Cartas babianas (CXVI)

Queridos veraneantes:

Las vacaciones estrictamente babianas han cabido en tres cartas, aunque como siempre hay que advertir esta correspondencia puede echarse desde cualquier parte del mundo.

La playa un día de fiesta como hoy es una radiografía. Resulta que el grupo madrugador de rubias, calvos y niños asilvestrados que se ha parapetado cerca es una familia conocida. En un pueblo un apellido suele ser una apisonadora. Parece que es el caso. Todas las referencias apuntan a que se trata de una «mini dinastía» y que así ejercieron en tiempos. Ahora, como toda la aristocracia está venida a menos. Siempre hay signos que delatan: sombreros de paja de ala ancha, bisutería playera y conversaciones que desde la prudente distancia del observador parecen de altos vuelos. El pueblo sigue distinguiendo con claridad a los señores, es una necesidad para no perder la identidad y los motivos. La globalización acabó con esa familia, una decisión financiera produjo un desahucio y dejó desorientado a todo un pueblo. Estoy seguro que las rubias y los calvos nunca se sintieron nada del otro mundo, pero que ya puestos, si los demás se empeñan, habrán ejercido un señorío a lo Sancho Panza.

Una madre vigila, en soltería, toda la tarde a sus dos hijos. En la zona hay padres y otros hombres que reparan en ella y por sorpresa aparece el padre de las dos criaturas. Solo ha faltado que levantara una pierna para marcar el territorio.

Comparto la observación con una pareja alemana, de vez en cuando el padre me mira y sonríe como queriéndome dar la razón. Hace calor, pero los padres y las dos hijas se cubren como si hubieran venido a tomar las aguas hace cien años. Quizá sea lo más saludable.

Ha ondeado durante todo el día la bandera verde. Y las predicciones son todo un alivio.

Nuestros días de lectura en la playa se han acabado del todo. Los turnos de vigilancia me han permitido leer algo de Franzen, cada vez me interesa más. Me recuerda a Roth, los personajes se te pegan a las suelas y sin querer estás en medio de sus vidas. Aunque me gustaría participar en sus conversaciones, me conformo con observar. Cuando leo una novela de estas, siempre espero que muchas de las cosas que alguna vez he pensado o sentido aparezcan a chorro. No siempre puedes compartirlas, así que cuando flotan en un relato resulta reconfortante. La confirmación de que no son rarezas de uno. Estas lecturas son extenuantes sobre todo si has tomado partido por alguna de las partes. En estos casos siempre se echan en falta más detalles, pero ya se sabe la novela no es la realidad. Por eso me fascinan los buenos ensayos. Y también por eso la metaliteratura es tan interesante.

En fin, sin darme cuenta he llegado al final de esta carta. Sin noticias y alejado del mundo.

Cuídense.