Semana veintidós (22)

El acontecimiento es el estreno de la quinta temporada de House of Cards. Antes de las impresiones debo hacer una matización. Las series se diferencian de los culebrones porque en ellas los protagonistas cambian. Ocurre como en la vida, la vida nos cambia, aunque nosotros nunca, o casi nunca, podamos con la vida. Sin embargo, en los culebrones las circunstancias se deslizan por los personajes que inmutables solo las protagonizan.

No cabe duda que House of Cards es una serie. Una buena serie. Los primeros capítulos de esta temporada se demoran innecesariamente en establecer un contexto de la crisis constitucional, sobre la que se articula la trama.

A nuestros ojos parece imposible que una situación de colapso institucional pueda servir para desarrollar un argumento. Nuestra experiencia nos dice que en esas situaciones no pasa nada. Italia es un ejemplo de cómo la impotencia política no impide que el país continúe con normalidad. En Estados Unidos, la crisis electoral Bush-Gore paró el mundo. Teníamos que salir como fuera de aquel atolladero y así lo entendió el Tribunal Supremo.

Una política sin escrúpulos es tan fantástica como una política de ángeles. Sin embargo, los tiempos y la maldita brocha gorda hacen que los Underwood empiecen a ser verosímiles. La verosimilitud no es la verdad, pero por desgracia, muchas veces la desaloja. En ese panorama en el que lo único que importa es el poder, ha ido emergiendo poco a poco la señora Underwood. Es un mero complemento del presidente, hacen las mismas cosas. En sus maniobras no hay diferencias, es decir, el modelo de Thatcher frente al de Merkel, donde claramente la psicología femenina perfila su actuación. De momento, este binomio aporta pocas cosas más que una repetición, sobre tacones, este aspecto es lo más increíble de la serie.

Lo mejor es el tratamiento que da a la ambición. La coloca en el lugar central que verdaderamente tiene. E incluso, después de cinco temporadas, sigue siendo desconcertante. También resulta muy interesante el tratamiento que da a las relaciones personales. Sin filtros ni estereotipos proporciona una radiografía real, prescindiendo de los envoltorios. Es una operación arriesgada porque siempre resulta más comercial el deber ser, que el ser a palo seco. Ambas cuestiones están relacionadas, y por supuesto exageradas, pero es el soporte de la narración, lo que me hace seguir viéndola. Las relaciones con el poder han obrado cambios en el presidente y en su mujer; y también sus relaciones personales. No son los mismos de la primera temporada, podemos ver como los días (en la escala de minutos de la televisión) los ha ido transformando. Lo bueno es que los guionistas no nos han dado pistas de cómo acabarán. Nadie lo sabe, ese quizá sea el principal encanto de la vida y de las recreaciones paralelas con las que tratamos de evadirnos de ella.

Otro atentado en Londres. Supongo que viviremos amenazados durante mucho tiempo. La amenaza será más grave por la proliferación del discurso político irracional que nos invade. El Brexit, por no salirnos de las islas británicas, es un buen ejemplo. La salida de Estados Unidos del Tratado de París sobre el cambio climático es otro; o las restricciones a la inmigración. La Unión Europea podría asumir con brío la lucha por que la política se base en el conocimiento científico. Macron es una esperanza que se suma a la resistencia de Merkel. Si lo conseguimos por fin mereceremos, los europeos, el título de sujeto político.

El Real Madrid ha vuelto a ganar. Solo he visto diez minutos de partido que coincidieron con el tercer gol. Dominaban.