Cartas babianas (LXXXVI)

Queridos veraneantes:

En la mesa de enfrente una señora de mediana edad mantiene la mirada fija, mientras de forma ducha sigue jugando al cinquillo. Tenía el pelo rubio y parecía desorientada. Estaba y no estaba, movía sus manos mecánicamente pero sus ojos apenas prestaban atención a las cartas. El curso del juego no le importaba lo más mínimo. Se empeñaba en escrutar un horizonte inexistente, que empezaba a solo dos metros, justo donde yo estaba. Cada vez que instintivamente levantaba la mirada me tropezaba con sus ojos abiertos como platos, y su espíritu peligrosamente ausente. No tuve miedo, pero podría haberlo tenido. Mientras que las demás señoras hablaban animadamente y celebraban alguna mano, nuestra dama permanecía impasible. Estiraba el brazo para alcanzar su vaso de agua o tónica (no llegué a saber lo que bebía) sin apartar su vista de ese lugar que coincidía, por casualidad, con mi frente. En ese momento, debo confesar que sentí un escalofrío. La señora seguía sin reaccionar y la tarde no daba para tanto. Mi inquietud tenía que ver con la cantidad de frisuelos que quedaba aún en nuestra mesa y lo animado de la conversación de mis queridos comensales, que claro, no habían descubierto la fuente de mi zozobra.

Finalmente, la señora pareció salir de su encantamiento y al acabar la partida se comportó como cabía esperar. Sus ojos regresaron a su órbitas. Pronunció las típicas palabras de despedida. El mundo regresó a la normalidad. Quizá sea solo que entra en trance cuando juega a las cartas. El asunto no reviste el mayor interés.

El día de hoy, antes de la partida lo he ocupado arreglando una persiana. Una tarea que parece sencilla a primera vista pero que está llena de complicaciones no menores. Finalmente el mecanismo funciona y los tres de la cuadrilla pudimos comer satisfechos, con la sensación del deber cumplido. La especialización del trabajo que tanto progreso ha traído, como efecto colateral también ha alumbrado a ciertos inútiles como yo, incapaces de afrontar con garantías, este tipo de reparaciones menores. Quienes saben resolver estos entuertos suelen mirarme con un inesperado aire de superioridad, pensando pobrecito, qué inútil. La satisfacción de saber hacer algo que otro no es universal. En estos casos, pienso en la reunión de todas mis habilidades y llego desconsolado a la conclusión de que no son las mejores para la supervivencia. Por eso está bien que alguien te guíe en la delicada operación de aparejar una persiana.

Dejo Babia, con el compromiso, mientras pueda, de prolongar esta correspondencia. Estar aquí es reunirme conmigo mismo. Siempre es poco, como tú bien sabes.

Cuídense.