De los nuestros

Llevar un diario es una actividad de riesgo. Basta que alguien vuelva las hojas para que detecte contradicciones o incongruencias. El tiempo hace que las cosas caduquen, sin embargo, las opiniones o cualquier anotación sin mayor importancia son resistentes. Aunque nadie tenga ni la paciencia ni el interés en retroceder a través de este diario, a mí, sus páginas, sí me acechan sin necesidad de releerlas. En mi mesilla de noche, el género de diarios se ha impuesto como forma de recorrer otros caminos, casi en tiempo real, sin margen para el asombro.

El abandono de este diario tiene muchas explicaciones. Pero el amable lector sabe que nunca es un abandono definitivo. Siempre acabo por volver, aunque solo sea por escapar de los pretextos que me rodean.

St. Paul’s es un lugar de corrientes. Frías corrientes que pueden llevarte a la tumba. Las corrientes hay que evitarlas, el abrigo no las combate. Puede que evitar algo suene a huida y que la huida suene a cobardía. No es así. En ocasiones la única victoria es haber evitado la lucha y la propia derrota de tu adversario. Esas cosas se entienden con el tiempo.

En Estados Unidos el presiente electo está diseñando su equipo a su imagen y semejanza. Sus colaboradores serán el brazo ejecutivo de sus ideas y declaraciones. Sin sorpresas ni conflictos internos que dan muy mala impresión. Un jefe absoluto quiere subordinados absolutos. Un jurista, que niega la influencia de la actividad humana en el clima, dirigirá la Agencia de Medio Ambiente. El presidente electo tiene serias sospechas de que los hombres no tienen nada que ver con el cambio climático. Se las confirmará, con pruebas de obediencia, un exfiscal. Nadie señalará al presidente la contundencia de las conclusiones de la comunidad científica. Ni siquiera se tomarán el tiempo para discutir y hablar abiertamente del asunto. En materia de creencias todo se da por hecho.

La política estadounidense será un mar de contrastes. El primero es que los hombres del nuevo presidente serán inequívocamente de los suyos. Esos primeros e improbables apoyos, cuando nadie le tomaba realmente en serio, estarán en el gobierno. Su antecesor, el cuadragésimo cuarto presidente, Barak Obama, mantuvo y nombró a un secretario de defensa republicano. Además de haber designado a Hilary Clinton como secretaria de estado. Adversarios y rivales en el mismo bando, tras la lucha.

Son dos formas de entender el poder. La nueva se basa en su ocupación, todo el poder será mío (nuestro). La antigua considera el poder como una transacción entre opciones que no son absolutamente ni buenas ni malas. La búsqueda de un equilibrio imposible, débil y precario. La lucha de las ideas y los hechos frente a la acción, al rodillo. La mejor señal de inteligencia de quien manda es tener en su equipo a alguien ajeno cuyos consejos no sigan la «línea del partido». La presidencia de Obama ha sido una continua negociación, basta examinar su política exterior. En las buenas negociaciones nunca hay ganadores absolutos.

La política de los nuestros negará los hechos y tratará de imponer los principios sin que nadie pueda discutirlos. Ya sabemos que si el cambio climático no tiene nada que ver con la actividad humana, el hombre podrá volver a emitir lo que quiera. Cualquier retroceso en esto es un peligro para todos, pero el nuevo presidente no tendrá a nadie cerca que pueda decírselo.

Un diario como este es un diálogo mudo, pero no sordo.