Realistas y populistas.

Seguro que hay quien cree que no es para tanto. Sin embargo, el cambio es de tal magnitud que no hay que esperar a las consecuencias. Las primeras órdenes presidenciales de Obama se dirigían a cerrar Guantánamo. Es decir, a suprimir un espacio sin garantías judiciales, un lugar alejado de la razón, un lugar oscuro. No lo consiguió, porque la lucha por la razón implica un trabajo ímprobo, que acaba siendo una carrera de relevos sin meta (Prometeo). En los próximos cuatro años no parece que vaya a cerrarse. Las primeras órdenes de Trump se dirigen a acabar con el Obamacare, sin que haya una propuesta alternativa que asegure a quienes el mercado expulsará de la atención sanitaria universal. No hay que esperar, los crónicos más pobres no dispondrán de un seguro de salud razonable. Son pocos y cuestan mucho. Es difícil creer en una Unión indestructible en la que no haya mecanismos compensatorios que garanticen el derecho a la salud de todos. Me dirán que este párrafo está sesgado por ese paternalismo europeo de Beveridge y Bismark, o por puro partidismo. Puede ser. Aunque creo que es una cuestión de justicia material.

Pero al margen del contenido, en ambos casos, el nuevo presidente quiere borrar la peor huella del anterior. No a Guantánamo y no al Obamacare. En esta acción está la distancia entre los dos nuevos bloques políticos, el que lidia con la realidad y el populista. La relación con la realidad es lo que permite discernir hoy a nuestros políticos. Unos trabajan a partir de ella y asumen que no hay soluciones mágicas. El mundo es complejo, su transformación exige que la política se base en el conocimiento, en la verdad disponible. Sabemos que el progreso y la prosperidad es algo endeble, frágil y costoso. Los otros no admiten la realidad, dicen y hacen lo que al pueblo le conviene oír. La palabra pueblo frente a la palabra ciudadano. Encerrados en una categoría como aquella somos los perfectos destinatarios de toda clase de ensalmos y dogmas, nunca puede haber un pueblo sin un mesías.
Paine y Burke discutieron con argumentos. Ninguno ignoró la realidad. Sus puntos de vista eran distintos, y esa discusión nos legó un mundo político y moral mejor. En cambio, de esta nueva división del mundo político no cabe esperar muchas cosas. Los populismos asumen que deben seguir la corriente del pueblo o de los militantes, a quienes claro está, no les gusta oír que necesariamente sus pensiones serán menores o que el gasto en defensa tendrá que aumentar, ni tampoco que la sanidad tal y como la conocemos tendrá que hacerse sostenible o desaparecer. Y lo cierto es que el populismo está hoy por todas partes. Y los racionales o realistas no consiguen persuadir, quizás porque no tienen a quién y eso es lo más dramático del asunto. ¿La Ilustración ha muerto?

No se pregunten si son de izquierdas o de derechas, pregúntense si son realistas o populistas, acabarán antes.