Archive: septiembre, 2017

Cartas babianas (CX)

Queridos veraneantes:

Trato de estirar esta correspondencia para cumplir con las cartas que pensaba escribir. La frecuencia no puede ser la misma porque el curso ha comenzado. Estas cartas me llevan a mi infancia, un lugar inexpugnable que espero trasladar al pequeño. Comprendes perfectamente lo que digo porque has estado allí y sigues aquí.

Sánchez Ferlosio en el discurso de aceptación del Premio Cervantes recuerda la distinción entre los juegos no competitivos y los competitivos, juegos anagónicos y juegos agónicos; «agón» representa el principio de competitividad. El deporte profesional que vemos y, en cierta medida, el que practicamos como amateurs, es un juego agónico. Lo que cuenta es ganar, llegar el primero o, al menos, ser mejor cada vez.

En el ciclismo para competir primero hay que resistir. Sobre el ciclismo se ha cebado el dopaje y ha dejado de ser lo que era en los años noventa: el deporte del verano. Basta ver el impresionante documental Ícaro, para comprobar que no solo es un problema del ciclismo. No obstante, la traición se ve muy claramente en el ciclismo porque es un deporte (agónico) que requiere de héroes de carne y hueso. Después del confeso Amstrong tardará en haberlos.

Contador se ha retirado siendo el mejor en la resistencia. El ciclismo de ataque añade fuerza y sacrificio a la resistencia. Desde la perspectiva agónica si el ataque no te lleva a la victoria es vano. Sin embargo, en el ciclismo de ataque hay mucho de juego anagónico, donde la grandeza es ponerse sobre la bici y acelerar. Es la esencia del ciclismo: dejar que la fuerza te lleve hasta donde puedes llegar. Incluso, cuando la pierdes siempre te queda la resistencia, aunque a «agón» ya no le importe.

Al final, Contador rindió tributo a «agón» y ganó cuando ya parecía que no podía hacerlo. Quienes miden a los ciclistas por la victoria, no saben ver ciclismo y deberían ir al hipódromo. Aquí, la admiración se siente por cada corredor que acaba una etapa o una gran vuelta. Y la épica es probar tus fuerzas, agotarte tratando que tu fatiga sea más leve o tardía que la del rival. Contador ha vencido pero también ha sabido jugar anagónicamente al ciclismo.

La bici es el primer instrumento de libertad que un niño tiene. Precisamente por eso debería ser un derecho reconocido. La relación entre el movimiento y la libertad es obvia y la bicicleta logra ensanchar el radio. La satisfacción de llegar a un sitio lejano por tus propios medios, una especie de emancipación por fases. Con el tiempo, representa la posibilidad de que el aire te dé directamente en la cara, y de pensar tranquilamente. Afortunadamente, gracias a la tecnología textil la bici es para todo el año, como la libertad.

Aún me quedan dos cartas más en la cabeza, espero poder enviártelas con cierta rapidez. Lo bueno de Babia es que es un territorio no expuesto al tiempo, al menos al tiempo que miden los hombres, y que la condición de veraneantes la llevamos pegada, como el acento, a la suela de los zapatos. Así que las dos premisas de la correspondencia: Babia y la condición política de veraneante no serán perturbadas por la mora.

Cuídense.

Cartas babianas (CIX)

Queridos veraneantes:

Las romerías o fiestas al aire libre amenizadas por una o varias orquestas –cada día más pretenciosas–, fiestas de prao (en nuestro vernáculo ancestral) responden al mismo patrón sociológico. El grueso del grupo se limita a observar la actuación. Apenas se puede hablar porque el sonido está lo suficientemente alto como para que la atención se concentre, forzadamente, en los artistas. Una minoría baila y otro gran grupo mira y bebe, situándose lo más cerca posible del bar. En estos casos el generoso alcohol amodorra más que exalta, al menos, en los primeros compases de fiesta.

Hay personas que acuden por mera curiosidad, incluso hay quien no se quita ni las zapatillas para salir a la plaza del pueblo. Cambian la televisión por la verbena. Rodean el recinto para asegurarse de que han visto todo, acaban por trabar conversación con algún vecino o veraneante. Otra clase son los acompañantes, quienes se han visto forzados a ir por compromiso, cortesía o para vigilar a sus hijos. Se muestran tranquilos y desenfadados, y se conforman con hacer una crítica musical de la orquesta. Aunque no lo confiesen se percatan de que hay nueva música y de que el tiempo corre siempre en dirección a «una chica yeyé». Asumen que Julio Iglesias es un clásico respetable, pronto se deslizarán por la pavorosa pendiente de considerar el pasodoble como una pieza imprescindible.

Una fiesta es una fiesta y hay quien se la toma totalmente en serio. Se visten para la ocasión, se suben a unos tacones o abotonan una camisa formal. La fiesta es una cita social que sirve para relacionarse, y a pesar de las dificultades ambientales lo logran.

