En medio del bucle

Esta página siempre ha sido un desahogo. A veces un desahogo sin agravio, un desahogo invisible, inexplicable y sin ningún interés. En esta ocasión es distinto. El Reino Unido ha votado –quizá ese sea el primer error– por el Brexit. La belleza de la economía de la lengua inglesa, en dos sílabas han concentrado un mundo. Estoy abatido por cómo el mundo está cambiando y nos distanciamos de los mejores paradigmas: libertad y democracias abiertas. En realidad, la averiguación de la verdad y su explicación está cediendo ante las mentiras, los prejuicios y los mensajes simples. Ya no es que en los bares se solucione el hambre del mundo en cuatro patadas, sino que las cuatro patadas han pasado al discurso político. Y, en determinados sectores, empiezan a ser mayoritarias sino hegemónicas. Primero llega la simplificación, luego la mixtificación y después las desgracias.

Uno no puede ser europeo sin George Orwell, sin la agudeza de Chesterton, sin Locke, Hobbes ni Burke, sin John Stuart Mill, Bentham, sin Conan Doyle, Jules Barnes, sin Darwin, sin Churchill o Gordon Brown o sin las lecturas de Tony Judt, Adam Smith o Keynes. Y sin el gran John Donne. Cito en desorden algunos de mis héroes británicos.

Y también sería difícil explicar el derecho europeo sin: «vuestros súbditos han heredado esta libertad de no poder ser compelidos a contribuir con impuesto, exacción, ayuda o carga alguna sin el consentimiento general de la comunidad expresado en el Parlamento […] Por ello, suplican humildemente a Vuestra Excelentísima Majestad que nadie esté obligado en lo sucesivo a realizar donación gratuita, préstamo, ni pagar ninguna contribución, impuesto o carga similar sin el común consentimiento a través de una Ley del Parlamento; que nadie sea citado a juicio ni obligado a prestar juramento, ni a prestar servicios, ni pueda ser detenido, inquietado o molestado de ninguna otra manera, con motivo de dichas exacciones o por rehusar a pagarlas; y que ningún hombre libre sea encarcelado o detenido de la manera antes indicada […]» (Petition of Rights, 7 de junio de 1628).

Aquí está el principio de legalidad tal cual; y el Parlamento como órgano para resolver los grandes asuntos del Estado. Esto es la comunidad de derecho a la que se refiere el Tratado de la Unión Europea en su artículo 2: «[l]a Unión se fundamenta en los valores de respeto a la dignidad humana, libertad, democracia, igualdad, Estado de Derecho y respeto de los derechos humanos…».

Desde el suelo me regala una sonrisa honda y despreocupada. No puedo dejar de pensar que en su mundo, no habrá Erasmus en Inglaterra, ni una cola propia para ciudadanos de la Unión en las aduanas del Reino Unido.

Los hijos de quienes combatieron y ganaron la II Guerra Mundial convertidos ahora en abuelos parece que no quieren que el futuro de sus nietos se parezca al suyo: paz, sanidad, educación y pensiones. La prosperidad enterrada por el nacionalismo, nada nuevo. A nuestros bisabuelos no les asustó ¿y a nosotros?