Semana cuarenta y ocho (48) y cuarenta y nueve (49)

Mucho trabajo. Días y noches largas. Un bochorno constante que sin alivio acabó el jueves a última hora. El trabajo también tiene privilegios. El privilegio de hacer cosas imprevistas. Acabo el día tan cansado que no sé el momento en qué me voy a dormir, cuando caigo, lo hago sin violencia y al despertar lo he olvidado todo. Llegarán nuevas cosas que taparán a las anteriores, en un invencible ir y venir. Como si alguien –un extraño– estuviera manejando los hilos. Podría parecer por lo que escribo que no tengo tiempo para pensar, pero no. Pensar mucho es malo y cansa todavía más.

Esta última semana solo tiene tres días, una semana puñetera en un mes que rompe nuestras rutinas, para imponer la superior de la Navidad.

Esta anotación debe acabar con un hecho objetivo, he comenzado a leer, para luego ir al cine, ‘El sentido de un final’ de Julian Barnes, creo que mi favorito.

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Diario ficticio de Sonia Terán, segundo apellido desconocido. Pendrive recuperado entre trastos abandonados en una mudanza.

Calle del Prado Picón núm. 2. 20 de julio. Las anotaciones de estos meses, hechas en papeles sueltos y alguna nota del iPhone o se han perdido o las he desechado. Así que serán meses imposibles de reconstruir. Para evitar el salto al vacío resumiré. Las obras han acabado y el verano ha entrado renqueante; con esto quiero decir que hay días que no hace ni una gota de calor. Pero lo sabía y por eso estoy aquí. Hoy no es uno de esos días, hoy hace mucho calor, un calor pegajoso, húmedo.

Ir a la oficina es un trago. No estoy acostumbrada a ellos ni ellos a mí. Tardan en darse cuenta de que estoy en el despacho. En ese momento empiezan a desfilar las caras nuevas llenas de explicaciones. Algunas son conocidas por el skype o por conversaciones telefónicas interminables. Insisten en contarme lo que ya sé, lo que esperan de mí es que disimule que no lo sé. No voy mucho y pienso ir menos. Como dije a los muchachos, en este trabajo no es necesario estar un sitio determinado. Para ellos abrir la oficina ha sido un logro, a veces temo que trabajan con el único propósito de alquilar una segunda planta.

Me reúno con Nuria, la documentalista. Siempre me trae sorpresas, y aunque las sorpresas casi nunca sirven, nos dan conversación. Cuatro horas y no hemos sacado nada en claro. Sin cimientos es imposible construir nada, el tiempo se acaba. Tenemos un problema y lo que es más importante un cliente que espera a la vuelta de un mes. No sé por dónde empezar. Eso me obliga a quedarme, una habitación de hotel… Al día siguiente a primera hora nos vemos los tres, evaluamos la situación y reenfocamos el tema. Sale alguna idea, que luego en el tren a poco que la piense la descarto. En caliente sirve para emborronar un folio. A las cuatro ya he descartado quedarme una segunda noche. No lo soporto. Nos damos un plazo de una semana para tener un borrador. Hablo con el equipo: necesito un marco y posiblemente alguien sobre el terreno. Decido que sea Roberto. Mañana a las ocho un skype de veinte minutos para aprobar una estructura.

Llego rendida, hasta que no acabe no dejaré de dar vueltas a este asunto. Veo que tengo varios mensajes. Imposible contestar, no puedo seguir su ritmo.