Cartas babianas (LXXXII)

Queridos veraneantes:

El verano, según la predicción, declina. No puede ser de otra forma, el verano ya encara su segunda parte. Hoy el cielo amanece entumecido y contagia cierto desánimo. Leo la prensa con desgana y me parece que a esta hora todavía nadie se ha despertado.

Ayer acabé de leer las más de 700 páginas del libro ‘Memorias europeas’ de Francisco Sosa Wagner. Su lectura me ha atrapado estos días, y permite comprobar el ritmo de trabajo de un eurodiputado competente, porque de todo habrá. Es interesante la mirada intelectual sobre los problemas políticos y el conflicto con la política pragmática. El inconformismo y la curiosidad del profesor permiten que nos salvemos de la «gobernanza» o del mero posibilismo. Esta perspectiva le tiene siempre interesado por los grandes temas europeos, su convicción de que el único camino es la Europa federal, y le aparta de las trifulcas de vuelos bajos.

Sin embargo, la política como el escenario de toda clase de intrigas, lamentablemente se acaba de imponer a este relato frustrado y roto. En el libro se va percibiendo cómo se construye la maniobra final para descabalgar a un hombre libre e independiente. La regeneración siempre ha sostenido que eran precisos más parlamentos británicos, donde los diputados individualmente deciden y en ocasiones en abierta oposición a su gobierno. Se celebra el triunfo de la razón individual frente a la consigna colectiva. La historia nos dice que cuando esas virtudes amenazan al poder, este cae con toda su fuerza –ilegítima– sobre el debate de ideas. La parte final del libro ofrece un ejemplo incontestable de lo difícil que es que cambien las cosas, además del cinismo y el dogmatismo que pueden albergar los grandes discursos. Los próximos meses asistiremos al desenlace que quizá solo podría haberse evitado si se hubiera hecho caso al eurodiputado Sosa. La irrelevancia política a cambio de una secta cargada de razón.

En la misma playa y muy cerca de mí, dos mujeres comen pipas como si fueran loros, enterrando las cáscaras en la arena. Sigo solo a ratos su conversación, bastante trivial por otra parte, y me sorprende el tiempo que consumen en comentar el texto de los mensajes de whatsapp. Analizaban cada una de las palabras y barajaban las distintas alternativas que habría tenido su interlocutor de haber querido quedar bien. También cuchichean, supongo que lo más interesante, y especulo con que lo hacían por la proximidad de sus maridos, uno entretenido con el móvil y el otro leyendo una novela.

En el restaurante Regueiro, en el que cocina el chef Diego Fernández, cenamos las famosísimas croquetas, que el año pasado fueron proclamadas las mejores del mundo. Son deliciosas, la cubierta apenas se interpone a un relleno delicado que se deshace en el boca, manteniendo la textura que se espera de una croqueta. Su cremosidad escolta perfectamente a un sabor suave que abandona con facilidad la boca (hay croquetas que se instalan en el paladar durante horas). Después una merluza al vapor sobre un fondo de puré de patata. Una combinación exquisita, la merluza que es la piedra de toque de los grandes cocineros, se presenta suave y con sabor que refuerza el puré aromatizado. El siguiente plato de la degustación es arroz con pitu de caleya (pollos que se crían en libertad). Resulta ser un gran plato. Un arroz en su punto afinado con la salsa del pitu, y acompañado con trozos jugosos de una carne que en nada se parece a la de un pollo vulgar. Es un plato redondo que reivindica un producto desconocido pero de apreciable valor. De los postres no puedo hablar, sabes que el dulce no me gusta y que además ya se había comido mucho. Alrededor de la mesa una cena apacible y divertida entre amigos.

Trataré de rematar la lectura sobre el conflicto israelí, el estudio sobre la controversia Kelsen y Schmitt y la novela de Félix de Azúa que administro con cuidado para que no se acabe pronto. Después, si tengo tiempo, me agenciaré alguna otra lectura novelesca con la que me pueda evadir.

Cuídense.