Archive: junio, 2017

Semana veintitrés (23)

Sabemos que los Underwood solo quieren el poder. House of Cards trata de conseguir, a toda costa, el poder, para ostentarlo o detentarlo. No sabemos para qué lo quieren, en alguna temporada se colaba, como telón de fondo, el programa. En esta última, ni rastro, salvo el asunto del terrorismo internacional. En la serie, todo lo demás es absolutamente accesorio. También las relaciones personales entre los personajes, y por supuesto, entre los protagonistas. La ficción persigue a la realidad sin descanso. Mientras que la temporada acababa, el real exdirector del FBI Comey declaraba ante el Senado y afirmaba que no diría nada en público sobre el papel del presidente en la supuesta interferencia electoral rusa. Inevitablemente planeaba sobre la realidad la sombra del ficticio Petrov como antihéroe en una serie de antihéroes.

No dudo de la importancia que tiene el poder, ni tampoco de su indiscutible atractivo. Pero el espectáculo resulta hiperbólico. Hay a quienes les importa más el para qué, aunque tengan que jugar, con desventaja, en la misma liga de quienes solo quieren quedarse con el qué.

Con todo, es forzoso reconocer que el poder, la eficiencia con que este se ejecuta es lo único que ahora cuenta. El liberalismo se esfuerza en impedir que el poder no se desboque.

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Diario ficticio de Sonia Terán, segundo apellido desconocido. Pendrive recuperado entre trastos abandonados en una mudanza.

Calle del Prado Picón, núm. 2. 27 de enero. No estoy acostumbrada a dormir en la segunda planta de mi propia casa. Siempre he vivido en pisos, primero en uno compartido mientras estudiaba la carrera, luego en una buhardilla (sin cédula de habitabilidad); con mi primer trabajo, ocupé un pequeño apartamento. Siempre de alquiler. Tengo una sensación extraña, como si estuviera fuera de lugar. Son mis primeros días en esta ciudad, mis primeros días de huida. No conozco a nadie aquí. Voy de un lado a otro como si tuviera prisa. No tengo miedo. Sin embargo, a veces no duermo bien, en el insomnio se me aparece todo lo que no soy, ni fui, ni seré. No hay nada más perturbador que ponerse a recordar el futuro. La casa es grande, más grande que todas mis anteriores casas juntas. Ahora mismo estoy sentada en mi cama tecleando en el iPad. Llevar un diario me pone nerviosa. Preferiría contárselo a una amiga, pero aunque tuviera una a mano, no podría decirle lo que pienso escribir. A ninguna. No es por cobardía, es porque todas se negarían a escucharlo. Para cada una de ellas soy quien soy, no quieren que cambie, no por mí, sino por su propia seguridad. Las he escuchado tantas horas que podría escribir todo lo que me quisieron contar mientras fingían hacerme confidencias. A ellas les ocurrirá lo mismo respecto de mí, pero ellas no están aquí y tampoco sé a ciencia cierta si tienen tiempo y ganas para escribir un diario. Hace buen tiempo. La casa hace esquina, la calle por la que se entra es muy tranquila, pero la que hay que torcer para entrar no lo es tanto. Por eso oigo continuamente los coches, y a ratos el run run de los peatones. Tengo que salir, y no sé que ponerme.

Semana veintidós (22)

El acontecimiento es el estreno de la quinta temporada de House of Cards. Antes de las impresiones debo hacer una matización. Las series se diferencian de los culebrones porque en ellas los protagonistas cambian. Ocurre como en la vida, la vida nos cambia, aunque nosotros nunca, o casi nunca, podamos con la vida. Sin embargo, en los culebrones las circunstancias se deslizan por los personajes que inmutables solo las protagonizan.

No cabe duda que House of Cards es una serie. Una buena serie. Los primeros capítulos de esta temporada se demoran innecesariamente en establecer un contexto de la crisis constitucional, sobre la que se articula la trama.

A nuestros ojos parece imposible que una situación de colapso institucional pueda servir para desarrollar un argumento. Nuestra experiencia nos dice que en esas situaciones no pasa nada. Italia es un ejemplo de cómo la impotencia política no impide que el país continúe con normalidad. En Estados Unidos, la crisis electoral Bush-Gore paró el mundo. Teníamos que salir como fuera de aquel atolladero y así lo entendió el Tribunal Supremo.

Una política sin escrúpulos es tan fantástica como una política de ángeles. Sin embargo, los tiempos y la maldita brocha gorda hacen que los Underwood empiecen a ser verosímiles. La verosimilitud no es la verdad, pero por desgracia, muchas veces la desaloja. En ese panorama en el que lo único que importa es el poder, ha ido emergiendo poco a poco la señora Underwood. Es un mero complemento del presidente, hacen las mismas cosas. En sus maniobras no hay diferencias, es decir, el modelo de Thatcher frente al de Merkel, donde claramente la psicología femenina perfila su actuación. De momento, este binomio aporta pocas cosas más que una repetición, sobre tacones, este aspecto es lo más increíble de la serie.

Lo mejor es el tratamiento que da a la ambición. La coloca en el lugar central que verdaderamente tiene. E incluso, después de cinco temporadas, sigue siendo desconcertante. También resulta muy interesante el tratamiento que da a las relaciones personales. Sin filtros ni estereotipos proporciona una radiografía real, prescindiendo de los envoltorios. Es una operación arriesgada porque siempre resulta más comercial el deber ser, que el ser a palo seco. Ambas cuestiones están relacionadas, y por supuesto exageradas, pero es el soporte de la narración, lo que me hace seguir viéndola. Las relaciones con el poder han obrado cambios en el presidente y en su mujer; y también sus relaciones personales. No son los mismos de la primera temporada, podemos ver como los días (en la escala de minutos de la televisión) los ha ido transformando. Lo bueno es que los guionistas no nos han dado pistas de cómo acabarán. Nadie lo sabe, ese quizá sea el principal encanto de la vida y de las recreaciones paralelas con las que tratamos de evadirnos de ella.

Otro atentado en Londres. Supongo que viviremos amenazados durante mucho tiempo. La amenaza será más grave por la proliferación del discurso político irracional que nos invade. El Brexit, por no salirnos de las islas británicas, es un buen ejemplo. La salida de Estados Unidos del Tratado de París sobre el cambio climático es otro; o las restricciones a la inmigración. La Unión Europea podría asumir con brío la lucha por que la política se base en el conocimiento científico. Macron es una esperanza que se suma a la resistencia de Merkel. Si lo conseguimos por fin mereceremos, los europeos, el título de sujeto político.

El Real Madrid ha vuelto a ganar. Solo he visto diez minutos de partido que coincidieron con el tercer gol. Dominaban.