Cartas babianas (LXXXVII)

Queridos veraneantes:

Esta es una ocasión especial. Este verano puedo ver destellos de esa mirada de escepticismo irónico con la que me hice mayor y tanto echo en falta. Una prolongación que da más sentido, si cabe, a esta correspondencia. Las familias deberíamos tener nuestros propios manuales de historias, aun a riesgo de que fueran una sucesión interesada de acontecimientos, donde no hay infortunios sino culpas ajenas. Al menos, seguiríamos –hasta donde se pudiera– a esta mirada de pilluelo cogido en falta, que salta caprichosamente de generación en generación, Mendel mediante. En defecto de antecedentes, establezco que la fundaste con todo el material que pudiste reunir para ver el mundo, para sobrevivir en un ambiente extraño, del que lograste escapar y del que nos liberaste para siempre. Sabemos que no lo pudiste hacer solo, que hubo genes que te impulsaron, los mismos que hacen hoy sonreír a un ser que nunca conocerás, que nunca te conocerá, pero que siempre te llevará dentro. Somos una suma de personas desconocidas de las que no tenemos noticia. Seguro que alguien antes que yo ha tenido inclinación por el derecho, sin embargo, para el rastreo no tengo ninguna pista sólida, a parte de un tío de mi abuela materna que fue notario. Quizá ese sea el guisante definitivo. Como no hay una crónica familiar, la especulación queda abierta. En parte, estas cartas explicarán de dónde viene esa sonrisa.

También hay otras cosas que irán saliendo y de las que te hablaré, pero despacio, porque este verano tiene pinta de ser más largo que los anteriores.

Estoy reuniendo las fuerzas para leer este verano «Derecho y razón» de Ferrajoli. Es posible que este libro acabara en mis manos antes o después. Pero el momento es ahora. Necesito explicarme por qué las garantías que sostienen nuestro sistema legal no sirven a la sociedad. ¿Por qué los juicios jurídicos no logran sobreponerse a las opiniones, a las tertulias y a los comentarios chismosos? ¿Por qué un hecho contrastado judicialmente no sirve para zanjar el asunto? ¿Acaso disponemos de otros instrumentos mejores para llegar a la verdad? A veces parece que la verdad es cuestión de volumen, audiencias y fuerza. ¿Cuál es el valor real de una sentencia absolutoria tras graves acusaciones?

En el fondo el derecho se apoya en la confianza que todos tenemos en que sus pronunciamientos se cumplirán. En la certeza de que es la mejor forma para resolver civilizadamente nuestras diferencias y el mejor modo de hallar la verdad. La confianza de que no hay una solución alternativa mejor.

La crisis de valores de la que todo el mundo habla, en el ámbito jurídico puede que se trate de una crisis de las garantías (y no solo de las penales). La justicia tiene que ser rápida, pero antes tiene que ser justicia. En este difícil equilibrio, las voces que equiparan morosidad a garantías suelen abrirse paso por razones prácticas ineludibles. La misión de esta lectura es ver con detalle y despacio el papel que las garantías han tenido y han empezado a dejar de tener, desde hace tiempo. Asusta comprobar que el ciudadano medio, y aun el ilustrado, conceda más importancia a un recorte de periódico que a una sentencia que pone fin a un proceso contradictorio y que han visto sucesivas instancias judiciales.

En un documental que cualquier jurista debería ver hasta el final (‘Making a murderer’), uno de los abogados sentencia que cualquier individuo puede estar seguro de que nunca hará las cosas mal, que nunca delinquirá, pero de lo que nunca podrá estar seguro es de que alguien le puede acusar de algo. En ese caso, cualquiera de nosotros solo tiene a mano (y que nunca le falte) las garantías que analiza Ferrajoli.

Cuídense.