Cartas babianas (LXXXV)

Queridos veraneantes:

Al cabo en Babia. En la montaña el verano va cediendo, las nubes y la temperatura lo recuerdan. Las tardes apagadas invitan a la espera y al reposo. En esta circunstancia te escribo pensando ya en el regreso a la rutina. Los últimos días de vacación siempre se apelmazan como las tardes de domingo.

He acabado de leer Génesis de Félix de Azúa, hacía tiempo que no disfrutaba de una novela tan recta. Una prosa exacta en la que los diálogos forman parte de la narración y nos presentan a los personajes tal como quieren ser. Necesitaríamos una nueva novela para saber qué es de Verónica. Su vida se interrumpe porque sirve para explicar el génesis del autor, pero no es suficiente. Una mujer a la que sería interesante rastrear en los años que exceden del relato. Comprobar si ha seguido la estela de su madre Mariló, o si por las noches ha tocado el piano como su padre, o si completó el camino que su tío dejó abruptamente. Los mejores cuentos son los que continúan en nuestra cabeza.

Por seguir con la costumbre de ponerte alguna cita:

Creemos ser libres, pero somos todos hijos de Caín y llevamos su condena en nuestra sangre y la herida en la frente. En lugar de matar al dominador, asesinamos a nuestro hermano.
Mientras tanto, seguimos tratando de vernos a nosotros mismos en los verdes campos del Edén originario, allí donde unas notas de piano en la atmósfera azulada nos permiten poner la mano en el brazo de nuestro padre, aún inmortal, aún refugio perfecto, aún imperecedero, y danzar ambos como meteoros al son de la música en el firmamento estrellado.

Los avances me permiten enviarte esta carta a través de una red pública de wifi. Babia no podía estar desconectada del mundo. Somos nosotros los que aquí venimos a abandonarnos, sin la tradicional gracia regia. Ahora los reyes abandonan la corte de otra forma. Nosotros somos los habitantes de un rastro histórico, de una leyenda intacta.

Cuídense.