Cartas babianas (CI)

Queridos veraneantes:

Esta es una casa campamento, a la que día a día se van sumando efectivos, mientras escribo esto espero. La diferencia es que un campamento es orden y diversión, aquí prima lo segundo sobre lo primero.

Venezuela es el último ejemplo en el que una democracia muda en dictadura. Lo estamos viendo a golpe de tweet, resulta inevitable sentir impotencia. La distancia física no nos hace inmunes, las grandes catástrofes políticas se fabrican con lentitud, como un gran huracán necesita su tiempo en alta mar antes de desatar el infierno en la tierra. No estamos a salvo, tenemos que estar vigilantes y no sucumbir a los discursos fáciles llenos de «gente», «pueblo», «los nuestros», «los buenos», «los malos»… A todas las democracias siempre le acecha la amenaza de la tiranía, aunque se disfrace de la solución sencilla a los complejos problemas. No hay nada más primitivo que matar, encarcelar o callar al discrepante, nuestras Historias están llenas de ejemplos. Lo que debería acabar es cualquier mediación hasta que los orates no se detengan.

El día se recompuso con elegancia. A la sombra estaba fresco pero el sol hacía razonablemente su trabajo. En el paseo diario agotamos un camino que nos depositó en la misma puerta del cementerio de un pueblo cercano. Unos metros antes, las ruinas de una iglesia rendida al tiempo. En las desgastadas carreteras asoman los rastros de hierro mientras que el alquitrán se derrite por momentos.
En el supermercado una amable pelirroja me ha preguntado: «¿no tenéis una sección bio?», cuando advirtió el error se disculpó mil veces y se alejó por el pasillo en busca de la sección bio. Perderse en un supermercado es lo más normal del mundo, como tampoco hay mucho personal, es lógico que la pelirroja preguntara al primero que tuvo a tiro. En estos casos, los compradores deberíamos rastrear en manada, sin embargo impera el «sálvese quien pueda».
Dunkerque es una película interesante. Describe la angustia de las pequeñas historias de cientos miles de soldados sin destino. Sin embargo no se oyen tambores apocalípticos ni diálogos solemnes. La acción basta para contar como el instinto de supervivencia nos sostiene en los peores momentos. Todo parece empeorar por momentos cuando la muerte llama a la muerte. El final conocido no perturba la narración, la película no da con él sin más, sino que previamente ha dejado que la guerra se desenvuelva. Las historias de héroes deben escribirse siempre desde el barro; quien vaya al cine debe saber que saldrá embarrado. La vida es precisamente eso, lo demás son fabulaciones que nos protegen de la más extrema lucidez.
Cuídense.