Cartas babianas (XCI)

Queridos veraneantes:

Primera carta de la temporada en Babia. El punto de vista del veraneante solo tiene ventajas, aunque pudiera parecer otra cosa. Todas las opiniones están bajo sospecha y los propietarios desconfían porque han asumido que el veraneante, en verdad, pertenece a otra propiedad. No pueden sospechar que no haya otro estado que el de la propiedad, por eso si se sinceraran nos verían como una especie de invasores. En esta pequeña escala surgen a borbotones los recelos que mucha gente aún tiene respecto a la libertad de movimientos. Cada propietario en su propiedad. Uno de los elementos fundamentales de nuestro progreso, incluido el de los propietarios, ha sido la libertad de movimientos, de todos modos no admitirán esa ventaja.

Las extrapolaciones son difíciles, pero si admitimos que esto es un microcosmos, es forzoso comparar esta reticencia con el cuestionamiento global sobre esta clase de libertades. Me gustaría creer, por eso lo escribo, que fracasará el autoctonismo frente a la libertad aun con sus riesgos.

Se agradece el calor seco y sobrio de la montaña. Ese frío matinal que es preludio de un día ligeramente caluroso. El cielo azul sólido, porque aquí los colores son sólidos y las nubes no se derriten bajo ningún concepto. Es como si fuera una celda de uno de los monasterio de El nombre de la rosa. Un lugar recoleto, silencioso que te envuelve para protegerte de una realidad aledaña, que aunque lo intenta no consigue traspasar estas paredes. Un sitio sin adornos, sin artificios, sin nada adjetivo. Los árboles dispuestos por el azar, los ríos que ni siquiera imaginan que en algún momento desembocarán en el mar. Laderas limpias y ásperas de caliza. Sin frondosidades, peladas por lo extremo del tiempo. Una faz afeitada de cabello recortado. Una túnica griega blanca y sin arrugas. Una melodía recta, un poema seco y hablado de Ángel González. Alegría contenida, confinada muy por debajo de la piel sin que nadie pueda sacarla. Una tierra prodigiosa que no se explota, casas rocosas que aguantan y que como todas esconden historias que ya apenas se cuentan y no desfilarán a la luz de los fuegos que ya nadie prende. Aunque pase el tiempo, este monasterio a la intemperie no perderá su condición. Solo los veraneantes podemos hacer esta suerte de evocaciones, porque sus propietarios, los de antes, de manos gruesas y agrietadas, ven en este suelo la fatalidad del destino que todos vemos en el que en cada momento pisamos. El destino no es efímero ni tan accidental como parece. Sus muertos están enterrados aquí, donde ellos también descansarán y solo ellos podrían hablar. Pero no lo hacen, por eso los veraneantes usurpamos su derecho y vemos este lugar de mil formas. Ninguna de ellas es la verdadera. Nuestros ojos no pueden verla.

Cuídense.