Cartas babianas (LXXVI)

Queridos veraneantes:

Compruebo al despertar que no tengo la conexión que acostumbro, y que como si fuera un explorador debo moverme para encontrar la señal adecuada. Es sabido que el menor inconveniente causa gran incomodidad. Me gustaría conocer la explicación técnica, saber si hay remedio, o al menos, quedarme tranquilo al comprobar que no hay solución a mi alcance. El caso es que la ‘E’ del móvil me intranquiliza moderadamente.

Con el incordio de verme incomunicado por esta sombra tan arbitraria y espero que circunstancial, me decidí a leer a Weber, su conferencia-ensayo, ‘La política como vocación’. Muy interesante. Como resulta la cita con la que acaba la versión que yo manejo: «There’s no difference between a key and a door. Both of them are ilussions. But one ilussion opens the other one». Esto me pone sobre la pista de algo sobre lo que quería escribir, la necesidad de la acción como consecuencia de la reflexión. Por seguir con la cita, la necesidad de disponer de llaves que permitan accionar cerraduras que abran las puertas.

Te lo cuento porque llevo durante un tiempo leyendo ensayos sobre la situación de nuestro país, en los que de forma directa o indirecta se apunta la necesidad de hacer reformas. Empecé leyendo a Muñoz Molina y su ‘Todo lo que era sólido’, a César Molinas y su ‘Qué hacer con España…”, a Luis Garicano y ‘El dilema de España’ y a Zarzalejos con su ‘Mañana será tarde’. Además del colectivo de Politikon ‘La urna rota’, del que tengo algún capítulo pendiente. Todos estos libros resultan interesantes y contienen el diagnóstico y pautas para el tratamiento de nuestros males. Supongo, no tengo datos para afirmarlo, que cuando una crisis arrecia, surgen este tipo de manifestaciones inconformistas con el statu quo. El primer efecto es sacudir las conciencias y llamar la atención sobre un problema que no todo el mundo percibe ni puede analizar de forma tan amplia y sólida. El segundo, que es desencadenar una reacción en sus naturales destinatarios, no está tan claro. La acción siempre queda postergada, salvo raras excepciones de las que no siempre somos conscientes.

¿Tiene el ciudadano la obligación de movilizarse? ¿El cómodo estatuto de ciudadano, como titular de derechos y obligaciones, incorpora el deber de ser consecuente con lo que cree y obrar en consecuencia? Para un jurista esta cuestión tiene una clara respuesta negativa. A estos efectos, los deberes son solo los que los textos legales imponen, y esto no aparece por ningún lugar, al menos explícitamente formulado. Y no lo hace porque se presume que habrá personas que se encargarán de ello, entendemos que tienen diferentes incentivos para hacerlo y depositamos más nuestra confianza y fe, que nuestra razón, en que los llamados sean además, los mejores. Sin embargo, el populismo está socavando esta presunción, al señalar como privilegios ilegítimos esos incentivos que pueden ayudar a los más aguerridos, a enfrentarse no solo con sus problemas, sino también con los de su comunidad. Lo hacen en el entendido de que quien se quiera ocupar de estos altos menesteres deberá hacerlo a cambio de nada y fruto de una obligación moral para con sus conciudadanos.

Mi acendrado materialismo rechaza estas ideas. La misma vida como ejemplo: cada vez es más difícil que los mejores puedan estar en las altas magistraturas, salvo excepciones insisto, algunas de las cuales conozco bien. Pero además de la experiencia, estas ideas deben desestimarse teóricamente. Desde el momento en que el sujeto pueda escoger una opción que sin tantos quebraderos de cabeza ni suplicios, le proporcione más bienestar. Entiéndeme bien, me refiero a que la diferencia no puede ser tan desproporcionada.

Ayer el día solo levantó a última hora de la tarde. Momento en que el mar, con oleaje fuerte, impedía al río desaguar en la playa. Una batalla de fuerzas desiguales que se podía percibir río arriba. La sirena del astillero indicaba el final del tajo, en una tarde apacible donde el sol pudo calentar tímidamente algo.

Mis horarios son de cenobio.

Cuídense.