro juguete, pero sobre todo, una forma de contar una parte de nuestra historia.

El tren puede llevarnos a hablar sobre las vocaciones frustradas. Pero, si me permites el giro, resulta mejor detenerse en las vocaciones alternativas, es decir, aquello que ocurre en lugar de lo planeado. La clave es reconvertir la vocación y lograr que lo inesperado no sea un fardo, cuyo peso recuerde siempre lo que podría haber sido. Todas las aspiraciones, por muy concretas que sean, se arraigan en una categoría más general que tiene los suficientes caminos como para sobrevivir. Cuanto antes las circunstancias elijan por ti, antes comprendes el grado de contingencia de las cosas, antes comprendes el mundo, y la desvinculación real entre el objetivo largamente planificado y el bienestar. Estoy seguro de que hay una correlación entre el buen desempeño de una vocación alternativa y la intensa lucha por la inicialmente deseada. Para comprobarlo empíricamente se necesitarían toneladas de sinceridad, la frustración se suele ocultar como una vergüenza. A mí, me ha servido mucho no hacerlo y a quien me lo enseñó le estaré agradecido siempre.

Los juguetes representan fielmente el mundo que rodea al niño. Ayer en una juguetería, si se le puede llamar así, solo había tractores, máquinas cosechadoras, animales de granja, útiles de trabajo agrícola… Copias pequeñas de lo que los niños ven en grande. Aprendemos por imitación, y también copiamos lo que queremos ser. No será extraño que la primera inclinación de estos niños sea tener un gran John Deere. Como visto así, no ha sido raro que yo hubiera decidido mi futuro en el despacho de un secretario de Ayuntamiento. Y eso a pesar de las toneladas de felicidad que nos dio el trenecito y las que espero siga desparramando aún.

Hoy es un día de playa que habrá que apurar intensamente. Los planes aquí, como dice la futura mamá, se fijan mirando por la mañana al cielo y por la noche a una aplicación del móvil.

Cuídense.