Semanas quince (15), dieciseís (16) y diciesiete (17)

La puntualidad en un diario me resulta muy difícil. Pienso en frases redondas o en anécdotas para alimentarlo, pero nunca encuentro el momento. Antes me sobraban y desechaba casi todas las ocurrencias. Ahora por disciplina no me puedo permitir ninguna pérdida.

La agrupación tiene sentido si en el centro colocamos al catarro. Las enfermedades leves que no llegan a dolor pero son molestas dan lugar a una melancolía efímera. El recuerdo inmediato de cuándo tragar saliva era un acto imperceptible, o los escalofríos era la descripción literaria de un destemple. Hay muchas clases de melancolía, el presente siempre acabará convirtiéndose en melancolía futura. Todos, salvo excepciones, acabamos girando la cabeza. Incluso para recordar lo bien que se pasea sin que los ojos picaran. Las melancolías más graves y profundas exigen tiempo para pensar, recordar y que nuestra cabeza describa meandros y dibuje islas en las que detenerse siempre. Por eso soy lector de memorias, diarios y biografías, porque tengo una profunda curiosidad por el carácter melancólico del hombre. La novela que tengo sobre mi mesilla de noche ‘Los restos del día’ también sirve para estudiar esta cuestión.

En estas semanas han ocurrido muchas más cosas, pero vale más dejarlas reposar antes de pasarlas al diario. Por seguir con las lecturas, he comenzado un libro de un amigo sobre el Tribunal de Garantías Constitucionales previsto en la Constitución Española de 1931. En derecho conviene repasar bien de dónde se viene para saber dónde estamos. Compararse con otros y compararse con uno mismo son las dos mejores formas para detectar las necesidades y afanarse en los cambios. Lo comentaré.

Para acabar dejo este párrafo sobre un manifiesto en favor de la jerarquía impulsado entre otros por Julian Baggini, que representa el exacto concepto que tengo del poder:

La jerarquía se hace opresiva cuando se reduce a un simple poder sobre los demás. Pero también hay formas de jerarquía que entrañan compartir el poder con los demás. El taoísmo se caracteriza por este tipo de poder, en efecto, y lo vemos a través de la imagen de montar un caballo, cuando a veces uno tiene que tirar y a veces dejar la brida suelta. Esto no es dominar, sino negociar. En el taoísmo, el poder es cuestión de energía y de competencia más que de dominio y de autoridad. En este sentido, una jerarquía puede empoderar y no tiene por qué incapacitar.

Y como colofón, no puedo dejar de citar una vez más el folleto que en el Reino Unido se entrega a los funcionarios una vez ingresan en el Civil Service (tomado del maestro Alejandro Nieto en un estupendo artículo de 1992, ‘La jerarquía administrativa’):

«Legalmente sirve usted a la Reina. Lo que significa, en la práctica, que está al servicio del Ministro responsable de su Departamento, quien ejerce sus poderes en tanto miembro del Gobierno de S.M.; y puesto que el Ministro es responsable ante el Parlamento, usted sirve al Parlamento y, por ende, a la Comunidad… En un país democrático corresponde a los representantes elegidos el definir la política gubernamental… y a usted hacer lo que el Gobierno desea que haga».