Cartas babianas (LXXIX)

Queridos veraneantes:

El ventilador cenital además de poner en movimiento el aire caliente de la habitación, esparce, con intermitencia, los rayos nocturnos que se cuelan de la farola de la calle. Mientras, el cielo se vacía torrencial, como si fuera la última vez que tenía pensado hacerlo. Unos metros más lejos, un hipopótamo se refugia como puede bajo una palmera. Por fortuna estos accesos tropicales duran unos minutos y la noche húmeda y calurosa vuelve a ser la misma.

Con esto soñaba ayer, cuando durante un escaso minuto jarreó con fuerza. En medio del verano y sin avisar, una nube se aligeró de repente. Debían de ser las dos de la mañana y solo duró unos minutos. Sin embargó no volví al sueño africano.

El libro sobre el Tribunal Supremo de Estados Unidos (‘The Nine. Inside the Secret World of the Supreme Court’) me está resultando muy interesante. En el último capítulo que he leído, el autor, Jeffrey Tobin, cuenta cómo a finales de los noventa el Tribunal viró hacia la izquierda –el capítulo se titula Cards to the Letf–. Eran los últimos años de la Administración Clinton. Y el Tribunal Supremo ventiló la causa de Clinton v. Jones, sobre un supuesto acoso de Clinton a una empleada en sus tiempos de Gobernador de Arkansas. La defensa de Clinton en un primer momento trató de posponer el juicio al final de su presidencia. Esta petición fue desestimada, no en vano si el Presidente tenía tiempo para el golf también para atender a los jueces, y condujo a la famosa comparecencia del Presidente ante el Gran Jurado el 17 de agosto de 1998, después llegaría el impeachment y el caso Lewinsky.

Pues bien, el presidente del Tribunal Supremo era Rehnquist quien era amigo y compartía partida de póquer con el abogado de Clinton, Bob Bennette, que tiempo antes y con prudencia dejó de asistir a las partidas.

En ese contexto el Tribunal vira a la izquierda, lo que el autor justifica por la tendencia que tiene a conectar con el estado de opinión de la sociedad. Pero jurídicamente el giro se produce al confirmar el Tribunal la doctrina Miranda, cuando en principio, había una mayoría conservadora para cambiarla. En la sentencia Miranda v. Arizona (1966) bajo la presidencia de Warren se consolidó la doctrina de la detención con todas las garantías. Los detenidos debían ser informados de sus derechos, y tenían que ser asistidos por un abogado. La opinión conocida del presidente Rehnquist era que esas precauciones con los detenidos no eran necesarias, dificultaban la investigación y en todo caso, no fueron previstas por los constituyentes. Sin embargo en 1999 cambia de criterio y no solo vota con la mayoría (7-2) la confirmación de las garantías sino que emite un voto concurrente en el que explica su acuerdo con todo convencimiento, en mi traducción: «Miranda se ha llegado a integrar en la práctica rutinaria de la policía hasta el punto de que las garantías forman parte de nuestra cultura nacional».

Su opinión se basa más en la defensa del precedente aceptado por la práctica, que en la conveniencia jurídica de esas cautelas. El conservadurismo, con el tiempo, acaba defendiendo logros que en su día fueron progresistas. Incluso como es el caso en la misma generación. Esa experiencia, tantas veces repetida, sin embargo, no desalienta la oposición a los cambios de quienes luego los aceptarán en paz.

Este libro pide a gritos que Aron Sorkin lo convierta en un guión y podamos ver una película sobre el funcionamiento del Tribunal Supremo de Estados Unidos.

Cuídense.