Decadencia (I)

La decadencia de la ciudad es un hecho. Las primeras horas de la madrugada del domingo son la prueba irrefutable. No obstante lo importante sigue siendo juntarse y hablar ininterrumpidamente cuatro horas. No hay mejor cosa que tener que resumir para los amigos. Así uno aprende a ajustar sus propias cuentas, a ser el narrador de sus últimas peripecias. A sorber las de los otros como si fueran cucharadas de una sopa que comerás bordeando el límite entre el calor y la quemadura. Las vidas solo discurren juntas si se cuentan, si las risas y los inconvenientes se arrojan sobre la mesa como si fueran género que hay que vender rápido. A casi todos nos ocurren las mismas cosas, incluso aquellas que jamás contaremos y que llevamos con nosotros, quién sabe si como un escudo o como un pesado fardo.

En la calle apenas hay gente y la que sale a nuestro paso parece aburrida y apática. Es sábado noche y no se adivina ninguna emoción. No veo por ningún lado la gloria de conquistar esa noche que ha costado seis largos días. Parece como si la ciudad hubiera tomado como rehenes a toda esa gente, borrando de ellos cualquier atisbo de alegría. No caminan con desorden, parecen que están ocupados en un trámite molesto que no tiene pinta de acabar. Hay corrillos en las puertas de los bares, da la sensación de que dentro no hay nadie. No me imagino lo que ocurrirá cuando haga frío de verdad. En la ciudad no corren, como en otro tiempo, historias de sábado noche. No digo que no las haya, pero sospecho que ya no ocurren en la calle, que para conocerlas habría que mirar por las ventanas de las casas. Hay muchas iluminadas, y esa es la prueba definitiva de la decadencia de la ciudad.

Mientras que eso ocurre puede que en algunas casas se viva un nuevo y desconocido esplendor. Opaco. En ninguno de esos pisos iluminados las cortinas están retiradas. Si en alguna ocurre, y se puede entrever una o dos siluetas será por descuido. El exhibicionismo está socialmente penado. Pero como el verdadero interés nace de la prohibición, me gustaría observar el esplendor de las vidas domésticas, para compararlo con la decadencia de la calle.

Después del campeonato del mundo de ajedrez, donde Magnus Carlsen ganó al ruso Karjakin, he visto la película sobre Fisher. Sobre el campeonato del mundo que ganó en Islandia. Destacan sus excentricidades, quizá porque sea muy difícil contar cómo ganó. El secreto del ajedrez consiste precisamente en entender la grandeza de una victoria que casi siempre nace de una gran resistencia. La película tiene el valor de sugerir que el ajedrez es emocionante y no un juego para frikis. Incluso, hay hueco para los aficionados y para los jugadores de negras.