Cartas Babianas (2009-2011)

Cartas babianas I

19 de julio 2009

Queridos veraneantes:

En los veranos habita el recuerdo, si hubiera que ser más preciso, reside en estas mañanas luminosas y frescas que anticipaban un día fantástico. En altura, el frío y el calor se intercalan y la presencia de uno no descarta la visita del otro. Un matrimonio bien avenido que aturde al turista despistado. No es mi caso, aprendí a andar y a balbucear aquí, por eso, si tuviera que inventariar los sitios a los que pertenezco éste, sin duda, estaría entre ellos. Aunque siempre es preferible hacer inventario de las personas a las que perteneces, y dejar la tierra para pisarla.

La categoría de veraneante, te otorga la suficiente ajenidad como para observar (también ser observado) y no intervenir. En su momento, la imposibilidad de actuar y la marginación que ello suponía, me irritaba. Ahora, me divierte comprobar todo lo que me ha ahorrado la vecindad civil de veraneante.

La palpable constatación de que el mundo ha cambiado, es que yo pueda escribir esta carta. Aunque hay otras evidencias menos halagüeñas, apenas hay ganaderos. La verdadera depauperación del medio rural, de la que no se habla porque su crisis, suele reportar ventajas para el consumidor (lecha más barata). Sin embargo, no encuentro el menor resquicio de indignación. El destino de este lugar, inextricablemente unido a su nombre, acaso perseguido por él, es la placidez, la resignación y la resistencia.

Juran haber avistado a un oso, y hace tiempo que los jabalíes bajan a hocicar en los contenedores de basura. La civilización los había alejado, a medida de que esta se aparta y se hace invisible (como esta conexión gprs), regresa lo salvaje, nimbado por la romántica (y tan urbana) idea del conservacionismo.

Son las once y media, una bóveda azul rasgada por los reactores nos auspicia, está fresco, y el sol ya es imponente. Todo sigue igual. Aquí, como en ninguna otra parte, un panteísta vería a Dios por doquier.

El que ha cambiado soy yo.

Inauguro esta serie epistolar, aprovechando que pronto empezaré mis primeras vacaciones remuneradas.

Cuidénse.

Cartas babianas (II)

26 de julio de 2009

Queridos veraneantes:

El buen tiempo se adhiere a este lado de la montaña con irremisible voluntad. La mitificación del paso es inevitable. El día es inmejorable. Al igual que uno al descolgar el móvil siente la necesidad, o tiene el escrúpulo de decir dónde está; a mí, al echarte esta carta me ocurre lo mismo. Si resultara pesado, discúlpame y si por el contrario sintieras curiosidad, no pospongas una visita.

Me tienta la cursilería, y escribir como si nadie me leyera: que el tiempo aquí se detiene. Algún despiadado lector, de juicio tan rápido como agudo, me detiene. Eso es la prudencia, tan difícil de hallar exenta. Y sólo cuando se da apartada de las consecuencias de su ausencia, puede tomarse como virtud.

El que no lo escriba no quiere decir que no tenga esa sensación. Me inclino a pensar que se debe al silencio, a oír sólo un rumor asilvestrado que invita a quitarse el reloj; aunque no (y es pronto para las confesiones) a desconectar el teléfono. Los ruidos imprimen velocidad.

En la oficina el ruido constante de alguna instalación, seguro que bendecida por AENOR y sus ISOS, nos convierte en la lenta digestión de un depredador supremo. Y esa velocidad impide pensar; hay dos condiciones para que pueda pensarse: la lentitud y la compañía (alguna idea contra la que pensar).

En este lugar, lo difícil es hacer algo sin pensar. Es más, es imposible no estar dándole vueltas a algo, sopesar causas y ponderar efectos. Quien dice poder conseguirlo miente. No considero extraño que haya que mentir para evitar ser un pensador, categoría más escuálida, diría yo, que la de intelectual; pero no por ello menos grave. Todos rehúyen la gravedad, y yo el primero.

En realidad quería hablarte del mes de agosto de 1789, pero la cogitación se ha hecho demasiado larga y el corral (como aquí se conocen los jardines y patios) me llama. Ya habrá tiempo… sobre todo aquí.

Cuídense.

Cartas babianas (III)

1 de agosto de 2009

Queridos veraneantes:

El cambio de mes ha traído la tormenta. Aquí, cuando el tiempo se embosca, no hay esperanza posible: se acaba el verano. En un verano caben mil veranos. En tardes como esta, la influencia de los meteoros en las personas es un tema recurrente y propicio. Si no fuera porque tengo somnolencia, y ganas de cambiar el principio de mis vacaciones (por ceñirme sólo a cambios mínimos), me precipitaría al juicio rápido e intrascendente de siempre, pero no estoy de humor.

Me resistiré a que el sueño sobrevenga, y en ese ejercicio acabaré soñando y es lo peor que puede suceder, quedar traspuesto y soñar. El despertar, siempre enojoso, se vuelve turbador, porque hasta que transcurran unos minutos creeré que estoy en aquel lugar con aquella compañía. A medida que cobre conciencia y me vea donde realmente estoy, mi mal humor aflora y es incontrolable. Por cortesía me reporto. Olvidaré la siesta.

