Cartas babianas (LVXXVIII)

Queridos veraneantes:

Aquí el día está desapacible. El tópico contraste que levantan las montañas. Llueve y la niebla densa envuelve los primeros kilómetros del descenso. El escenario para que las brujas preparen sus brebajes y hagan sus hechizos en el bosque. El tiempo era justo para llegar y tener un almuerzo agradable.

La fiesta se celebró como siempre. Siempre es la mejor cosa que puede decirse de las fiestas y de los amigos. Una conversación agradable, da gusto volver a encontrarte y saber de personas tan queridas. Sabes de sobra, que Babia tiene una parte de soledad insondable. Un paisaje que ha ido cambiando con el tiempo, pero que siempre será necesario para saber quien quise ser. A todas las ausencias se suma la de Eloína y en una parte se ensombrece la infancia de las cosas inamovibles. Por desgracia muy pronto supe que lo mejor partía para siempre. Más tarde descubrí que al cabo, solo tendría mis primeros siete años, antes mis primeros cinco, después mis primeros treinta… El inevitable despoblamiento. La duración del recuerdo es lo que más se aproxima a la eternidad, aunque no impida la corrupción de los cuerpos.

El verano de la transición, a la espera del relevo y de la nueva velocidad que llevarán nuestras vidas.

Conviene leer novela, entretenerse con la ficción bien escrita. Este convencimiento contrasta con la interminable lista de tareas útiles y lecturas indispensables que hay que hacer. No puedes morir sin haber leído este libro, es una sentencia lapidaria e irresistible. Moriré. En todo caso, una buena novela consigue suplir muchos viajes, superar la necedad y el provincianismo de quien cree estar en el mejor lugar de los posibles. Podrá decirse, con razón, que cualquier ensayo de Hobsbawn resulta más eficaz. La novela, empero, tiene un cariz lúdico del que no es necesario rehuir.

Me he descargado Génesis de Félix de Azúa, te transcribo el primer párrafo. Sin desmayo seguirías hasta el último:

Después de mucho luchar, finalmente los dioses fueron dándose muerte unos a otros hasta que (y ese fue el final del final) solo quedó uno en el ilimitado vacío.

Tampoco me resisto a espetarte una gran cita de John Adams, de la mano de Sosa Wagner a quien a su vez se la dejó su hijo Ígor:

Un hombre inútil es una lástima, dos, un bufete de abogados, tres o más, un parlamento.

Te reirías satisfecho.

Cuídense.