Archive: agosto, 2018

Cartas babianas (CXVI)

Queridos veraneantes:

Las vacaciones estrictamente babianas han cabido en tres cartas, aunque como siempre hay que advertir esta correspondencia puede echarse desde cualquier parte del mundo.

La playa un día de fiesta como hoy es una radiografía. Resulta que el grupo madrugador de rubias, calvos y niños asilvestrados que se ha parapetado cerca es una familia conocida. En un pueblo un apellido suele ser una apisonadora. Parece que es el caso. Todas las referencias apuntan a que se trata de una «mini dinastía» y que así ejercieron en tiempos. Ahora, como toda la aristocracia está venida a menos. Siempre hay signos que delatan: sombreros de paja de ala ancha, bisutería playera y conversaciones que desde la prudente distancia del observador parecen de altos vuelos. El pueblo sigue distinguiendo con claridad a los señores, es una necesidad para no perder la identidad y los motivos. La globalización acabó con esa familia, una decisión financiera produjo un desahucio y dejó desorientado a todo un pueblo. Estoy seguro que las rubias y los calvos nunca se sintieron nada del otro mundo, pero que ya puestos, si los demás se empeñan, habrán ejercido un señorío a lo Sancho Panza.

Una madre vigila, en soltería, toda la tarde a sus dos hijos. En la zona hay padres y otros hombres que reparan en ella y por sorpresa aparece el padre de las dos criaturas. Solo ha faltado que levantara una pierna para marcar el territorio.

Comparto la observación con una pareja alemana, de vez en cuando el padre me mira y sonríe como queriéndome dar la razón. Hace calor, pero los padres y las dos hijas se cubren como si hubieran venido a tomar las aguas hace cien años. Quizá sea lo más saludable.

Ha ondeado durante todo el día la bandera verde. Y las predicciones son todo un alivio.

Nuestros días de lectura en la playa se han acabado del todo. Los turnos de vigilancia me han permitido leer algo de Franzen, cada vez me interesa más. Me recuerda a Roth, los personajes se te pegan a las suelas y sin querer estás en medio de sus vidas. Aunque me gustaría participar en sus conversaciones, me conformo con observar. Cuando leo una novela de estas, siempre espero que muchas de las cosas que alguna vez he pensado o sentido aparezcan a chorro. No siempre puedes compartirlas, así que cuando flotan en un relato resulta reconfortante. La confirmación de que no son rarezas de uno. Estas lecturas son extenuantes sobre todo si has tomado partido por alguna de las partes. En estos casos siempre se echan en falta más detalles, pero ya se sabe la novela no es la realidad. Por eso me fascinan los buenos ensayos. Y también por eso la metaliteratura es tan interesante.

En fin, sin darme cuenta he llegado al final de esta carta. Sin noticias y alejado del mundo.

Cuídense.

Cartas babianas (CXV)

Queridos veraneantes:

El descubrimiento de este año ha sido el paso de Babia a Omaña. El norte orgánico de León se compone de regiones que tienen vida independiente, de pequeños países con su idiosincrasia: Babia, Luna, Omaña, Laciana. En tiempos, había una pegatina que rezaba «Babia es región». En realidad, lo procedente es que Babia fuera municipio. En todo caso, cuando aquí hablo de países me refiero al continente de los paisanos, y no a la aspiración de una sindicatura de cuentas propia.

Cruzo un puerto suave, una llanura en la que Babia va transformándose en Omaña, con los mismos colores, la misma vegetación y los mismos olores. Sin embargo, se aprecia el cambio, quizá, en la frontera que impone la minería. La minería marca el territorio para siempre, únicamente muere con la muerte del último hombre. Después del primer pueblo hay que seguir subiendo, para luego descender y llegar a Murias de Paredes, capital de Omaña. 

El pueblo dormía su siesta, y en la primera casa una madre instruía a su hija, hablaban con toda intimidad a pie de calle. Nadie teme la indiscreción de un extraño, y desde luego esa madre joven tampoco. 

Las tripas de un pueblo suelen estar en su bar. En lo que tardé en liquidar un Aquarius de naranja, sin poder pasar desapercibido, presencié una discusión entre dos hombres. Frente a ellos la camarera whasapeaba incansablemente en un grupo de amigas y con un chico. Alternaba con destreza ambas conversaciones, mientras los dos hombres iban subiendo de tono la discusión. Trataba de no mirarles para evitar un temido «y a ti qué te importa [veraneante]», sin embargo tenía curiosidad, al fin y al cabo tengo que alimentar esta correspondencia. Así que la camarera me servía de coartada. La miraba a ella para poder escuchar mejor aquella encendida conversación. El plan era perfecto, porque la chica no dejaba de manosear su teléfono y no podía saber que la miraba. El problema era un asunto de madera, uno de los hombres le pedía al otro si le podía dejar unas piezas, a lo que el otro decía más o menos que no. «Olvídalo» gritaba el peticionario, «como que no te he dicho nada», «déjalo estar, que tú tienes todo el año y yo quince días». Pura retórica que finalmente ablandó al otro que accedió a entregarle los maderos..