Estos días volvemos a enredarnos en justificaciones y en vez de ver, a los asesinos tal cual son, pensamos en malditos cumpleaños. No aprendemos y no tengo la seguridad de que estemos convencidos de lo que realmente son. Sin saberlo, estamos venciendo. Devastador.

Vendrán cartas mejores.

Cuídense.

Cartas babianas (IV)

2 de agosto de 2009

Queridos veraneantes:

El mal tiempo se enmienda como pecador contrito, lenta y confusamente.

Tengo una agenda desorganizada, lo cual si nos dejamos llevar por el tópico, traerá cosas buenas. El desprestigio de la organización es incomprensible, cuando tan buenos resultado ha dado. Sin embargo, quienes nos gusta tener un plan y cumplirlo en sus propios términos, somos pasto de toda clase de desconfianzas. Tímidos recelos, porque al cabo, todo paciente quiere ver ordenada la mesa de su cirujano. No obstante, la bohemia tiene sus adeptos y resulta convincentemente seductora. Lo que ya no tengo tan claro es, que exista una correspondencia entre la edad y el atractivo por el desorden. ¿Dónde queda la preferencia por la provisión y la previsión?, tan determinante, según la antropología.

Llegados a este punto, son ya conocidos, para el amable lector de estas cartas estivales, mi más sentido y radical racionalismo. Nadie escoge azarosamente, y cualquier elección responde a criterios, de cuya consistencia sólo puede responder la inteligencia, acaso la experiencia del elector. “Obviedades”, dirás con razón, pero necesarias para alcanzar lo interesante: saber por qué se elige a un desordenado frente a un organizado. Lo que de verdad nos interesa, y sé que no puedes resistirte a las conclusiones de esta investigación, es ver la hoja de los pros y los contras. Nuestra curiosidad, ciega en estos trances, nos empuja a clasificar los ingredientes; conscientes como somos de que el resultado (la elección) una vez consumado, no puede reconstruirse, sin riesgo de hacerlo a base de aventuradas hipótesis psicologistas, que aunque no lo sepas, rechazas tanto como yo.

Puede que este factor (orden/desorden) no sea determinante de ninguna elección, ni tampoco de las de carácter sentimental, más determinadas, si cabe, por criterios de orden material, por no decir estético.

Claro que yo podría explayarme sobre mi criterio en la cuestión. El principio de prudencia impone que sólo lo haga ante una solicitud formal, y con tiento para que mis palabras no sean una red en la que caer atrapado. Con todo, no arrojaría mucha luz al asunto, como siempre. Y más en este fresnedal.

Cuídense.

Cartas Babianas (V)

3 de agosto de 2009

Queridos veraneantes:

Como estaba previsto, el tiempo ha dado hoy su mejor cara, la Castilla, secadero de los asturianos. La culpa de mi estancia aquí, la tiene exclusivamente un campamento Junior, al que mi padre asistía, estas calizas le fascinaron y aquel gusto marcó nuestros gloriosos veraneos. A mí no se me ocurriría hacer una casa en mitad de la sierra madrileña, persiguiendo los magníficos recuerdos de aquellos campamentos de bolsillo. Y no por el paraje que es extraordinario, sino por la persecución. Estoy seguro que no saldría bien.

Además de veraneante (a mucha honra), ahora soy turista interior. Esa nueva clase de turismo que se me antoja soberanamente aburrido, pero que distingue a quienes lo hacen. El turismo interior nació con la emigración rural, pura necesidad, los hijos de los obreros emigrados eran privilegiados, sus camaradas de ciudad no podían escaparse, en un tiempo sin piscinas municipales y sin dinero para bicicletas. Ahora, a base de precios prohibitivos y paquetes cool se ha convertido en un lujo. Nuestra primera industria ha tenido que emanciparse de la idea de sol y playa, e intentarlo con el turismo interior, de menos éxito.

La playa recuerda vagamente al estado de naturaleza, y cada vez más; eso explica su poder de convocatoria por encima de otras consideraciones.

El caso es que he estado secando, y espero poder hacerlo durante los siguientes días. Hasta ahora, estar blanco como la leche, era signo de aplicación y consideración social. Sin embargo, en estos momentos, resultaría sospechoso, y como sabes muy bien, no tengo ninguna inclinación por el A.R., es decir, por empolvarme el rostro e ir a danzar a Viena, como si nada hubiera pasado.

Cuídense.

Cartas babianas (VI)

4 de agosto de 2009

Queridos veraneantes:

Es mediodía y hay sol y nubes. Me las prometía más felices. Desde que los veranos se acortaron, no los hay como los del escolar aplicado, urdí una imaginaria hipótesis que creo que se está cumpliendo, lo que no deja de inquietarme.

