Archive: mayo, 2017

Semana veintiuno (21)

Cierra la librería Ojanguren, abierta a mitad del siglo XIX. Las razones son conocidas, los libros se compran por internet y se leen en soportes electrónicos. La rapidez de Amazon compite y gana al comercio a pie de calle. Sin embargo, la nostalgia de no tener a donde ir para tocar libros es invencible. Aunque lea mucho en el Kindle sigo transportando libros, y las señales de que ese mundo dará paso a otro, más pronto que tarde, se multiplican a cada paso.

Ojanguren es una de las mejores librerías jurídicas en las que yo he estado. Una magnífica sección de novedades me ha permitido leer libros sorprendentes, y a veces alejados de mis intereses. También me han encontrado libros raros publicados en editoriales pequeñas.

Siempre que he entrado en Ojanguren, salvo contadas excepciones, he salido con un libro. La vida discurre a base de recuerdos, personas, lugares que desaparecen y agrandan nuestro pasado. Será difícil pasar al lado de la librería cerrada. Un cadáver más en una ciudad que pierde brillo, sin que nadie haga nada para evitarlo.

Para conocer mínimamente el mundo que viene, uno debe entender ciertos conceptos como blockchain. No sé muy bien lo que significa, intuyo que sus aplicaciones cambiarán nuestras vidas; de momento, sirve para que una moneda sin patria, sin Tesoro ni Banco Central conviva con las monedas convencionales. Según he entendido su fiabilidad se basa en que cualquier cambio precisa de un consenso (lógico) muy difícil de alcanzar mediante mecanismos adulterados, puesto que son muchas las máquinas que deben ponerse de acuerdo. Además, cualquier operación registrada no se podrá alterar. La seguridad jurídica implica la interdicción de la reescritura, siempre interesada. Las cosas son como fueron o no son.

El mundo se complica por momentos.

Semana veinte (20)

Los parques infantiles son un ecosistema muy particular. No son un espacio de niños o, al menos, no solo de niños. El otro día lo pude comprobar cuando una niña de cuatro años se dedicaba sistemáticamente a expulsar a otros niños más pequeños de los aparatos y columpios. Ellos en su indefensión se apartaban o protestaban vanamente frente a la usurpadora. El problema no era la niña. Su abuela a una distancia prudencial iba reconviniéndola sin hacer nada para parar el abuso. Al final solo quedan dos posibilidades: encararse con la señora o huir. Huimos y me hubiera gustado poder explicarle que, en estos casos, la huida es siempre la mejor solución. Supongo que nieta y abuela se habrán quedado solas en el parque. La nieta habrá aprendido la impagable lección de que nuestra huida es consecuencia directa de su fuerza.

Durante la semana se ha debatido mucho sobre política. Se ha hablado del populismo y la irracionalidad del voto o el voto pasional. Tendría que hablarse también de cómo se está minando a la representatividad política, al mismo tiempo que se ensalza el papel de la asamblea. El modelo liberal se basa en los controles y equilibrios, un poder público controlado es más seguro para los ciudadanos. Por eso surgen los parlamentos que controlan al ejecutivo y que escogen (libre y democráticamente) los electores. Lo mismo podría decirse de los comités de los partidos políticos respecto del sumo líder. La asamblea es imposible que pueda exigir cuentas al jefe, mientras que a una comisión, escogida por los electores y representándolos le será más fácil. La continúa apelación al vosotros no es nueva ni mucho menos, y siempre fue la antesala de cualquier autarquía. Asusta comprobar que lo que esté en cuestión son los check and balances, y que se esté abriendo paso una idea antiliberal de democracia. Da igual quien lo acuñe, un oxímoron siempre es reaccionario.

Semana diecinueve (19)

Orwell escribió que no hay nadie patriota en materia de impuestos. En realidad la patria es un concepto que se usa a capricho y que está desdibujado. Pero los impuestos siguen manteniendo su contorno y, a pesar de la publicidad, entre ellos la patria o el Estado sigue habiendo un abismo. El quesito con el que nos explican nuestra contribución no rellena ese agujero. Supongo que la única forma sería visitar un país sin Estado, sin impuestos y ponerse malo de apendicitis. La política se ha convertido en el terreno de las promesas, por eso el debate técnico y árido del nivel óptimo de carga fiscal y quién debe soportarla ha desaparecido, al menos, a ras de calle Para prometer no hace falta recaudar. Es el momento de las soluciones simples. Una de ellas es la destitución masiva de quienes te llevan la contraria.

El catarro no me deja. Ya no sé qué hacer, a parte de seguir a raja tabla los tratamientos que me pautan. Cualquier mejoría pienso que se trata de un margen biológico que me permite continuar levemente indispuesto.

Del viaje me he traído una novela de Luis Sepúlveda. Es entretenida aunque el cruce de personajes exija paciencia. Mientras unos entran en la escena de los otros, cada capítulo mantiene el orden del desconcierto. El logro del narrador es que consigue el crédito suficiente para que el lector aguante. La confianza entre el que escribe y el que lee. No sabría decir si eso es una premisa necesaria o el motor que impulsa al lector. Un autor del que se desconfía inicialmente puede ir obteniendo poco a poco el crédito necesario para que el lector continúe. Aunque es difícil imaginar que alguien abra un libro o se disponga a leer a un autor desacreditado.

