Cartas babianas (CXIV)

Queridos veraneantes:

Hemos llegado al verano. Lo escribo como si hubiera acabado una larga huída. La montaña es el mejor refugio. El buen tiempo me permite reconstruir aquellos días infinitos de hace más de treinta años, donde la felicidad del pequeño se confunde con la mía. Cuatro generaciones de la familia, en el tiempo de una, han pisado esta tierra con pies de veraneantes. Pero casi cuarenta años son suficientes para dejar atrás cualquier atisbo de angustia.

La recogida de la hierba va para largo. Ya no es la tarea que robaba feligreses los domingos. Aunque tampoco hay misa todos los domingos. El mundo aquí también ha cambiado. El cambio esencial del veraneante es conocer con antelación el tiempo que va a hacer al día siguiente. Esa certeza desencadena un torrente de decisiones que desplazan a la improvisación y a la queja. Como es sabido, los veraneantes no tienen ninguna clase de preocupación, solo saben quejarse. Ahora en las cenas se planifica la siguiente jornada, se manejan datos sorprendentes: temperatura media, probabilidades de que llueva, velocidad del viento… Y tras el análisis se decide si habrá o no habrá piscina. Se compite por la aplicación más fiable y la que proporciona más información. Cuando tras la consulta de varias hay consenso en que va a llover, la tertulia se queda mustia. Tardaré en conciliar el sueño, intentando que me vengan a la cabeza planes interesantes y divertidos de indoor. Nunca los hay, que nadie se engañe. Lo peor es cuando alguien repara en que la aplicación de referencia indica que cada día el sol se pone tres minutos antes, casi media hora a la semana. En ese momento la reunión se dispersa y cada cual sale a buscarse la vida.

Una pareja de jubilados confiesa que un día cayeron aquí por casualidad y que desde entonces vienen todos los veranos y ya van nueve. Lo cuentan como si fuera su último descubrimiento, un tesoro que dejarán a sus nietos. Este lugar es para niños y viejos. Por niños debe entenderse a todos los que aquí lo fueron. Por viejos todos entendemos lo mismo. El azul del cielo lo explica todo. Corrijo, la muerte lo explica todo.

Entre las exigencias de St. Paul’s y el trajín de una casa llena de primos y coincidencias, no tengo tiempo para hilvanar una crónica que tenga cierto interés. De hecho, no tengo tiempo libre y mis planes (fundamentalmente mis lecturas) no se van a cumplir. Nunca me había pasado algo así, pero me encojo de hombros porque no podré remediarlo.

En cualquier caso, trato de sostener esta correspondencia como quien suscribe un buen seguro de vida. Los años pesan y se ha convertido en una obligación personal. Quizá con el tiempo sea un peso. Al final todo lo que se incrusta en la red se convierte en un antecedente. Debe saberse que el silencio será la primera sospecha. Quien no deje aquí ningún tipo de rastro despertará toda clase de suspicacias y morirá aplastado por preguntas que no tienen respuesta. Morirá sin honor.

Sin lecturas y bastante desvinculado de la realidad soy consciente de que estas cartas pierden el escaso interés que pudieran haber tenido en algún momento. Así todo, escribo para quien me lea. Para quien aterrice aquí venga del lugar que venga. Y si esta es la única referencia que tiene, podrá fantasear e inventarse toda clase de historias sobre el veraneante que está al otro lado.

Cuídense.