El mes de agosto, con los años, veintitantos años de observación son buena muestra, había dejado de ser aquel mes garantizado. Se desataba una intempestiva brisa que dificultaba jugar a bádminton; por las noches, el fresco de la montaña se convertía en frío. Así era como mi cabeza reaccionaba contra la privación. No tenía la menor intención de convertirlo en hipótesis empírica, y si lo repetía en público, era para convencerme. Sin embargo, me doy cuenta que la realidad ha convertido a agosto en un mes climatológicamente azaroso.

Resuelto el expediente del tiempo, quiero decirte que en este pueblo está garantizada la continuidad generacional. Como todas las generaciones, nosotros creímos que tras la nuestra, el desierto. Fingíamos no ver a las pequeñas, y en todo caso, después de ellas nada. En cambio las bicis siguen enjambrándose de un lado a otro, y las mismas aventuras de siempre acontecen en el pueblo. En otra carta anterior, hablaba del estado de naturaleza y la playa; quizá sirva para los adultos, pero para los pequeños, la libertad del pueblo es inigualable. Si se lo preguntaras, no cambiarían este verano por nada. Nosotros que ya sabemos lo que es la caducidad, les podríamos decir que esta misma tierra será un lecho de aburrimiento, o una encrucijada imposible entre lo que uno fue y quien es. Están lejos de saberlo. Además, los paralelismos sólo los ensambla la nostalgia, quién sabe realmente lo que piensan de este verano. Es indudable que están mucho más separados del medio físico, tienen móviles, videoconsolas que sirven para todo, ordenadores, películas que ven tantas veces como quieren en cualquier dispositivo de mano; saben que Australia está lejos, pero que pueden pasearse por ella en cuestión de minutos sin moverse. No reciben cartas postales, y por tanto no se exasperan con los retrasos del correo. A sus novietas les escriben diariamente media docena de sms y les dejan decenas de llamadas perdidas. Por eso, aunque vayan de un lado a otro, siguen en el mundo y su mundo, con toda certeza es que el que acarrean en su bolsillo. Nuestros veranos eran, en realidad, otro mundo, y las novias debían ser otras, o no tenerlas. Escribíamos cartas compulsivamente en las que nos contábamos nuestros veranos y pegábamos la efigie del Rey.

Diríase que el pueblo no se acaba. Pero es mentira, los pueblos se extinguen con uno, y en eso tienen razón los niños; cuando se tapan los ojos son invisibles y cuando duermen todo se detiene. Sólo los padres tienen derecho en pensar en la posteridad, y con moderación, porque aún vivos, pronto, la fortuna y desventura de sus hijos no dependerán de ellos. La diferencia entre el final (inapelable) y la extinción (paulatina).

Fin de la plática.

Cuídense.

Cartas babianas (VII)

5 de agosto de 2009

Queridos veraneantes:

El día estuvo bien hasta las cinco, momento en que se preparaba una tormenta que aún no ha basculado. Como puede observarse, se cumple mi teoría.

Hoy es víspera de la fiesta patronímica, y en otro momento esta inestabilidad me traería en vilo. Sin embargo, para mí, mañana jamás tendrá derecho a ser fiesta, así será, aunque incurra en desacato. Tampoco te enviaré la carta. Lo que no te importará, porque a estas alturas, no creo que nadie digiera, ni tú tampoco, estas líneas torcidas al ritmo en que se van sucediendo. Quizá un oficinista aletargado o constipado por el aire acondicionado, las use para demorar su quehacer. Habría cumplido mi incierta misión.

En estos pagos, las fiestas no se adaptan al calendario, ni éste forcejea con ellas. Son el día estipulado, caiga quien caiga. La recogida se supone que ha acabado y por tanto, no hay cuidado.

Lo que si noto para consternación de la especie, es que la afluencia de veraneantes se contrae a lo que podríamos llamar la ‘Semana Grande’. Temo por nuestra extinción como categoría, y eso son palabras mayores. ¿Qué haría esta tierra sin veraneantes? ¿y qué haríamos nosotros despojados de esta condición? Por un momento llegué a pensar que que lo seríamos todos, fundando una utopía íntima que como todas, son lastradas por la realidad. De ahí, a desaparecer, o lo que es lo mismo a habitar una semana, lo que exigiría un nuevo bautizo. Porque si en algo se caracteriza nuestro estado, es en la estabilidad, sé muy bien que preferirías inmutabilidad, pero créeme si te digo que no nos conviene.

Cuídense.

Cartas babianas (VIII)

7 de agosto de 2009

Queridos veraneantes:

Podría decirse que hoy el tiempo resulta del todo engañoso. En apariencia, luce por momentos el sol, pero en verdad, sólo puede estarse fuera con jersey. Una constatación más de que la clemencia veraniega está en horas bajas.

La lluvia ha respetado a la celebración, algo que los sabios supieron, al ver oculta a Peña Ubiña por la bruma, infalible indicador de que no llovería.

