Cartas babianas (XCIV)

Queridos veraneantes:

Hoy aquí es día de mercado. Hace sol pero corre el nordés, un viento que corrector que se desata al mediodía y muere al anochecer. El paseo matinal ha sido más largo. Al fondo el mar y por en medio praderías que se intercalan con pinares y eucaliptos. No se oye más ruido que el de la silla abriéndose camino y sus primeros sonidos articulados. Un ensayo para arrancar a hablar.

Todavía no he acabado con Oakeshott, espero poder hacerlo, pero no es fácil leer. La crianza impone sus horarios, con sus correspondientes alegrías. Los veranos pertenecen a los más pequeños, siempre ha sido así.

Los ratos muertos en los que también estamos muertos y muchas veces desganados para dormir; nos sentamos ante la televisión, y por costumbre quedamos embelesados con el último capítulo de Peppa pig. Cuando uno de los dos se da cuenta, cambia y desembocamos en una pista de tenis, de gimnasia o en una cancha de baloncesto. Nos quedamos con la intriga de qué habrá pasado con el capítulo, aunque ninguno de los dos lo reconoce abiertamente, al fin y al cabo somos mayores.

Una de estas noches entre sudor y sudor televisivo, ponían un reportaje sobre Nadia Comaneci. Sus ejercicios perfectos de diez, sus victorias sobre la Unión Soviética y sus condecoraciones. Rumanía un país pobre y comunista que veía en aquella niña el mejor escaparate para gritar al mundo que Rumanía existía. Eran los años 70, la Guerra Fría y el preludio del hundimiento del bloque comunista. Aun recuerdo como la radio anunciaba la ejecución del dictador Ceaucescu. Y como por la televisión vi su cadáver a los pies de una pared, junto al de su mujer. Creo que fue la primera vez que supe de la muerte violenta de un jefe de Estado. Pero antes de todo esto, la gimnasta había pedido el asilo político a Estados Unidos después de cruzar la frontera húngara y austriaca. Voló allí para siempre.

Cuídense.