Lo que en una fiesta de esta clase cuenta son las miradas. Si uno tiene paciencia podría dibujar un mapa de miradas que se cruzan accidentalmente, que se buscan, que se detienen, que provocan otras o que fisgonean todo lo que pueden. Si trazásemos una línea por cada mirada, quedaríamos todos enredados en una tupida red. Hay quien llega, percibe la observación ajena y a partir de entonces se dedica únicamente a cultivarla. Busca concienzudamente la curiosidad especial de alguien (del observador sorprendido) o la general de cualquiera. Para conseguir su propósito se anima, comienza a bailotear sino lo hacía o a moverse leve y coquetamente, por temor a que su presa (el observador) encuentre a alguien más interesante al que mirar. Según avanza la noche, y el cruce de miradas, puede que el observado se convierta en observador. En esta clase de fiestas este juego furtivo de mirar para ser mirado puede que sea lo más interesante.

Esta semana han llegado los ecos de las críticas a la primera dama, Melania Trump, por haberse puesto unos salones de aguja de diez centímetros, es así como se llaman técnicamente los stilettos, para hacer la visita oficial a la zona afectada por el huracán en Texas. Los comentarios surtieron efecto y cambió la sofisticación por unos playeros tipo tenis clásicos. Pero, como arrepintiéndose, en la segunda visita a Texas volvió a calzarse sus habituales salones de aguja.

La indumentaria es una forma de comunicación. De la misma forma que nadie puede decir lo que quiera sin ser considerado como un grosero o mal educado, tampoco puede vestir como le plazca sin transgredir los usos sociales. Lo cierto es que hay muchos contextos en los que no se sabe muy bien cuál es el código de vestimenta correcto. No lo digo por lo de Texas, parece claro que para esa ocasión lo suyo habrían sido unas botas; sino en otros contextos. Sin ir más lejos en nuestra fiesta, ¿cómo habría que vestir? Entre las zapatillas y quienes se toman en serio la ocasión me inclino por los segundos, con el límite siempre del baile de disfraces. Frontera que en muchas bodas ya se ha rebasado. Cada vez es más habitual ver a las salidas de iglesias y ayuntamientos un desfile extravagante de cortesanos sin Corte ni Soberano.

La similitud entre vestirse y camuflarse que me temo que es lo que puede reprocharse a la primera dama.

Cuídense.

Cartas babianas (CVIII)

Queridos veraneantes:

La sequía ha dejado al desnudo el rastro del pueblo. Los restos de las paredes de los pastizales, el dibujo de los caminos y la huella de las entradas a las propiedades. El agua ha conservado algún resto de los puentes, aunque el río residual no siga el mismo cauce. Se desvelan los cuadros de las casas, incluso se conservan algunas de sus paredes. La sequía convierte a los pantanos en radiografías, en las que podemos ver las interioridades del pueblo muerto. Conocí a un señor al que la nostalgia nunca más le dejó vivir sin asomarse a diario al borde del pantano y recordar lo que fue y quien fue. Era un hombre huraño al que los niños temíamos sin motivo. Al conocer su secreto, dejé de tenerle miedo. Simplemente era un hombre solo que se había quedado sin pueblo.

Hace apenas unas horas ha caído una tormenta de verano que no pondrá remedio a la sequía.

Aquí es raro hablar de sequía. La negación de un acontecimiento porque las posibilidades de que ocurra sean remotas no es una buena base para una estrategia.

Ha seguido lloviendo. El verano todavía no se retira, aquí suele resistir el mes de septiembre, aunque contra la brevedad de los días y el comienzo de las rutinas ya no se pueda luchar.

Me alegra leer este largo artículo de Oliver Burkeman, en The Guardian, sobre los Nuevos Optimistas, en el que a partir de datos y hechos se acredita (e insiste) que el mundo cada vez es mejor. Rotundamente. Esta verdad choca con nuestros sesgos cognitivos y con las situaciones individuales. Los dramas particulares no dejan de ser dramas. Está claro que ya no hay tantas hambrunas y que en China cada vez más personas gozan de las ventajas de estar en la clase media. Sin embargo, prestamos más atención a las noticias negativas hasta el punto de apartarnos de la realidad.

¿El Nuevo Optimismo es una visión ideológica para defender las democracias liberales de libre mercado? Parece más bien que es la constatación fáctica de que ha sido el sistema político más exitoso de la historia en términos de prosperidad y distribución de la renta. Los populismos han sido la reacción, simplemente han limitado el espacio de observación, no importa el progreso global sino la situación local. Con este enfoque capitalizan políticamente las frustraciones, imaginando un mundo camino del precipicio.

Lo mejor del Nuevo Optimismo es que nos proporciona argumentos para seguir mejorando. No se trata de una esperanza metafísica sino de la posibilidad efectiva de que con nuestro esfuerzo, nuestras comunidades progresen, como lo hace, agregadamente, el mundo en los últimos tiempos. La visión contraria acabará por hacer que nos rindamos.

Nuestras sociedades son demasiado complejas para las soluciones pesimistas. El populismo es la última manifestación del irracionalismo. Los datos y los hechos, la verdad, es lo único que puede librarnos de esta nueva caverna.