Semana veintiuno (21)

Cierra la librería Ojanguren, abierta a mitad del siglo XIX. Las razones son conocidas, los libros se compran por internet y se leen en soportes electrónicos. La rapidez de Amazon compite y gana al comercio a pie de calle. Sin embargo, la nostalgia de no tener a donde ir para tocar libros es invencible. Aunque lea mucho en el Kindle sigo transportando libros, y las señales de que ese mundo dará paso a otro, más pronto que tarde, se multiplican a cada paso.

Ojanguren es una de las mejores librerías jurídicas en las que yo he estado. Una magnífica sección de novedades me ha permitido leer libros sorprendentes, y a veces alejados de mis intereses. También me han encontrado libros raros publicados en editoriales pequeñas.

Siempre que he entrado en Ojanguren, salvo contadas excepciones, he salido con un libro. La vida discurre a base de recuerdos, personas, lugares que desaparecen y agrandan nuestro pasado. Será difícil pasar al lado de la librería cerrada. Un cadáver más en una ciudad que pierde brillo, sin que nadie haga nada para evitarlo.

Para conocer mínimamente el mundo que viene, uno debe entender ciertos conceptos como blockchain. No sé muy bien lo que significa, intuyo que sus aplicaciones cambiarán nuestras vidas; de momento, sirve para que una moneda sin patria, sin Tesoro ni Banco Central conviva con las monedas convencionales. Según he entendido su fiabilidad se basa en que cualquier cambio precisa de un consenso (lógico) muy difícil de alcanzar mediante mecanismos adulterados, puesto que son muchas las máquinas que deben ponerse de acuerdo. Además, cualquier operación registrada no se podrá alterar. La seguridad jurídica implica la interdicción de la reescritura, siempre interesada. Las cosas son como fueron o no son.

El mundo se complica por momentos.