Cartas babianas (CV)

Queridos veraneantes:

El terrorismo amenaza a la civilización. Pretende infundirnos miedo y distraernos para que nuestras vidas no sean como queremos. Planean acabar con nuestras rutinas y nuestras seguridades, para imponernos las suyas, que sabemos son irracionales y ontológicamente inferiores a nuestra forma de vida. Es una lucha desigual porque nuestra sociedad y nuestros ideales liberales-demócratas son superiores a los suyos. Por eso, a la larga, estamos ganándolos. Lo que no impide que tengamos que resistir, sufrir y padecer. Este es el motivo por el que digo a mi hijo que las leyes deben cumplirse, porque es la mejor forma que tendrá de protegerse frente a los salvajes. Y todos aquellos que las incumplen o animan a hacerlo lo son.

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He deshuesado los dos libros que, con realismo, me había propuesto acabar de leer y releer estas vacaciones. De ambos ya he hablado en esta correspondencia.

‘Quién obtiene qué y por qué’ del premio Nobel de Economía Alvin E. Roth, sobre el diseño de mercados y regalo de mi gran amigo Juan. Por no hacer demasiado larga la carta, destacaré tres cosas.

Primero. La importancia de pensar no solo en un emparejamiento primario donde comprador y vendedor se vinculan a través del precio; sino contemplar la posibilidad de ciclos superiores de intercambio de los que puedan beneficiarse más personas. El ejemplo propuesto es muy gráfico: pensemos en un hijo que necesita un riñón, su padre está dispuesto a donárselo pero resulta que son incompatibles. Esta situación biológica frustraría el emparejamiento. Sin embargo, si el riñón del padre se destina a otra persona para la que sea compatible, el riñón que correspondería a esa tercera persona –por ejemplo, procedente de un donante muerto– podría pasar al hijo. De esta forma, una acción, la disposición del padre a donar un riñón a su hijo habría dado lugar a dos emparejamientos beneficiosos. Si este caso se escala, contemplando a todos los posibles donantes vivos y muertos con todas las personas necesitadas de un riñón las ventajas son claras.

Segundo. La utilidad del algoritmo de asignación diferida para evitar las decisiones estratégicas de los que acuden a un mercado. Se llama decisión estratégica a la decisión que depende de lo que van a hacer otros. En este caso, el ejemplo puede ser la asignación de colegio, a través de un algoritmo de asignación inmediata. Tal y como está diseñado este mercado, los colegios cubren sus plazas según los puntos que tienen los candidatos (renta, proximidad, hermanos en el colegio), tomando a todos aquellos que hayan puesto como primera elección ese colegio, cualquiera que sean los puntos que tengan. Es decir, tendrán preferencia los candidatos que hayan elegido el colegio como primera opción, frente a un posible candidato con más puntos que lo haya elegido como segunda opción. El efecto es que los padres no eligen el colegio que desean, sino que hacen una decisión estratégica y optan por el colegio en el que tendrán opciones reales de ser admitidos.

Si se establece un algoritmo de asignación diferida, los colegios no negarán la admisión de alumnos hasta que se ocupen todas sus plazas con los que tienen la prioridad más alta (más puntos). Es decir, los candidatos tienen tantas posibilidades de entrar en el que constituye su segunda opción como si lo hubiera listado en primer lugar.

Aunque parezca elemental, la pereza o desidia de algunas Administraciones educativas hace que no se use este sistema y se acuda a la asignación inmediata; en el erróneo entendido que eso produce emparejamientos más ventajosos.

Si se preguntara a los responsables políticos ellos se remitirían a que las reglas son claras y todo el mundo las conoce de antemano. En definitiva, a esos responsables no les importa, o quizá les convenga que parte del alumnado huya de su sistema educativo a centros privados o deje la ciudad o el distrito educativo.
Por suerte para los bostonianos, sus autoridades educativas corrigieron el antiguo sistema con la ayuda de Alvin Roth. Otros alumnos de otras partes sin embargo, tendrán que fastidiarse.

Tercero. Las subastas ascendentes de segundo precio más alto son un mecanismo que incentiva que cada postor otorgue el valor que cree que tiene el objeto subastado, evitando maniobras estratégicas. La ganancia del mejor postor es lo que el objeto vale para él, menos lo que tiene que pagar por él, siendo la ganancia del resto de postores cero.

La explicación es la siguiente:

Supongamos que el verdadero valor para ti del objeto por el que estás pujando es de 100 $. Si ofreces 100 $, o bien tu puja será la más alta, en cuyo caso recibirás el objeto y pagarás el monto de la segunda puja más alta, digamos 90 $, o bien otro postor ofrecerá más, en cuyo caso tú no pagarás nada ni obtendrás nada.
Si tu puja es la más alta, recibirás un objeto que para ti vale 100 a solo 90 $, de manera que obtendrás una ganancia de 10 $. Qué pasaría si ofrecieras 95 $ en lugar del verdadero valor que el objeto tiene para ti. Pagarías también 90 $ ya que esta es una subasta de segundo precio más alto, de modo que obtendrías la misma ganancia. Pero supongamos que ofreces menos, digamos 85 $. En este caso, no serás el postor más alto y obtendrás cero ganancias. Por tanto, si el verdadero valor para ti es más alto que las demás pujas, reducir la tuya por debajo de ese valor no te sirve de nada cuando continúas siendo el postor más alto; si bajas tanto tu puja que dejas de ser el ganador de la subasta, saldrás perjudicado, porque tu ganancia se reducirá a cero.

Me temo que se me ha hecho muy tarde, dedicaré otra carta al otro libro. Aunque las vacaciones se vayan acabando espero prolongar esta correspondencia.

Cuídense.