Cartas babianas (CII)

Queridos veraneantes:

Las cartas no tienen el ritmo que me gustaría, pero cuando tengo tiempo para escribir me duermo. No hay nada mejor que acabar el día cansado. A pesar de que el tiempo está revuelto nos ha respetado: llueve al oscurecer y por la noche; durante el día las nubes esperan amenazantes su momento y a veces por la tarde escampa. Hoy parece que habrá sol desde el principio, aunque no tiene pinta de que haga mucho calor, de momento, no es agosto para playas.

La rutina incluye veinte kilómetros de bici en los que disfrutamos de una de nuestras conversaciones silábicas y onomatopéyicas. Hasta que advierten la presencia del pequeño, la gente me mira sorprendida y con un punto de indulgencia como perdonando la inofensiva enajenación del ciclista. Hacemos un circuito en el que evitamos el peligro de los coches, por unas carreteras que la vegetación va ocupando pausadamente, sin que parezca que nadie quiera evitar que se cierren definitiva e irreversiblemente. Ahora la prioridad la tienen los caminos de fibra o las señales electromagnéticas, pero de momento, no sirven para el tránsito físico de las personas, al menos, hasta que nuestros torsos no puedan dilacerarse, como diría el poeta.

No estamos en Babia, pero solo estamos a la distancia de un fonema. Prueba de que Babia es una red universal en la que uno siempre tiene la seguridad de caer. La vida adulta acorta los veranos, en los que también había espacio para el aburrimiento. Ahora, siempre quedan muchas cosas por hacer y libros por leer.

En todo caso hay que disfrutar tranquilamente de que el verano paralice todo, o mejor, ralentice todo. Ayer en una tienda de bicis y motos –como si pudieran juntarse sin violencia estas máquinas– un comprador preguntaba si su moto gris le podría ser entregada pronto. La chica del mostrador le explicaba que son meses muy malos, porque hay una distracción generalizada y ocurre que el encargado de los asuntos urgentes siempre es el que está de vacaciones, salvo ella, claro. El comprador le respondía, con el disfraz de una amable ingenuidad, que si se la daban en octubre, ya no serviría de nada, al fin y al cabo las motos son para el verano. Escuchaba su razonamiento y me convencía de que la moto en el invierno desaparecería, como se esfuman los pantalones cortos y los días interminables. Nuestra satisfacción está íntimamente ligada a la inmediatez.

Ahora mismo, parece que el cielo está dispuesto a negar el primer párrafo, pero aunque sea para confundirlo lo dejaré tal cual.

Si tuviera que definir el carisma emplearía este video. The Boss improvisando una canción de Chuck Berry. Al final, se van incorporando todos los músicos como si la canción formara parte del concierto. Con una espectacular sección de viento que sigue a un trepidante piano que convierte en clásica la melodía. La voz de Spingsteen recuerda que la canción tiene letra. La música es capaz de lanzarnos colectivamente y, en este caso, de ser un ejemplo de liderazgo.

Escuchen, disfruten y cuídense.