El fin de la disputa me resultó tan inesperado que cuando la camarera levantó la vista, vio cómo la miraba. Inmediatamente di el último sorbo al Aquarius y abandoné el bar. La camarera me contestó con un muchas gracias, y volvió la vista al móvil. Los dos tipos de la bronca parecían no existir para ella. Cualquiera diría que se trataba de una perfomance ideada para visitantes despistados. Cuando uno entra en el bar, se pone en marcha una función. Y cuando sale, los actores, que no vecinos, se relajan hasta nuevo aviso.

Tenía ganas de regresar a Valdevimbre a la cueva donde había tomado un pulpo y una sepia exquisitas. El lugar ha adquirido un tono chill out impropio; en camisón o pijama nadie puede servir buena comida. No conviene viajar a lomos del recuerdo. Aunque no hay nada mejor que la confirmación de un buen recuerdo, una segunda vez buena. Mi edad ya me obliga a hacer esta clase de pruebas, con los riesgos consabidos.

La catedral de León es lo que queda de la tarde.

Cuídense.

Cartas babianas (CXIV)

Queridos veraneantes:

Hemos llegado al verano. Lo escribo como si hubiera acabado una larga huída. La montaña es el mejor refugio. El buen tiempo me permite reconstruir aquellos días infinitos de hace más de treinta años, donde la felicidad del pequeño se confunde con la mía. Cuatro generaciones de la familia, en el tiempo de una, han pisado esta tierra con pies de veraneantes. Pero casi cuarenta años son suficientes para dejar atrás cualquier atisbo de angustia.

La recogida de la hierba va para largo. Ya no es la tarea que robaba feligreses los domingos. Aunque tampoco hay misa todos los domingos. El mundo aquí también ha cambiado. El cambio esencial del veraneante es conocer con antelación el tiempo que va a hacer al día siguiente. Esa certeza desencadena un torrente de decisiones que desplazan a la improvisación y a la queja. Como es sabido, los veraneantes no tienen ninguna clase de preocupación, solo saben quejarse. Ahora en las cenas se planifica la siguiente jornada, se manejan datos sorprendentes: temperatura media, probabilidades de que llueva, velocidad del viento… Y tras el análisis se decide si habrá o no habrá piscina. Se compite por la aplicación más fiable y la que proporciona más información. Cuando tras la consulta de varias hay consenso en que va a llover, la tertulia se queda mustia. Tardaré en conciliar el sueño, intentando que me vengan a la cabeza planes interesantes y divertidos de indoor. Nunca los hay, que nadie se engañe. Lo peor es cuando alguien repara en que la aplicación de referencia indica que cada día el sol se pone tres minutos antes, casi media hora a la semana. En ese momento la reunión se dispersa y cada cual sale a buscarse la vida.

Una pareja de jubilados confiesa que un día cayeron aquí por casualidad y que desde entonces vienen todos los veranos y ya van nueve. Lo cuentan como si fuera su último descubrimiento, un tesoro que dejarán a sus nietos. Este lugar es para niños y viejos. Por niños debe entenderse a todos los que aquí lo fueron. Por viejos todos entendemos lo mismo. El azul del cielo lo explica todo. Corrijo, la muerte lo explica todo.

Entre las exigencias de St. Paul’s y el trajín de una casa llena de primos y coincidencias, no tengo tiempo para hilvanar una crónica que tenga cierto interés. De hecho, no tengo tiempo libre y mis planes (fundamentalmente mis lecturas) no se van a cumplir. Nunca me había pasado algo así, pero me encojo de hombros porque no podré remediarlo.

En cualquier caso, trato de sostener esta correspondencia como quien suscribe un buen seguro de vida. Los años pesan y se ha convertido en una obligación personal. Quizá con el tiempo sea un peso. Al final todo lo que se incrusta en la red se convierte en un antecedente. Debe saberse que el silencio será la primera sospecha. Quien no deje aquí ningún tipo de rastro despertará toda clase de suspicacias y morirá aplastado por preguntas que no tienen respuesta. Morirá sin honor.

Sin lecturas y bastante desvinculado de la realidad soy consciente de que estas cartas pierden el escaso interés que pudieran haber tenido en algún momento. Así todo, escribo para quien me lea. Para quien aterrice aquí venga del lugar que venga. Y si esta es la única referencia que tiene, podrá fantasear e inventarse toda clase de historias sobre el veraneante que está al otro lado.

Cuídense.