Semana diecinueve (19)

Orwell escribió que no hay nadie patriota en materia de impuestos. En realidad la patria es un concepto que se usa a capricho y que está desdibujado. Pero los impuestos siguen manteniendo su contorno y, a pesar de la publicidad, entre ellos la patria o el Estado sigue habiendo un abismo. El quesito con el que nos explican nuestra contribución no rellena ese agujero. Supongo que la única forma sería visitar un país sin Estado, sin impuestos y ponerse malo de apendicitis. La política se ha convertido en el terreno de las promesas, por eso el debate técnico y árido del nivel óptimo de carga fiscal y quién debe soportarla ha desaparecido, al menos, a ras de calle Para prometer no hace falta recaudar. Es el momento de las soluciones simples. Una de ellas es la destitución masiva de quienes te llevan la contraria.

El catarro no me deja. Ya no sé qué hacer, a parte de seguir a raja tabla los tratamientos que me pautan. Cualquier mejoría pienso que se trata de un margen biológico que me permite continuar levemente indispuesto.

Del viaje me he traído una novela de Luis Sepúlveda. Es entretenida aunque el cruce de personajes exija paciencia. Mientras unos entran en la escena de los otros, cada capítulo mantiene el orden del desconcierto. El logro del narrador es que consigue el crédito suficiente para que el lector aguante. La confianza entre el que escribe y el que lee. No sabría decir si eso es una premisa necesaria o el motor que impulsa al lector. Un autor del que se desconfía inicialmente puede ir obteniendo poco a poco el crédito necesario para que el lector continúe. Aunque es difícil imaginar que alguien abra un libro o se disponga a leer a un autor desacreditado.

Fuera de la literatura, en el trabajo, debo leer por obediencia al margen de los autores. Como les ocurre a ellos con mis textos. En ocasiones, consigo disfrutar con alguna pieza en la que se explica con sencillez una idea compleja. La claridad del contrario me pone en guardia, y eso ocurre porque me convence. Por el contrario, los textos ampulosos o farragosos me hartan y lo único que consiguen es que trate de ser lo más preciso posible. Estoy seguro de que en ese contraste mis argumentos se impondrán. Lo mismo ocurre entre un educado y un maleducado, si bien, en este caso las fronteras se están borrando peligrosamente.