Cartas babianas (LXXXVIII)

Queridos veraneantes:

Aquí, a la orilla del océano ha amanecido con un sol radiante. En cambio, otros días las nubes tardan en disiparse, como si se tratara de un pesado telón que nadie pudiera descorrer con rapidez. La luz invita a encarar el día de otra forma, al fin y al cabo, la luz es una rigurosa excepción. Aunque la queja no lo sea.

El presidente de Estados Unidos visita España, e inevitablemente aparece el antiamericanismo empeñado en convertir aquel país en la fuente de todos los males. Al mismo tiempo, se pueden leer y escuchar calificativos muy gruesos sobre la cuadragésimo cuarta presidencia. La visita se mueve entre la anacronía y la urgencia de gran parte de los opinadores patrios. Nada nuevo. Afortunadamente para la concepción racional de un mundo libre y democrático, la alianza entre ambos países es fuerte.

Este fin de semana he comenzado a leer la única monografía en español, que he encontrado, sobre Alexander Hamilton (‘Vida, pasión y muerte de Alexander Hamilton’ de Antonio Rodríguez Baixeras). Uno de los políticos más lucidos. Sobre la mesa de mi estudio, tengo, a modo de inspiración, un pequeño busto de Hamilton, regalo de mi hermano. Es uno de los padres fundadores de Estados Unidos, autor de buena parte de ‘El federalista’ y primer secretario del tesoro. Además de haber tenido gran protagonismo en la Guerra de Independencia y haber formado parte del estado mayor del general y primer presidente George Washington.

Su principal tesis podría resumirse en la necesidad de un gobierno central fuerte (energetic). Esta concepción solo triunfó parcialmente porque se oponía a la defendida por Jefferson y Madison, que se harían llamar republicanos, por oposición al centralismo hamiltoniano que entonces se tildaba como monárquico, no hace falta decir que con carácter peyorativo.

Por eso choca bastante que la alternativa que se ofrece a los nacionalismos españoles del siglo XXI, frente a la descentralización autonómica de la Constitución de 1978 sea la solución federal. Presentando esta opción como un paso intermedio entre el supuesto centralismo autonómico y el anhelado separatismo de algunos territorios. El federalismo implicará necesariamente refortalecer la estructura central. Y el primer paso debe ser delimitar con mayor claridad las competencias que tienen las distintas Administraciones. El segundo, establecer mecanismos eficaces que garanticen la coordinación y una necesaria uniformidad de todas las partes. Eso sí, podremos llamar a los Estatutos de Autonomía constituciones y trenzar jurídicamente esas relaciones como una cesión de un poder preexistente. Lo que en el caso español solo podría hacerse a través de una ficción, puesto que ningún territorio dispuso nunca de un poder originario, como sí tuvieron las trece colonias británicas desde la Declaración de Independencia en 1776. Esta comparación basta para comprender hasta que punto el debate es irracional, y como todos los de esta especie no tiene fácil salida, salvo la de dar vueltas. Lo que sí resulta necesario es argumentar frente a la fábrica de agravios centralistas en la que se han convertido nuestros nacionalismos.

Vuelvo a Hamilton. Construyó su idea de un Estado federal fuerte sobre un tesoro que también fuera fuerte y que se hiciera cargo de la deuda de todos los Estados. Te subrayo, aunque no es necesario porque ya te habrás dado cuenta, que esta polémica está de actualidad en Europa. Los argumentos que se oponían a esta decisión son los mismos que ahora sirven para rechazar los bonos europeos. Madison, representante de Virginia, argumentaba que no era posible que un Estado como el suyo saneado tuviera que compartir las deudas de otros Estados. En este punto decisivo, triunfó Hamilton, conocido por entonces como Alexander Assumption. De paso, triunfó la Unión política.

No quiero entretenerte más. Necesitamos un Hamilton nacional y europeo.

Cuídense.