No sé si hay un ensayo sobre las formas de diversión de nuestro tiempo. Si lo hubiera, sería imposible que pudiera pasar por alto este tipo fiestas, que aun siendo vestigio de las romerías (de gaita y tambor), han tendido a la sofisticación (orquestas y discotecas móviles). Son las fiestas de prao, que resisten a duras penas tal denominación. El centro del encuentro social, ha sido ocupado por el alcohol; la música en vivo o enlatada sirve de acompañamiento, pero la disolución del baile académico es evidente. Sabes que agradezco su desaparición, y que por su muerte no me enlutaría, porque conoces muy bien lo torpe que puedo resultar en movimiento. La ventaja personal no me ciega, y lo sitúo como un retroceso social, al fin y al cabo, el baile es un acto reglado que convoca como todos los de su estirpe a la certidumbre. El alcohol vale en sí mismo, es decir, ni siquiera sirve a una supuesta desinhibición; en una palabra, deja de ser medio; tesis que abonan las cantidades consumidas.

Este tipo de fiestas, a las que podría suponerse mayor fecundidad en relaciones individuales, no suelen alcanzar tal objetivo, porque, con carácter general, son los mismos individuos quienes asisten. La renovación es mínima y casi siempre hay un marcador gregario previo; pertenencia que a su vez, operará como requisito para actuar. En definitiva, la fiesta se convierte en lugar de destino, o mejor, en un predestino condicionado de antemano.

Pasa una hora y media de las doce, y estoy tan despeinado como si hubiera tomado parte en una fiesta que no sea la fiesta ontológica que te he diseccionado.

Cuídense.

Cartas babianas (IX)

10 de agosto de 2009

Queridos veraneantes:

Luce el sol y la jornada será la propia de un día de agosto. Aunque por las noches, como advertencia, ya hiela. En este lugar, los ciclos naturales se retrasan, la primavera tarda en entrar, cuando es una estación de natural tempestuoso. Sin embargo, la acumulación de retraso es tal, que el verano nunca llega del todo.

Ayer no pude franquearte la carta, y no fue ni por falta de tiempo ni de cobertura; más bien sentí la pigricia propia del ocioso, me entretuve con otras cosas. Además, el día pasó muy rápido, la visita de L. y N. hizo que de la una a las ocho no mediara nada. El tiempo pasa rápido cuando uno desearía su lentitud. He aprendido de ellos muchas cosas, que sería imposible desgranar aquí. En resumen, la lucidez es un bien escaso, encontrarla en una pareja de amigos resulta entrañable y digno de admiración.

Mientras que desayunaba mi café americano manchado de leche, mojando galletas ‘María’ de dos en dos, tomé el suplemento de esta semana con la intención de mirar los santos y poco más. Este artículo sobre ‘El arte de pescar pareja’ llamó mi atención, el tema es una de esas serpientes de verano, una metáfora tópica cada día más próxima a la realidad. Aún no he leído a Fromm y su canónico libro ‘El arte de amar’, pero sospecho que todo lo que en este giro se escribe se alimenta de él.

En algún momento uno repara en las capturas perdidas, no obstante es peor pensar en aquellas no emprendidas. Respecto de las primeras, el periodista Miralles dice: “merecería la pena plantearse el porqué de este autoboicoteo, ya que la persona que elige mal una y otra vez se obliga a fracasar inconscientemente. Detrás de este tipo de inercia puede ocultarse el miedo a vivir el amor en toda su intensidad.” Este fragmento constituye un pretexto que todos los singles del mundo deberíamos retener. Nuestra sociedad donde no hay peligro suele inventarse un miedo.

Como no eres muy propenso a seguir mis enlaces, te transcribo la conclusión del artículo para que hagas con ella lo que quieras:

Para atrapar a un compañero con el que compartir nuestra pecera es conveniente aprender a pescar en aguas profundas. Tal vez la captura se demore un tiempo y nos vayamos a casa más de una vez con el corazón vacío, pero el pescador sabio sabe que la pieza más preciada, el amor de nuestra vida, suele llegar cuando menos se espera.

El día acaba de pasar con toda rapidez, hoy la visita de parte de la familia que crece nos ha puesto contentos. Es una alegría ver al pequeño A. despertando en su primer verano y anunciando que esto va muy deprisa; quizá demasiado.

Mañana comienzo el ejercicio, inercia que pretendo arrastrar hasta el invierno o hasta el primer “imponderable” que me desmienta.

Cuídense.

Cartas babianas (X)

12 de julio de 2009

Queridos veraneantes:
El anticiclónico sol de las Azores impide que suba, tome el ordenador y te escriba a diario. Ya se sabe, en este país se toma la pluma o se inviste al teclado cuando hay algo de lo que quejarse, o tiempo para inventarlo.
A pesar de lo que yo podría sospechar, ahí fuera, en el mundo, cada vez hay más personas que escogen trabajar en agosto. Se rebelan contra la costumbre, y del mismo modo que han ido dejando de ir a misa, prefieren disfrutar sus vacaciones en mayo, junio o septiembre. Es como si nadie tuviera hijos o si estos hubieran dejado de guiarse por el curso académico. También puede ser que los hijos hagan por su cuenta las vacaciones, dando descanso a la institución familiar. El caso es que la apariencia de que en verano todo paraba, no la percibo. Sólo quedan fieles al agosto feriado los Tribunales y que dure. En consecuencia el suplicio de trabajar en este época, salvando la envidia de no tener lo que no se tiene porque ya se tuvo o se va a tener, se desvanece y hay quien canta sus ventajas. Las escucho al sol y a pierna suelta.
En estas vacaciones sólo me he traído, por si fuera poco, a Michelet (‘Historia de la Revolución Francesa’) y no me resisto a copiarte aquí, una soflama que los españoles deberíamos haber escrito a Fernando VII, se adelantó el inglés Payne trabajando, en 1791, por la causa revolucionaria:

