Cartas babianas (LXXIV)

Queridos veraneantes:

Ayer el día no fue tan de playa como parecía. El tiempo tampoco nos expulsaba, y un arenal es un buen lugar para comer y leer tranquilamente. Apenas hay ruido, y las conversaciones y gritos, fundamentalmente de los niños, se dispersan garantizando plena tranquilidad. El agua fría investía de valentía a los pocos que chapoteaban.

Estábamos en Galicia. No muy lejos, dos parejas con una niña, hablaban tranquilamente. No podría decir si los hermanos eran ellos o lo eran ellas. Las mujeres se parecían mucho, pero también los hombres. Podría tratarse de un emparejamiento simétrico: un hermano para cada hermana. Su conversación distendida era imperceptible. Pero como siempre ocurre, hay alguien que sabe de todo, que acapara la conversación y da por obvio lo que dicen los demás, que aceptan sin problemas su superioridad. Mucho más cerca, una mamá cuidaba a sus dos hijos, un niño de 5 años y una niña un poco mayor. Tras el baño secó primorosamente al pequeño, los cuidados incluyeron el cambio de bañador practicado con la libertad que las primeras vergüenzas impedirán en unos meses. Después, dirigió la misma operación con la niña, que ya hizo ella misma. Repartió los bocadillos, los sentó en las sillas y sin que apenas me diera cuenta, ella hizo lo propio y se sentó en la toalla, el lugar más incómodo, a comer su bocadillo. Luego hubo de lidiar con que los niños respetaran las dos horas de digestión reglamentaria y jugaran moviendo arena y piedras de un lugar a otro. También agitaban un cubo que se supone estaba cargado de pececitos. Por lo demás, parejas tomando el sol y la brisa, turistas con calzado inapropiado, bebés entusiasmados.

Cruzamos el río aprovechando la coronación de un salto eléctrico. Para ello hay que remontarlo por su margen izquierda, para luego descender abruptamente por una carretera serpenteante y estrecha. Se baja lo que luego hay que subir para alcanzar su margen derecha y tomar una carretera más cómoda. Cada vez que veo esta clase de caminos, pienso en tomar una bici, espero poder hacerlo pronto.

Pero como se sabe, aquí se viene a comer. Podemos engañarnos de muchas maneras y distraernos con otra clase de placeres, pero fundamentalmente se viene a comer. Para la cena el predilecto ‘La Barcarola’ estaba lleno. Sin necesidad de improvisar y unas calles más arriba nos detuvimos en ‘La Villa’ un lugar en el que la carta es un discurso gastronómico donde cualquier elección siempre será buena. La cena invita a la frugalidad, pero el lugar al exceso; equilibrando ambos extremos, elegimos: pulpo, croquetas y almejas a la marinera. El pulpo es siempre una opción segura y sabrosa, aunque aquí dan un pulpo con langostinos impresionante. Las croquetas tienen una textura perfecta y están libres de ese sabor lechoso que tantas veces afea a este producto. Estas saben a lo que llevan y la ración es abundante, otro defecto de las croquetas que en algunos sitios dan contadas, sin advertir de su escasez a los comensales. Las almejas muy carnosas y sabrosas se asentaban en una salsa verde perfectamente acabada, que las acompañaba en paz sin matar su sabor.

Acabo de terminar la biografía de Torquato Fernández-Miranda. Un libro muy recomendable que se ocupa de un personaje imprescindible de nuestra historia. Un español independiente que contribuyó decisivamente a llevar a buen puerto la Transición. El libro debería empezar por su final político, en el que como suele ocurrir a los grandes hombres de nuestro país, no recibe un pago justo. Posiblemente no lo buscó nunca. Y es muy probable que tuviera razón al proponer que los principales actores de la Transición deberían haberse apartado una vez que se aprobó la Ley de Reforma Política de 1977. En mi opinión, su gran mérito fue político, pasar de la ley a la ley lo podría haber hecho cualquier otro, ahora bien, pasar de una dictadura a una democracia liberal homologable de forma civilizada solo una persona con sus cualidades y altura de miras. En noviembre se cumplirán 100 años de su nacimiento, será un buen momento para que este país se acuerde de uno de sus próceres y lo descubran quienes no lo conocen.

Te tengo anotadas algunas citas:

Se ha dicho que soy un hombre sin corazón, frío y sin nervios. No es verdad. Lo que sucede es que soy asturiano.

Pero sin duda, la observación que hizo al profesor Rubio Llorente condensa una verdad que aún resulta de comprobación desagradable:

Ahora, quiero hacerle a usted una advertencia. No olvide que vive usted en una sociedad que no ha creído nunca en la razón y cuyas clases dirigentes piensan que la ciencia solo sirve para hacer oposiciones.

No puedo acabar de mejor forma esta carta.

Cuídense.