Cartas babianas (CIX)

Queridos veraneantes:

Las romerías o fiestas al aire libre amenizadas por una o varias orquestas –cada día más pretenciosas–, fiestas de prao (en nuestro vernáculo ancestral) responden al mismo patrón sociológico. El grueso del grupo se limita a observar la actuación. Apenas se puede hablar porque el sonido está lo suficientemente alto como para que la atención se concentre, forzadamente, en los artistas. Una minoría baila y otro gran grupo mira y bebe, situándose lo más cerca posible del bar. En estos casos el generoso alcohol amodorra más que exalta, al menos, en los primeros compases de fiesta.

Hay personas que acuden por mera curiosidad, incluso hay quien no se quita ni las zapatillas para salir a la plaza del pueblo. Cambian la televisión por la verbena. Rodean el recinto para asegurarse de que han visto todo, acaban por trabar conversación con algún vecino o veraneante. Otra clase son los acompañantes, quienes se han visto forzados a ir por compromiso, cortesía o para vigilar a sus hijos. Se muestran tranquilos y desenfadados, y se conforman con hacer una crítica musical de la orquesta. Aunque no lo confiesen se percatan de que hay nueva música y de que el tiempo corre siempre en dirección a «una chica yeyé». Asumen que Julio Iglesias es un clásico respetable, pronto se deslizarán por la pavorosa pendiente de considerar el pasodoble como una pieza imprescindible.

Una fiesta es una fiesta y hay quien se la toma totalmente en serio. Se visten para la ocasión, se suben a unos tacones o abotonan una camisa formal. La fiesta es una cita social que sirve para relacionarse, y a pesar de las dificultades ambientales lo logran.

Lo que en una fiesta de esta clase cuenta son las miradas. Si uno tiene paciencia podría dibujar un mapa de miradas que se cruzan accidentalmente, que se buscan, que se detienen, que provocan otras o que fisgonean todo lo que pueden. Si trazásemos una línea por cada mirada, quedaríamos todos enredados en una tupida red. Hay quien llega, percibe la observación ajena y a partir de entonces se dedica únicamente a cultivarla. Busca concienzudamente la curiosidad especial de alguien (del observador sorprendido) o la general de cualquiera. Para conseguir su propósito se anima, comienza a bailotear sino lo hacía o a moverse leve y coquetamente, por temor a que su presa (el observador) encuentre a alguien más interesante al que mirar. Según avanza la noche, y el cruce de miradas, puede que el observado se convierta en observador. En esta clase de fiestas este juego furtivo de mirar para ser mirado puede que sea lo más interesante.

Esta semana han llegado los ecos de las críticas a la primera dama, Melania Trump, por haberse puesto unos salones de aguja de diez centímetros, es así como se llaman técnicamente los stilettos, para hacer la visita oficial a la zona afectada por el huracán en Texas. Los comentarios surtieron efecto y cambió la sofisticación por unos playeros tipo tenis clásicos. Pero, como arrepintiéndose, en la segunda visita a Texas volvió a calzarse sus habituales salones de aguja.

La indumentaria es una forma de comunicación. De la misma forma que nadie puede decir lo que quiera sin ser considerado como un grosero o mal educado, tampoco puede vestir como le plazca sin transgredir los usos sociales. Lo cierto es que hay muchos contextos en los que no se sabe muy bien cuál es el código de vestimenta correcto. No lo digo por lo de Texas, parece claro que para esa ocasión lo suyo habrían sido unas botas; sino en otros contextos. Sin ir más lejos en nuestra fiesta, ¿cómo habría que vestir? Entre las zapatillas y quienes se toman en serio la ocasión me inclino por los segundos, con el límite siempre del baile de disfraces. Frontera que en muchas bodas ya se ha rebasado. Cada vez es más habitual ver a las salidas de iglesias y ayuntamientos un desfile extravagante de cortesanos sin Corte ni Soberano.

La similitud entre vestirse y camuflarse que me temo que es lo que puede reprocharse a la primera dama.

Cuídense.