Cartas babianas (CIII)

Queridos veraneantes:

Hoy el sol desborda el valle y a las ocho había tanta luz como si fuera mediodía. A veces, el verano es verano. De fondo unos episodios de Pocoyo y para hacer tiempo releo un librito del gran Bernard Schwartz sobre los diez mejores jueces de la Historia norteamericana. Una prueba más de la importancia que en una sociedad democrática y de derecho tienen los buenos jueces. También se ve con claridad cómo los jueces contribuyen al desarrollo social, o visto de otra forma, el carácter instrumental del derecho. Puede parecer obvio, pero en ocasiones el derecho es tratado como una doctrina inmutable y exenta, ¡«extra omnes»! El derecho americano está tejido, en gran parte, por las resoluciones de su Tribunal Supremo, que pone la teoría a la altura de la realidad. Al igual que las leyes físicas permiten construir aviones u otros ingenios al servicio de los hombres, las teorías jurídicas deben permitirnos mejorar, sin embargo, en no pocas ocasiones son un elemento retardatario.

Ozark es una ciudad de Missouri, el Estado del presidente Truman –quien nunca pensó que llegaría a ser presidente–, y sirve de escenario a una serie interesante. Sin destriparla, trata de las consecuencias de blanquear dinero para un cártel de drogas. La línea invisible entre el delincuente de cuello blanco o de ordenador y la delincuencia sangrienta. A pesar de que la empresa es la misma es indiscutible que se mueven en dos planos diferentes, con el riesgo de que ambos se confundan y se salden de la misma forma. Si eso ocurre se produce una vertiginosa fuga que se convierte en una forma de vida que arrastra a los personajes a hacer cosas inesperadas e impropias de una acomodada familia. Ya no huyen de la cárcel, que también, sino del asesinato como pena y fin. A medida de que uno se aleja de las ciudades (de la civilización) da con espacios propicios para la huída en la que contradictoriamente los «prófugos» nunca podrán pasar desapercibidos.

A mitad de la noche he despertado por los picotazos de un mosquito que actuaba con alevosía y ensañamiento. Es un picor nervioso, que solo se alivia con el paso del tiempo. Es inevitable rascarse hasta la herida, lo que seguramente provocará que el veneno entre con más facilidad en el torrente sanguíneo y el dolor se agudice. El frío del agua lo aplaca, pero vuelve con la misma intensidad una vez que se abandona esa terapia de urgencia. El invento para su aniquilamiento no funcionaba, el insecto se pavoneaba de su victoria. La guerra química será inevitable.

Cuídense.