Fuera de la literatura, en el trabajo, debo leer por obediencia al margen de los autores. Como les ocurre a ellos con mis textos. En ocasiones, consigo disfrutar con alguna pieza en la que se explica con sencillez una idea compleja. La claridad del contrario me pone en guardia, y eso ocurre porque me convence. Por el contrario, los textos ampulosos o farragosos me hartan y lo único que consiguen es que trate de ser lo más preciso posible. Estoy seguro de que en ese contraste mis argumentos se impondrán. Lo mismo ocurre entre un educado y un maleducado, si bien, en este caso las fronteras se están borrando peligrosamente.

Semana dieciocho (18)

La autopista escinde el campo castellano en dos partes de una manta hecha a retales. Parece que el único sitio posible para una catedral sea Castilla. La excepción, o medio excepción, es la imponente catedral de León que no podría estar en mejor lugar. El silencio de las piedras es tan castellano como la sobriedad de Machado.

He acabado «Los restos del día» de Ishiguro. El tema central es la angustia de haberse equivocado en la vida. Pero la novela ventila otros dos aspectos, primero, la importancia de ejercer el trabajo con dignidad, hoy diríamos con profesionalidad y segundo, la contemporización británica en el periodo de entreguerras. El que más me ha interesado es el último. Es una forma de observar las razones de los apaciguadores, apuntaladas por la desconfianza que les infundió vencer y humillar al mismo tiempo. Esta perspectiva ayuda a comprender el mérito de quienes pronto advirtieron de que todo era un pretexto para la maldad.

Este artículo en The New York Times de Mooallem describe hasta que punto nos cuesta comprender que nuestras vidas están incrustadas en periodos demasiado largos para nuestra experiencia (amnesia ambiental). El cambio climático es un buen ejemplo, su existencia no depende de nuestra percepción. Pero podría aplicarse a cualquier clase de conocimiento, que casi siempre es una lucha contra nuestras intuiciones o sesgos cognitivos. 

El derecho ha establecido como cautela la presunción de inocencia, es decir, que de haber una impresión esta debe ser la de no culpabilidad. Si bien, en la vida, el derecho ha quedado arrinconado. Las sospechas se imponen peligrosamente, y todos podemos ser sospechosos, es decir, culpables.

Semanas quince (15), dieciseís (16) y diciesiete (17)

La puntualidad en un diario me resulta muy difícil. Pienso en frases redondas o en anécdotas para alimentarlo, pero nunca encuentro el momento. Antes me sobraban y desechaba casi todas las ocurrencias. Ahora por disciplina no me puedo permitir ninguna pérdida.

La agrupación tiene sentido si en el centro colocamos al catarro. Las enfermedades leves que no llegan a dolor pero son molestas dan lugar a una melancolía efímera. El recuerdo inmediato de cuándo tragar saliva era un acto imperceptible, o los escalofríos era la descripción literaria de un destemple. Hay muchas clases de melancolía, el presente siempre acabará convirtiéndose en melancolía futura. Todos, salvo excepciones, acabamos girando la cabeza. Incluso para recordar lo bien que se pasea sin que los ojos picaran. Las melancolías más graves y profundas exigen tiempo para pensar, recordar y que nuestra cabeza describa meandros y dibuje islas en las que detenerse siempre. Por eso soy lector de memorias, diarios y biografías, porque tengo una profunda curiosidad por el carácter melancólico del hombre. La novela que tengo sobre mi mesilla de noche ‘Los restos del día’ también sirve para estudiar esta cuestión.

En estas semanas han ocurrido muchas más cosas, pero vale más dejarlas reposar antes de pasarlas al diario. Por seguir con las lecturas, he comenzado un libro de un amigo sobre el Tribunal de Garantías Constitucionales previsto en la Constitución Española de 1931. En derecho conviene repasar bien de dónde se viene para saber dónde estamos. Compararse con otros y compararse con uno mismo son las dos mejores formas para detectar las necesidades y afanarse en los cambios. Lo comentaré.

Para acabar dejo este párrafo sobre un manifiesto en favor de la jerarquía impulsado entre otros por Julian Baggini, que representa el exacto concepto que tengo del poder:

La jerarquía se hace opresiva cuando se reduce a un simple poder sobre los demás. Pero también hay formas de jerarquía que entrañan compartir el poder con los demás. El taoísmo se caracteriza por este tipo de poder, en efecto, y lo vemos a través de la imagen de montar un caballo, cuando a veces uno tiene que tirar y a veces dejar la brida suelta. Esto no es dominar, sino negociar. En el taoísmo, el poder es cuestión de energía y de competencia más que de dominio y de autoridad. En este sentido, una jerarquía puede empoderar y no tiene por qué incapacitar.

Y como colofón, no puedo dejar de citar una vez más el folleto que en el Reino Unido se entrega a los funcionarios una vez ingresan en el Civil Service (tomado del maestro Alejandro Nieto en un estupendo artículo de 1992, ‘La jerarquía administrativa’):

«Legalmente sirve usted a la Reina. Lo que significa, en la práctica, que está al servicio del Ministro responsable de su Departamento, quien ejerce sus poderes en tanto miembro del Gobierno de S.M.; y puesto que el Ministro es responsable ante el Parlamento, usted sirve al Parlamento y, por ende, a la Comunidad… En un país democrático corresponde a los representantes elegidos el definir la política gubernamental… y a usted hacer lo que el Gobierno desea que haga».