Cartas babianas (LXXXIV)

Queridos veraneantes:

Tendrán que perdonarme la falta de regularidad, pero al acercarse el final de las vacaciones se multiplican las tareas, además, los días tormentosos no son propicios para la escritura, por muchas cosas que haya que contar. Trataré de alargar lo más posible mi correspondencia, porque como ya se sabe, Babia es un lugar desde el que uno puede escribir sin ni siquiera estar allí.

En tiempos, un día como hoy, en el que en cada iglesia o ermita hay una procesión, por la noche solíamos ir a una fiesta amenizada por un dúo formado por un padre (vocalista y teclado) y un hijo (batería). Todo el equipo, incluyendo los focos de iluminación cabía en un coche. Cuando descansaban ponían música enlatada. Pero pronto volvían con los grandes éxitos de las fiestas de pueblo de España, cuando conocí a otros niños de diferentes lugares, me di cuenta de lo que podían llegar a unir este tipo de repertorios. En realidad, en este país imperan las mismas costumbres, salvo las inventadas. Volvamos a la pareja de músicos. Vestían un traje oscuro lleno de lentejuelas y abalorios brillantes solo con la intención de que se les identificara, sobre todo para que en el bar les atendieran con preferencia. Eran dos tipos sin ninguna pretensión. Como digo, su extravagancia era una carga que soportaban con naturalidad. Podría pensarse que el hijo estuviera incómodo, nada más lejos de la realidad, se le notaba satisfecho. Al tocar cerraba los ojos, puede que lo hiciera para imaginarse en otro escenario, e interpretando un tema que no fuera ‘Paquito el chocolatero’. Siempre se agradece la profesionalidad.

El público de esa fiesta también era peculiar. Unas cien personas que hablaban de sus asuntos de cara al escenario. Algunos se movían, dos o tres parejas bailaban, y a veces el murmullo, las risotadas o algún grito se imponían a la música de nuestros dos hombres. Los más pequeños jugábamos entre la concurrencia ajenos a unas canciones que solo podrían tararear nuestros abuelos.

La barra del bar eran dos tablones de madera, asentados sobre pilas de cajas de refresco vacías. No se necesitaba mayor estabilidad, al fin y al cabo, allí las consumiciones no se posan, se beben. El frío lo ponía el agua de una acequia de riego.

Los veranos revelan que un buen rato puede pasarse sin mucha sofisticación pero no sin buena compañía. Las infancias felices como la mía son siempre un verano. Las recordamos como si no hubiera días de colegio, madrugones imposibles, exámenes, angustia y otras preocupaciones propias. En pantalón corto, comiendo ensaladilla rusa, merendando bocadillos de jamón y queso, cola cao y cenando atún con pisto.

Ahora que gracias a Carolina Marín somos una potencia en bádminton debo recordar también, los enconados torneos que jugábamos en el patio, individuales y por parejas. No se dejaba ningún punto sin discutir y respecto de los controvertidos se apelaba a quien ejercía las funciones de juez.

Acabo de descubrir que Napoleón nació un 15 de agosto de 1769, cuando tengo noticia de que se publica una biografía en la que se subrayan sus carencias como estadista.

Cuídense.