Semana veintitrés (23)

Sabemos que los Underwood solo quieren el poder. House of Cards trata de conseguir, a toda costa, el poder, para ostentarlo o detentarlo. No sabemos para qué lo quieren, en alguna temporada se colaba, como telón de fondo, el programa. En esta última, ni rastro, salvo el asunto del terrorismo internacional. En la serie, todo lo demás es absolutamente accesorio. También las relaciones personales entre los personajes, y por supuesto, entre los protagonistas. La ficción persigue a la realidad sin descanso. Mientras que la temporada acababa, el real exdirector del FBI Comey declaraba ante el Senado y afirmaba que no diría nada en público sobre el papel del presidente en la supuesta interferencia electoral rusa. Inevitablemente planeaba sobre la realidad la sombra del ficticio Petrov como antihéroe en una serie de antihéroes.

No dudo de la importancia que tiene el poder, ni tampoco de su indiscutible atractivo. Pero el espectáculo resulta hiperbólico. Hay a quienes les importa más el para qué, aunque tengan que jugar, con desventaja, en la misma liga de quienes solo quieren quedarse con el qué.

Con todo, es forzoso reconocer que el poder, la eficiencia con que este se ejecuta es lo único que ahora cuenta. El liberalismo se esfuerza en impedir que el poder no se desboque.

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Diario ficticio de Sonia Terán, segundo apellido desconocido. Pendrive recuperado entre trastos abandonados en una mudanza.

Calle del Prado Picón, núm. 2. 27 de enero. No estoy acostumbrada a dormir en la segunda planta de mi propia casa. Siempre he vivido en pisos, primero en uno compartido mientras estudiaba la carrera, luego en una buhardilla (sin cédula de habitabilidad); con mi primer trabajo, ocupé un pequeño apartamento. Siempre de alquiler. Tengo una sensación extraña, como si estuviera fuera de lugar. Son mis primeros días en esta ciudad, mis primeros días de huida. No conozco a nadie aquí. Voy de un lado a otro como si tuviera prisa. No tengo miedo. Sin embargo, a veces no duermo bien, en el insomnio se me aparece todo lo que no soy, ni fui, ni seré. No hay nada más perturbador que ponerse a recordar el futuro. La casa es grande, más grande que todas mis anteriores casas juntas. Ahora mismo estoy sentada en mi cama tecleando en el iPad. Llevar un diario me pone nerviosa. Preferiría contárselo a una amiga, pero aunque tuviera una a mano, no podría decirle lo que pienso escribir. A ninguna. No es por cobardía, es porque todas se negarían a escucharlo. Para cada una de ellas soy quien soy, no quieren que cambie, no por mí, sino por su propia seguridad. Las he escuchado tantas horas que podría escribir todo lo que me quisieron contar mientras fingían hacerme confidencias. A ellas les ocurrirá lo mismo respecto de mí, pero ellas no están aquí y tampoco sé a ciencia cierta si tienen tiempo y ganas para escribir un diario. Hace buen tiempo. La casa hace esquina, la calle por la que se entra es muy tranquila, pero la que hay que torcer para entrar no lo es tanto. Por eso oigo continuamente los coches, y a ratos el run run de los peatones. Tengo que salir, y no sé que ponerme.