Acabamos de experimentar que la ausencia del Rey es mejor que su presencia. Ha desertado, abdicado. Jamás devolverá la nación su confianza al perjuro, al fugitivo ¿Qué importa que su fuga se deba a él o a otro? Embustero o idiota, resulta de todos modos indigno. Nos hemos librado de él y él de nosotros; es un simple individuo Luis de Borbón. Francia está segura de que no se deshonrará por su seguridad. La monarquía ha concluido. ¿Qué vale un oficio entregado al azar del nacimiento, que puede ser desempeñado por un idiota? No es nada, una nulidad.

Después de esto me resulta muy difícil continuar la carta. No puede defenderse con más aplomo la causa republicana; que nunca lucha contra la corona sino contra quien la ciñe. Los buenos reyes sofocan el republicanismo con la misma eficacia, que el pan al hambre.
Contigo no puedo disimular, y en esta última línea te confieso que no tenía ni idea de la Revolución Francesa.
Cuídense.

Cartas babianas (y XII)

25 de agosto de 2009

Queridos veraneantes:

El verano ha concluido. De hecho, escribo esta carta fuera de Babia, de vuelta a la rutina. Me he procurado un día de respiro, antes de la definitiva vuelta al cole.

Como ya sabes ha sido un verano deliberativo, apartado de cualquier plan que no fuera el libre albedrío, escapando de las nuevas circunstancias de uno mismo, como si se pudiera. Sólo si aparecieras de pronto, no dejaría de contarte, pero no es posible.

No hay mucho: sol, bicicleta, Historia de la Revolución Francesa, bádminton, gimnasia y paseos al atardecer (era la primera vez que paseaba por pasear, abandonando todo escrúpulo utilitario).

No obstante, ayer he tenido un día tonto, muy tonto, y como si mi cuerpo presagiara el desenlace de estas vacaciones de burgués, sólo me pedía que me tendiera en uno de los dos sillones verdes y me dejara hacer por la tele. No pude defenderme, en aquel instante, levantarme era una remota y costosa posibilidad, contemplada únicamente para ir al excusado, y sólo antes de reventar. Inerme como estaba, me puse a ver todos los programas de cotilleos, juzguen por sí mismos:

Una pelea entre la ex de un torero y su actual esposa, matrimonio sobre el que, a su vez, se posan nubarrones que dan mal fario. En realidad, todo son elucubraciones, insultos (arrojados sin el menor cuidado) y chismorreos que consiguen, sorpréndete, apoltronarme más. Por momentos, no sé si estoy en el salón de mi casa o en una imaginaria sala de interrogatorio en la que de un momento a otro entrará un hombre descomunal; pienso que me han puesto la tele como sucedáneo del suero de la verdad. Cantaré, a cambio de que me devuelvan la facultad deambulatoria, para irme. Mi situación era tan angustiosa que no hallaba en el mando el dos, única salvación posible: los animales.

Ponen un vídeo en el que un invitado dice a una de las periodistas que le preguntan, cosas que sin ser un especialista en Derecho penal, bien servirían para ejemplificar el delito de calumnias. Siempre a salvo de la exceptio veritatis, es decir, que el impávido torero (no puedo dejar de pensar: ¡madre mía!, cómo está el mundo taurino), traiga las pruebas de lo que dice.

Después de horas, consigo moverme, desentumecidas las piernas salgo desorientado, dando vueltas a lo que me acabo de tragar, con mucha facilidad, es decir, con mucho gusto. Me palpo, dudo de mi integridad, y archivo lo visto como munición para sobrevivir a cualquier conversación.

Al tiempo que te escribo esta última carta estival, aterrizo en una de esas redes sociales. Virtualmente equivale a una visita indiscriminada a amigos y conocidos, a través de un escaparate que algunos de ellos deben de juzgar opaco, a tenor de lo que escriben. También me sucede a mí aquí, así que no hay cuidado. Supongo que cuando se lean dentro de un tiempo, se espantarán; aunque sólo sea por haber pensado tanto y no dejar de hacerse preguntas retóricas. En alguna parte de esto de internet, pondrá en letra pequeña: «virtual no significa invisible». Pero no lo leemos, quizá porque estamos hasta el moño de contenernos, por muy aconsejable que siga siendo en muchos casos.

Con todo, espero que hayas podido ver la foto del perfil de la pequeña. Habrías sonreído satisfecho.

