Cartas babianas (XCVI)

Queridos veraneantes:

Por fin las conclusiones sobre Oakeshott. Este verano no es un verano para leer.

El principal eje en política es izquierda/derecha. Ahí está la Revolución Francesa y las disputas doctrinales entre Burke y Pain. En ese momento germinal, la derecha quedaba alineada con el Antiguo Régimen, escrito a brocha gorda, porque Burke aunque no era partidario de la Revolución tampoco lo fue del Antiguo Régimen. Esta distinción se quiera o no, no llega a tener un alcance objetivo, simplemente sirve como marca. En cada momento ha tenido una significación propia, al principio para la derecha era fundamental el derecho natural (preferentemente de origen divino-religioso) y la izquierda militaba en un racionalismo dogmático. Después de Marx la izquierda se caracterizó por ser materialista frente al idealismo romántico de la derecha (el espíritu del pueblo…). La izquierda, en aquel tiempo, fue internacionalista y solo reconocía al hombre –cualquiera que fuera su nacionalidad– como sujeto político, obreros del mundo uníos. Ahora se acepta la existencia de nacionalistas de izquierdas que como todo nacionalismo incurren en idealismo y metafísica dejando de lado el materialismo. La derecha hubo un tiempo en que era partidaria de la descentralización, de las regiones, aún lo es en Estados Unidos en la lucha entre la Nación y los Estados, decantándose claramente hacia estos. Después abandonó cualquier idea de intervencionismo económico y se identificó con los postulados liberales. En todo, menos en las costumbres donde sigue asimilándose a la norma cristiana, al menos en la Europa demócrata-cristiana.

Por tanto, los confines de izquierda y derecha no están claros. Posiciones históricamente propias de la izquierda hoy son asumidas por la derecha. Rasgos tradicionales de la derecha aparecen en los discursos políticos de la izquierda. Hoy, y quizá siempre haya sido así, ser de izquierdas o de derechas responde a la autodenominación del partido al que uno se adhiera.

En el meollo de esta cuestión está sin duda la pregunta de por qué las personas de derechas e izquierdas piensan lo que piensan. Si nos atenemos al batiburrillo antes enunciado, la respuesta nunca podrá ser racional. Tomemos a la vida como ejemplo, las posiciones de la izquierda y de la derecha son diametralmente opuestas en relación con el aborto y la pena de muerte. Las circunstancias no son las mismas, pero sí lo es el bien a proteger en los dos casos, la vida humana como valor.

A pesar de todo, la etiqueta izquierda/derecha sirve para reconocer superficialmente las ideas de los individuos. Y en cualquier caso, así funciona nuestra política, que prescinde de cualquier complejidad perturbadora.

Este eje también se ha conocido como progresista/conservador, y Hayek lo rompe para formar su famoso triángulo: socialistas/conservadores/liberales. Pero cualquier nombre es demasiado brumoso para que de él nazca una categoría, lo que por otra parte sería de esperar.

Me tendrás que disculpar por lo lejos que he ido, y con una cierta sensación de simpleza que no me puedo sacar.

Oakeshott define lo qué es la tendencia conservadora:

Así pues, el gobierno, tal como lo entiende el conservador, no empieza con una visión de otro mundo, diferente y mejor, sino con la observación del autogobierno practicado incluso por hombres apasionados en la conducción de sus empresas; comienza en los ajustes informados de intereses entre sí que están destinados a liberar de la frustración mutua de un enfrentamiento a quienes tienden a enfrentarse. Estos ajustes son a veces no más que acuerdos entre dos partes para mantenerse cada una fuera del camino de la otra; a veces son de aplicación más amplia y de carácter más duradero, como ocurre con las reglas internaciones para la prevención de colisiones en el mar. En suma, la sugerencias del gobierno deben encontrarse en el ritual, no en la religión o la filosofía; en el disfrute del comportamiento ordenado y pacífico, no en la búsqueda de la verdad o la perfección.

(…) El custodio de este ritual es el “gobierno”, y las reglas que impone constituyen la “ley”.

