Cartas babianas (XCII)

Queridos veraneantes:

Aquí siempre hay algo que hacer. Hemos saneado unas paredes ajadas por la humedad. El rastro de un invierno largo y duro. Este tipo de casas siempre están inacabadas, retan a la paciencia porque se van haciendo a retales, casi siempre con descartes de otras casas, en un reciclaje que recuerda que en verano todo puede servir.

Se ha cruzado Oakeshott, un politólogo británico que en sus obras de posguerra arremete contra el racionalismo en política. Considera que los racionalistas confían en que todo se puede aprender de un libro o a través de un curso por correspondencia. Les imputa su desdén por las tradiciones y por el conocimiento práctico. No quieren enterarse que un buen profesional cuesta al menos, dos generaciones. La verdad es que nunca me he cruzado con un racionalista de este tipo. Seguro que se han ido extinguiendo, pero no es difícil estar de acuerdo con Oakeshott sobre su aborrecible dogmatismo.

Cualquiera que se haya acercado al ejercicio de la política realmente existente, sabrá que es cierto que no todo se puede aprender de los libros, es decir, que no todo es técnica, aunque esta ayude. Es primordial saber medir los tiempos, descifrar con exactitud el momento idóneo para actuar o para estar parado. Analizar bien las circunstancias, los datos y la información es necesario pero no suficiente. Hay algo más, que seguro que nace de los datos, la información y el análisis, pero que es otra cosa y es determinante del éxito político. Solo puede aprenderse cuando se está cerca de quien fuera de todo pronóstico, deja de hacer algo y cuando lo hace le sale bien.

Obama, el mes pasado, en un discurso certero dijo que en la vida y en la política la ignorancia nunca es una virtud. Los populismos, incluso los barnizados de intelectualismo, suelen anteponer la voluntad o el espíritu del pueblo a la realidad. Por no decir nada de los populismos que directamente desprecian la academia.

Dentro del conocimiento está la tradición. No hay nada peor que considerar que una generación tenga que purgar todo lo de la anterior. Aquí, el nuevo recelo con que se analiza la Transición política es una manifestación de ese desprecio por la tradición. Como bien sabes, todos los no revolucionarios somos conservadores.

Cuídense.