Cuídense.

Cartas babianas (XIII)

31 de julio de 2010

Queridos veraneantes:

Este es un verano de viajes. Pero sin moverse. El siguiente será profesional, me iré con los pleitos a otra parte, que llamaremos Cicely.

Aquí al otro lado de la montaña hace calor, un calor seco y sano que se puede combatir con facilidad. Vuelvo a la casa y disfruto del primer día de desorden, del equipaje excesivo por deshacer, de los cajones y ventanas abiertas. El principio de todo buen verano se ha de parecer a un campamento. Y en los campamentos las primeras horas son fundamentales, se tantea a los extraños y uno se tiene que colocar con la mayor rapidez posible. Volvería a ir a aquellos campamentos y quizá, me quedaría en ellos.

No hay ruido, sólo sonidos que no puedo identificar que hacen descansar la cabeza. E insisto, son las ocho y media y hace un calor seco, aunque pronto refrescará.

Este será un verano distinto, y sin repasar lo que escribí al comienzo del anterior, diré que muchas cosas han de cambiar. Supongo que por conveniencia al capitalismo, las vidas siguen su curso de septiembre a septiembre. Por eso en su antesala deben formularse todos los propósitos. El año nuevo sólo es una fiesta pagana, fugaz y fría, en la que nadie puede pararse a pensar. Los iré anotando poco a poco.

Este invierno ha sido largo y duro, pero sobre todo largo. El tiempo puede a todo. Lo sabemos bien. No obstante, por muy frágiles que nos haga el tiempo, aún podemos caminar en pantalones cortos e ir de un sitio a otro sin gobierno de ninguna clase. Un verano es una parcela mínima de acracia, incluso cuando las cosas estén en su lugar: la mesa puesta, todos de nuevo juntos, y envalentonados en las apacibles sobremesas. También es nostalgia y restos que me empujan a abrazar las piedras de la casa antes de irme a dormir.

Cuídense.

Cartas babianas (XIV)

1 de agosto de 2010

Queridos veraneantes:

Hoy he tenido que cruzar la frontera. Teóricamente los límites de las vacaciones deben ser intangibles, por eso se escogen lugares remotos, con una única fecha de regreso posible. La proximidad física al lugar de origen está reñida con el concepto puro de vacación. La desconexión no es total y siempre está la salvaguarda del retorno, un torero que da capotazos cerca del callejón o un nadador que no se separa de la orilla. Sin riesgos. Con todo, tiene ventajas, se pueden solventar los asuntillos domésticos sobre la marcha y regresar al descanso. En apenas dos horas y media hice y deshice el camino, como siempre ocurre con esta línea asistí al anodino cambio de estación.

Resuelta la minucia, no podía dejar otro cabo suelto, así que pensé en todas las cosas que podrían acecharme hasta mi regreso. Como si fuera necesario, deambulé por las estancias sugiriendo a las paredes que me informaran sobre mis asuntos pendientes. Para irme tranquilo, recogí un libro, una mochila vacía y una tabla con ejercicios. Objetos que en ese momento me parecieron suficientes para traer a la isla desierta. Desgraciadamente no soy un superviviente y por eso no acabo de respetar del todo mis propias vacaciones.

En el vermut del domingo (sin afeitar), mientras que ojeábamos la prensa local, para cerciorarnos de que lo que más une a los españoles son sus mismas miserias; de pronto, una señora se desvaneció y por unos instantes, hasta que recobró el conocimiento, el ambiente se espesó. No fue necesario el auxilio médico, ni el sonido escandaloso del rotativo de la ambulancia, el incidente se resolvió por sí. Lo que no resulta nada extraño, porque es de este modo como acontece la historia por aquí.

He visto un poco de ‘Descalzos por el parque’, que recrea el ambiente de los años 60, tan distinto al tiempo actual donde cualquier estrechez se vive como una desgracia en la que no hay lugar para las bromas. Deberían programar toda la batería de cine optimista que haya en el mercado, al poder ser anterior al 73 y posterior al 45.

De momento el verano sigue. Así que hagan el favor de cuidarse.

Cartas babianas (XV)

2 de agosto de 2010

Queridos veraneantes:

Lunes. Cielo azul y frío de montaña. El desmayo de la señora de ayer se debió a una perniciosa combinación de algún medicamento con vermut rojo. Es probable que a la hora del aperitivo la buena mujer olvidara sino sus afecciones sí la toma de la mañana. Se suele restar importancia al prospecto y seguro que en el de aquel medicamente se contraindicaba expresamente su uso junto al de bebidas alcohólicas. Pero la señora en cuestión seguirá haciéndolo hasta que el cuerpo deje de aguantarlo, sino para qué demonios sirve la vejez.

