Cartas babianas (LXXXIX)

Queridos veraneantes:

Las noticias llegan aquí desprovistas de la fuerza que tienen cuando se instalan en la rutina. Como si la excepcionalidad finisemanal y veraniega nos alejara del mundo que nos concierne. Un espejismo que ha hecho que fuera a dormir sin esperar al desenlace del golpe en Turquía. Restituida la situación, es posible que las cosas nunca sean igual que antes. En este caso es un enigma si mejorarán o no. Es en ese flanco en el que el mundo parece librar todas las batallas. Aunque sus consecuencias puedan matarnos en cualquier parte.

Sigo mi investigación sobre Hamilton y los resultados son deslumbrantes. Es una figura política tan interesante como heterodoxa. No pudo optar a ser presidente por no haber nacido en territorio de la Unión, ese ius soli que marca a todos los países de inmigración. Además, para defenderse de una acusación de prevaricación y cohecho, reconoció una relación extramatrimonial con todo detalle, el caso Reynolds. Y aún queda el final de su vida, el conocido duelo con el vicepresidente. Tendremos tiempo de hablar sobre su legado.

Estoy a punto de dejar Cicely por segunda vez. Un lugar acogedor en el que he aprendido muchas cosas, y al que inevitablemente siempre me remitiré. Allí he encontrado amigos imperecederos, he explorado el territorio que como adulto nunca dejaré de pisar. Todas las cosas que nos pasarán a lo largo de la vida, han sucedido en el patio del colegio. Puede que algunas no, pues en mi caso, esas han pasado en las calles frías y en las casas caldeadas de Cicely. Ha completado mi infancia como solo lo pueden hacer las primeras y amargas experiencias. Sobre ese poso, todos estamos condenados a construir. Aquí el azar juega un papel decisivo, las elecciones personales solo son libres a medias, y la circunstancia de no haberte metido en un callejón sin salida, es eso, una circunstancia insólita. Si hubiera un google life, como tenemos un google maps, veríamos que nos acechan calles sin salida y caminos que no llevan a ninguna parte. Algunos somos capaces de verlos, otros los recorremos, y los más no los hemos emprendido porque alguien o algo nos ha llevado a otro sitio. No vivimos a ciegas, pero hay más oscuridad e incertidumbre de la que muchas veces creemos.

La canción es certera «el valor para marcharse, el miedo al llegar». El único remedio que he descubierto por mí mismo es tratar de que las omisiones nunca puedan convertirse en fantasmas. Se trata de que lo inexplorado siempre lo tengas delante y nunca lo dejes atrás. Me instalaré en St Paul’s, un lugar donde el mundo es más real, desde el que espero continuar con las cartas.

Lo más fiable en los hombres es su vocación. Conoces de sobra la mía, porque te hubiera gustado tener un ingeniero o un matemático. De momento, el cielo no te los ha dado. Aunque siempre recelaste de los abogados, como se hace hasta que se necesitan, tenías que concederme el beneficio de la duda. Me queda la fría sensación de  si pudiste llegar a comprender que el beneficio ganó a la duda. Y eso es lo que hace que siga explicándome con detalle.

Cuídense.