Semana veinte (20)

Los parques infantiles son un ecosistema muy particular. No son un espacio de niños o, al menos, no solo de niños. El otro día lo pude comprobar cuando una niña de cuatro años se dedicaba sistemáticamente a expulsar a otros niños más pequeños de los aparatos y columpios. Ellos en su indefensión se apartaban o protestaban vanamente frente a la usurpadora. El problema no era la niña. Su abuela a una distancia prudencial iba reconviniéndola sin hacer nada para parar el abuso. Al final solo quedan dos posibilidades: encararse con la señora o huir. Huimos y me hubiera gustado poder explicarle que, en estos casos, la huida es siempre la mejor solución. Supongo que nieta y abuela se habrán quedado solas en el parque. La nieta habrá aprendido la impagable lección de que nuestra huida es consecuencia directa de su fuerza.

Durante la semana se ha debatido mucho sobre política. Se ha hablado del populismo y la irracionalidad del voto o el voto pasional. Tendría que hablarse también de cómo se está minando a la representatividad política, al mismo tiempo que se ensalza el papel de la asamblea. El modelo liberal se basa en los controles y equilibrios, un poder público controlado es más seguro para los ciudadanos. Por eso surgen los parlamentos que controlan al ejecutivo y que escogen (libre y democráticamente) los electores. Lo mismo podría decirse de los comités de los partidos políticos respecto del sumo líder. La asamblea es imposible que pueda exigir cuentas al jefe, mientras que a una comisión, escogida por los electores y representándolos le será más fácil. La continúa apelación al vosotros no es nueva ni mucho menos, y siempre fue la antesala de cualquier autarquía. Asusta comprobar que lo que esté en cuestión son los check and balances, y que se esté abriendo paso una idea antiliberal de democracia. Da igual quien lo acuñe, un oxímoron siempre es reaccionario.