Los periódicos en estas fechas son pasto de historias increíbles. La última cuenta que una de los ministros mejor valorados va a ser devuelta a galeras, de donde precisamente fue rescatada hace años. Los ejércitos de votantes estarán entusiasmados, me imagino que casi tanto como la propia interesada. Esta política circular exige sumisión, cosa muy distinta a la disciplina. Trataré de ensayar esta distinción. El sumiso es visto por el jefe como alguien que no rechistará, con lo cual, como un potencial receptor de la más alocada orden. Sin embargo, al disciplinado no se le da cualquier orden, es más, infunde respeto a su jefe hasta el punto que se cuidará de hacerle determinados encargos.

Podría considerarse igual de sorprendente el asunto de la prohibición de los toros en Cataluña, por motivos éticos. Como fueron los nacionalistas quienes impulsaron y votaron afirmativamente la proscripción taurina, debe cursarse una advertencia capital: no son autoridad moral. Si acaso, unos aduaneros que indican quién, y sobre todo quién no, puede pasar a ser uno de ellos. No me creo que sea ese el motivo. Si lo fuese deberían todos los diputados de Cataluña ponerse a trabajar sin descanso para prohibir todo aquello que quebranta la ética.

El sueño se apodera de mí, debo acabar. Y me voy mientras, Luis XVI declara ante la convención. Conocemos el desenlace, pero ello no la hace menos terrible, éticamente hablando.

Cuídense.

Cartas babianas (XVI)

4 de agosto de 2010

Queridos veraneantes:

Los puertos en la vertiente leonesa son menos pronunciados que en la asturiana. El puerto es el mismo, pero importa el lado de la ascensión. A la hora de la siesta subí el Puerto Ventana, dos horas de bici con viento de cara. La carretera serpentea por la ladera evitando la pendiente pronunciada, un desnivel medio del seis por ciento que permite ver el paisaje, casi desde el techo. Me he cruzado con más cicloturistas que coches, y el puerto se hace corto. El próximo año, con nueva montura, vendré en bici.

Acabada la hierba, es decir, segada, secada, empacada y en el pajar, la actividad ganadera —la primera industria de Babia— decae asolando la sobremesa que así se prolonga hasta la noche, donde no queda santo sin fiesta que celebrar. Hace cinco o seis años, nuestras mañanas eran inservibles, por las tardes nos juntábamos para tomar algo y planear la noche. En medio, un baño de sol o un indisimulado aburrimiento.

La edad achica el tiempo y los embravecidos destinos disipan al grupo. Todo ello produce cierta confusión a la que contribuye el inexplicable hecho de que el verano ya no huele a verano. La merma de la actividad ganadera la anotamos los veraneantes, pero la padecen los oriundos, a los que vi ganarse muy bien la vida, en los dorados días de la PAC. Cuando no se recoja la hierba, como antes sucedió con las lentejas y las patatas, el paisaje de agosto cambiará y contagiará a julio su condescendiente parsimonia. Quizá en futuras entregas pueda hablar de inmensos campos de soja, sin que se vean decadentes prados en los que su fruto, la hierba, crece se desarrolla y muere sin ser cortada, embalsamada en la propia tierra que la vio crecer y no digerida por el estómago de una vaca impaciente porque los rigores la permitan salir de su hibernación forzada en el establo.

Mañana, a esta hora, sigue siendo un día sin decidir.

Cuídense.

Cartas babianas (XVII)

5 de agosto de 2010

Queridos veraneantes:

No he hecho nada de lo que tenía pensado hacer. Si no hubiera lavado el coche al caer la tarde, no hubiera hecho nada de provecho. La mayor pérdida de tiempo es la falta de concentración, andar disipado y no prestar atención a nada concreto. Perder el tiempo es una miseria, puede que común, pero miseria al cabo. Los retorcidos románticos se desgañitan diciendo lo contrario, y predicando el desorden. No los escucho y por eso me revuelvo.

The Straight Story es una gran película. En su día me la regaló mi hermano y acompañó el regalo de tantas prevenciones —los regalos nunca deben justificarse— que me resistí a verla. Desde la oposición me cuesta mucho sentarme tranquilamente a ver una película y casi todas las veo a retales. El expediente estaba aplazado. Hoy, según había sido el día, no pensaba aguantar más de media hora, pero fue imposible, había que llegar hasta Wisconsin. Una road movie que se justifica en una mirada recta (straight).

Cuídense.

Post Scriptum.- La conexión GPRS ha comenzado a dar problemas. Cada conexión a internet tiende a interrumpirse abruptamente o bien a ser tan lenta que resulta inservible.

Cartas babianas (XVIII)

5 de agosto de 2011

Queridos veraneantes:

He vuelto a cruzar el paso para asistir a la boda de una amiga. Aprovecharé para hacer otras cosas y demoraré mi regreso a Babia. Circunstancia que hizo que me interrogara sobre la idoneidad de continuar escribiendo bajo este adjetivo, es decir, si debía o no interrumpir la serie. Finalmente, tomando en consideración que Babia es además de una comarca un espacio imaginario, al modo de Transilvania; he decidido que estas cartas pueden franquearse en cualquier lugar del mundo.

