Cartas babianas (CXV)

Queridos veraneantes:

El descubrimiento de este año ha sido el paso de Babia a Omaña. El norte orgánico de León se compone de regiones que tienen vida independiente, de pequeños países con su idiosincrasia: Babia, Luna, Omaña, Laciana. En tiempos, había una pegatina que rezaba «Babia es región». En realidad, lo procedente es que Babia fuera municipio. En todo caso, cuando aquí hablo de países me refiero al continente de los paisanos, y no a la aspiración de una sindicatura de cuentas propia.

Cruzo un puerto suave, una llanura en la que Babia va transformándose en Omaña, con los mismos colores, la misma vegetación y los mismos olores. Sin embargo, se aprecia el cambio, quizá, en la frontera que impone la minería. La minería marca el territorio para siempre, únicamente muere con la muerte del último hombre. Después del primer pueblo hay que seguir subiendo, para luego descender y llegar a Murias de Paredes, capital de Omaña. 

El pueblo dormía su siesta, y en la primera casa una madre instruía a su hija, hablaban con toda intimidad a pie de calle. Nadie teme la indiscreción de un extraño, y desde luego esa madre joven tampoco. 

Las tripas de un pueblo suelen estar en su bar. En lo que tardé en liquidar un Aquarius de naranja, sin poder pasar desapercibido, presencié una discusión entre dos hombres. Frente a ellos la camarera whasapeaba incansablemente en un grupo de amigas y con un chico. Alternaba con destreza ambas conversaciones, mientras los dos hombres iban subiendo de tono la discusión. Trataba de no mirarles para evitar un temido «y a ti qué te importa [veraneante]», sin embargo tenía curiosidad, al fin y al cabo tengo que alimentar esta correspondencia. Así que la camarera me servía de coartada. La miraba a ella para poder escuchar mejor aquella encendida conversación. El plan era perfecto, porque la chica no dejaba de manosear su teléfono y no podía saber que la miraba. El problema era un asunto de madera, uno de los hombres le pedía al otro si le podía dejar unas piezas, a lo que el otro decía más o menos que no. «Olvídalo» gritaba el peticionario, «como que no te he dicho nada», «déjalo estar, que tú tienes todo el año y yo quince días». Pura retórica que finalmente ablandó al otro que accedió a entregarle los maderos..

El fin de la disputa me resultó tan inesperado que cuando la camarera levantó la vista, vio cómo la miraba. Inmediatamente di el último sorbo al Aquarius y abandoné el bar. La camarera me contestó con un muchas gracias, y volvió la vista al móvil. Los dos tipos de la bronca parecían no existir para ella. Cualquiera diría que se trataba de una perfomance ideada para visitantes despistados. Cuando uno entra en el bar, se pone en marcha una función. Y cuando sale, los actores, que no vecinos, se relajan hasta nuevo aviso.

Tenía ganas de regresar a Valdevimbre a la cueva donde había tomado un pulpo y una sepia exquisitas. El lugar ha adquirido un tono chill out impropio; en camisón o pijama nadie puede servir buena comida. No conviene viajar a lomos del recuerdo. Aunque no hay nada mejor que la confirmación de un buen recuerdo, una segunda vez buena. Mi edad ya me obliga a hacer esta clase de pruebas, con los riesgos consabidos.

La catedral de León es lo que queda de la tarde.

Cuídense.