Cartas babianas (CXIII)

Queridos veraneantes:

Han pasado muchas cosas desde que cerré, muy tardíamente, esta correspondencia el año pasado. Hasta hay un nuevo gobierno. Mantengo mi condición de veraneante, y me remito a la primera carta de esta serie. Al invierno le da tiempo para hacer muchas cosas, y yo ya empiezo a notar la aceleración que los más viejos denuncian: cosas que pasarán para siempre. Si aún quedaran lectores, que no se preocupen, no se trata de un ataque de nostalgia.

Pero volvamos al invierno solo para constatar que no se ha acabado, al menos aquí, al otro lado de la montaña. El pequeño al salir hoy a la calle ha sentenciado: «papá, el verano se ha mojado». Y así enfilamos agosto viendo el sol en el Tour, donde se impone el equipo, el gran equipo. Para que luego digan que el ciclismo no es un deporte de equipo, tanto como el ajedrez. En realidad ya nada que valga la pena se puede hacer solo, aunque haya quienes se sigan empeñando.

Nadie puede decir que St. Paul’s sea un lugar apacible. Al contrario, es un sitio sujeto a las fuerzas de la realidad que nunca han sido ni hospitalarias ni agradables. Es una prueba de supervivencia dentro de un mundo civilizado. En todo caso, resulta interesante y espero poder aprender muchas cosas. Las demás estancias me han dado cosas de las que yo no he sido consciente. Cosas y personas inolvidables. Por aquí sí puedo acabar en la nostalgia.

A pesar del agotamiento, trataré de continuar esta correspondencia y de contar el verano. Por el camino, espero recobrar las fuerzas que ahora no tengo.

La bicicleta se ha convertido en un refugio. Para mí, desde muy pequeño ha representado la libertad. En general, la libertad está asociada al movimiento, a ir dónde a uno dé la gana y en la medida de lo posible con quien quiera, o solo, o incluso a ninguna parte. Moverse por moverse. En un mundo despiadadamente veloz, donde los niños se hacen mayores enseguida, la bici reina a una razonable velocidad entre la parsimonia del caminante y la fugacidad de los GB con que nos comunicamos.

Aunque volveré sobre el asunto, porque es una de mis obsesiones, espero escribir con la claridad suficiente como para que la comunicación con algún lector sea de cerebro a cerebro, sin intermediarios. Escribir claro (pensar claro) sigue siendo lo más difícil del mundo.

Cuídense, por favor.