Cartas babianas (LXXXI)

Queridos veraneantes:

Como en todos los lugares pequeños, aquí también se esconden historias legendarias, historias de personajes y personajillos, historias de soledad, historias de grandes fortunas, historias de desvaríos, historias con final e historias sin final. Cualquier lugar merece una historia universal como la muy meritoria de Paniceiros.

Aquí, existen muchas casas dispersas a cierta distancia unas de otras, que solo pueden formar una unidad, bien por las costumbres o la historia, bien porque alguien las vea desde el cielo. Las casas aisladas siempre son fuente de grandes historias, en mi caso todas imaginadas porque no conozco las reales. Creo que la tendencia a la separación es deliberada. Nadie quiere tener cerca a otra casa, todos quieren tener espacio suficiente que los separe de sus vecinos. Versalles está apartado de París. La distancia siempre ofrece despreocupación e intimidad. Para quienes estamos acostumbrados a vivir embutidos, con vecinos a escasos centímetros arriba, abajo y a los lados, esta idea se nos hace rara.

Cuando uno pasea al lado de las casas puede escuchar las conversaciones, e imaginarse una acalorada discusión cuando en realidad se trata de un diálogo familiar que se desarrolla de un extremo a otro de la casa. La distancia enerva el recato y aumenta el volumen.

En estas casas lo normal es que los hijos salgan a vivir fuera. Nadie puede garantizar a nadie una vida en el exacto lugar en el que naces. Ni falta que hace. En cambio, el nacionalismo o el provincianismo considera que se trata de un derecho fundamental, y así nos va. Los gobiernos del mundo deberían afirmar con rotundidad que ese derecho no existe. Otra cosa es que haya oportunidades para quienes se quedan y para quienes no pueden irse. Hay un valor intrínseco en quienes se quedan, sin embargo nadie está dispuesto a pagarlo directamente.

En fin, los chicos jóvenes se van y descubren que en cualquier otra esquina del mundo se puede vivir igual o mejor. Descubren luces distintas, acentos que no tienen nada que ver con el suyo, y sabores extraños que celebrarán. Algunos vuelven en vacaciones y otros no. Cuando dejan a alguien aquí, la soledad se apodera de la casa aislada y la aparta todavía más. En esos casos, las casas son universos en los que los días, las horas y los minutos avanzan a ninguna parte. Matrimonios que no hablan apenas o que lo hacen para intercambiar lamentos.

Al mismo tiempo, llegan personas desconocidas para acampar huyendo de la ciudad. No tienen raíces pero las hunden aquí y cantan a la libertad de poder hacer cosas vedadas en la ciudad. Como si fueran exploradores buscando una nueva vida, aunque en verdad se alejan más de otra. A veces con convicción, y otras dando tumbos al encuentro de un tiempo mejor o deseando un cambio de suerte. Regularmente, los suplementos dominicales de los periódicos hablan de ellos. El lector transportado puede llegar a tener nostalgia y suspirar por una vida tan distinta y plena. Ya se sabe que lo que no se tiene, no importa el qué, suele ser objeto de deseo.

Cuidénse.