Cartas babianas (XCVII)

Queridos veraneantes:

Comienza esta correspondencia estival sin que haya cerrado del todo la temporada anterior. No es necesario porque la vida es continua y mejor que no parpadee. Se acumulan las cosas que contarte, pero comienzo con las noticias malas. Sabes muy bien que la vejez pesa a razón de los muertos que uno va acumulando. Nos dejó mi madrina. Una mujer inteligente que con su agudeza siempre hacía reír. Para mí la rapidez sintética es inalcanzable y con la suya he pasado momentos memorables. Gracias a ella leí libros increíbles que ahora leo al pequeño, imitando lo mejor que me ha pasado.

Ya camina y lo hace por este patio en el que tantas horas y tantas ilusiones te dejaste. Pisa esta tierra sin saber, todavía, que es un premio que tiene gracias a vuestro esfuerzo. Como ya te escribí muchas veces su mirada me traspasa porque creo que con sus ojos me ven los tuyos. Disfruta como nosotros lo hicimos, ahora en un jardín arreglado, nosotros entre aquellas montañas de piedras que cada verano, procesionábamos de un lugar a otro.

El mundo ha cambiado mucho en este año, no lo reconocerías. En política ha ocurrido lo imprevisible. Se supone que se abre paso una nueva etapa en la que los representantes, tras años de abusos, atenderán, por fin, a sus representados. Simplemente se trata de políticos capitalizando un malestar general. Su éxito pasa por decir exactamente lo que los representados quieren oír. Y el riesgo es que parece que lo van a hacer. Lo están haciendo. En Estados Unidos, el nuevo presidente dice hablar por la clase media-baja y a partir de ese momento, todas sus decisiones son benéficas para ellos. Se blindan a cualquier crítica. Como la política no puede solucionar todos los problemas a los representados, estos nuevos políticos caerán, porque les juzgarán inevitablemente por la gran expectativa que han creado: el elector como el cliente siempre tienen razón; y esta es la gran falacia de esta nueva época.

Julio es para Babia. Un mes en el que verano cae a plomo. Las cigüeñas planean por los alrededores del pueblo y crotoran en sus imponentes nidos. El calor agradable y seco hace estallar las vainas de las escobas. Todo en medio de un silencio sinfónico de redonda, como si se tratara del impasse en que la orquesta deja de tocar un instante para retomar con brío el concierto, a la señal del director. En el cielo azul de julio escriben los aviones de medio mundo su rumbo, ajenos a quienes desde tierra los avistan y siguen con sus quehaceres. Julio no es el mes del veraneante, pero es el mejor mes de Babia. Algunos veraneantes lo sabemos bien.

La brisa aquí es cicatrizante, seca y cura al mismo tiempo. Me he dedicado a devolver al pequeño los paseos en bicicleta que mi padre me dio. Conquistamos, con toda tranquilidad, pueblo a pueblo.

Cuídense.