Así pues, gobernar –tal como lo entiende le conservador– es proveer un vinculum juris para los modos de conducta que, en ciertas circunstancias, tienen menos probabilidades de conducir a un enfrentamiento frustrante de intereses; proveer reparación y medios de compensación para quienes sufren porque otros se comporten de un modo contrario; a veces aplicar castigo a quienes persiguen sus propios intereses independientemente de las reglas; y, por supuesto, proveer una fuerza suficiente para mantener la autoridad de un árbitro de esta clase. Así pues, se reconoce la gobernación como una actividad específica y limitada; no la administración de una empresa, sino la reglamentación de quienes se ocupan de una gran diversidad de empresas de su propia elección.

Esta es una idea luminosa, el gobierno de las reglas mínimas que permitan a los ciudadanos elegir y seguir su propio camino. La política entendida no como la plasmación de un ideal propio sino como la posibilidad de que cada cual pueda realizar el suyo, sin merma del de los demás.

No me resisto a una cita larga que podría servir de justificación para disolver todas las organizaciones políticas juveniles, que a lo único que sirven con toda eficacia es a descapitalizar a medio y largo plazo a sus mayores:

Entre las muchas implicaciones de esta visión de las cosas que podrían señalarse, advertiré solo una, a saber: que la política es una actividad poco apropiada para los jóvenes no a causa de sus vicios sino de lo que por lo menos yo considero sus virtudes.

Nadie pretende que sea fácil adquirir o sostener el talante de indiferencia que requiere esta manera de la política. Controlar nuestras propias creencias y deseos, reconocer la forma actual de las cosas, sentir el equilibrio de las cosas en nuestra mano, tolerar lo que es abominable, distinguir entre el crimen y el pecado, respetar la formalidad aun cuando parezca estar conduciendo al error: estos son logros difíciles que no deben esperarse de los jóvenes.

Los días de juventud de todos son un sueño, una locura deliciosa, un dulce solipsismo. Nada en ellos tiene una forma fija, nada un precio fijo; todo es una posibilidad, y vivimos felizmente del crédito. No hay obligaciones que deban observarse; no hay cuentas que llevar, nada está especificado por adelantado; todo es lo que puede hacerse de él. El mundo es un espejo en el que buscamos el reflejo de nuestros propios deseos. La atracción de las emociones violentas es irresistible. Cuando somos jóvenes no estamos dispuestos a hacer concesiones al mundo; nunca sentimos el equilibrio de una cosa en nuestras manos, a menos que sea un bate de críquet. No nos inclinamos a distinguir entre lo que nos gusta y lo que estimamos; la urgencia es nuestro criterio de la importancia, y no entendemos fácilmente que lo que es tedioso no es necesariamente despreciable. Nos impacienta la restricción, y creemos fácilmente, como Shelley, que haber contraído un hábito es haber fracasado (…) Puesto que la vida es un sueño, sostenemos (con una lógica plausible pero errónea) que la política debe ser un encuentro de sueños, en el que esperamos imponer el nuestro (…) Para la mayoría existe lo que Conrad llamaba la “línea de sombra” que, cuando la rebasamos, revela un mundo sólido de cosas, cada una de ellas con su forma fija, cada una con su propio punto de equilibrio, cada una con su precio, un mundo de hecho, no de imagen poética,en el que lo que hemos gastado en una cosa no podemos gastarlo en otra; un mundo habitado por otros aparte de nosotros mismos que no pueden reducirse a meros reflejos de nuestras propias emociones. Y el hecho de llegar a sentirnos cómodos en este mundo común nos califica como jamás podría hacerlo ningún conocimiento de la “ciencia política”), si así estamos inclinados y no tenemos nada mejor que pensar, para participar en lo que el hombre de disposición conservadora entiende que es la actividad política.

Puestos a ser largos, esta es su definición de la libertad bajo el prisma conservador:

Nos consideramos libres porque, tomando una perspectiva ni corta ni larga, nos mostramos reacios a sacrificar el presente a un futuro remoto e incalculable, o el futuro inmediato y previsible en aras de un presente transitorio. Y encontramos la libertad una vez más en una preferencia por los cambios lentos, pequeños, que tienen tras de sí un consenso voluntario de la opinión, en nuestra capacidad para resistir la desintegración sin suprimir la oposición, y en nuestra percepción de que es más importante para una sociedad moverse junta que moverse rápido o lejos.

A estas alturas ya te sentirás un conservador.

Cuídense.