Solventado. Allí es víspera de fiesta grande (advocación de San Salvador), en el pueblo se nota, aumenta el tráfico y se multiplica la población que si bien, no viene por Navidad, lo hace ahora por costumbre. Se trata de una fiesta de prao con las sofisticaciones del momento, orquestas con pretensiones y una discoteca móvil. Sin faltar una barra bien pertrechada. Se bebe mucho, pero como no tengo datos la comparación es imposible, luego también el exacto conocimiento. Algunos bailan, pero los lugareños de edades no proclives a este tipo de fiestas son expulsados de su propia celebración por desconocidos deseosos de privar. Supongo que la finalidad originaria de estas fiestas, en su vertiente pagana, está en procurar el contacto de los vecinos de los alrededores y evitar con tal rozamiento una indeseable endogamia, o si se quiere mejorar la especie. No siempre se conseguía. Nada que ver con el papel que cumplen estos días, en los que ya no producen rumores sobre posibles matrimonios de la mano izquierda. A estas fiestas confiaban los pueblos sus posibilidades de multiplicación. Al margen de esta finalidad de regulación demográfica, de pura supervivencia de las poblaciones, eran el escenario propicio para solventar viejas y nuevas cuitas entre pueblos vecinos. No obstante, este rasgo tiene vinculación (¿estrecha?) con el anterior. El cortejo reducido a la exhibición del gran macho.

Como sabes bien, me he distanciado de esta fecha por una superposición de acontecimientos el seis de agosto. Fecha de fundación para nuestra raza.

La sucesión de veranos forma un ciclo y en los ciclos suceden las mismas cosas con ligeras variantes. También cierta monotonía, tan necesaria como el aire. Incluso, a un conservador como yo le sigue abrumando la perspectiva de saber a ciencia cierta lo que va a ocurrir. Apenas sin desviación, los mismos actores representarán la misma obra que por etiqueta impone la predisposición a la bulla.

Soy partidario de las fiestas improvisadas, como aquellas aventuras en Torrestío, lamentablemente nunca estuvo en el calendario oficial y sólo acudían los insensatos que no querían darse el menor alivio.

Muchas (casi todas) de mis amigas están casadas, algunas empiezan a reproducirse, por el pueblo danzan los pequeñuelos de padres que no hace tanto tiempo disputaban las carreras de sacos, y yo me dedico a escribir cartas, como si no fuera un comediante más (perdón por el tópico).

Cuídense y procuren excederse, el telón aún no cae.

Cartas babianas (XIX)

7 de agosto de 2010

Queridos veraneantes:

Una boda vintage perfecta. La excelencia está en el detalle y los novios lo consiguieron en todas las formas que aquellos pudieron revestir. ‘Lo que el viento se llevó’ fue el fondo en la cena, y de acuerdo con su argumento, discurrió nuestra conversación. Las conversaciones de ‘El Club’ son infinitas, un amasijo de lo que fuimos y de lo que seremos. Pero sobre todo son indispensables. Tranquilizadoras en las malas rachas, críticas cuando se hace necesaria la corrección o contención, alegres para curar desastres, pacientes y concienzudas en la escucha. Palabras que circulan con una complicidad difícil de encontrar. A estas alturas, sé que hay cosas que sólo a ellos confiaré.

A los pies de San Pedro los bañistas y a la puerta bastantes curiosos contemplando la entrada y salida de la comitiva nupcial. Un día de verano en agosto. Sin amor no soy nada (…), de la famosa epístola de San Pablo a los Corintios, un texto que a pesar de la repetición no se resiente, salvo declamación inapropiada. No obstante, su exégesis abriría una polémica para la que no estoy preparado, será suficiente con aventurar que su potencia expresiva se debe a que de las cinco palabras, tres tienen un claro carácter negativo (sin, no y nada). Se trata de la consabida hipérbole, en la que las gentes, suelen regodearse.

Cuídense.

Cartas babianas (XX)

8 de agosto de 2010

Queridos veraneantes:

Hoy acabo de tener una típica tarde de verano en Babia: una larga y agradable conversación. Si hubiera un libro de actas, sería muy útil para pasar el invierno. En los inviernos no se tiene la posibilidad, y me temo que tampoco la disposición, de enredarse en una larga charla sin principio, ni tampoco final. Hablas con amigos de tus padres, con niños, y viejos de cosas inimaginables, muy alejadas de uno mismo, por las que de pronto sientes una extraña curiosidad.

Cada uno tienes sus temas de conversación recurrentes, y los míos pueden llegar a ser tan aburridos que me he planteado seriamente abandonarlos, y enmudecer.

Contrariamente a la moda del momento, despotricar contra las redes sociales y hacer chistes con lo de ser amigo del Facebook, defiendo la utilidad de las redes sociales. Te permite saber de amigos a los que no ves, y te gustaría. Pero no sólo sobre si siguen existiendo lo que hasta se podía intuir, sino respecto de sus minuciosidades, puedes llegar a tener la información acerca de si han dormido bien o no, si tienen hambre, o sobre su estado de ánimo. Dato este último difícil de conocer en la realidad, hay personas que disimulan muy bien la tristeza, pero las mismas pueden dejar escrito: “estoy de bajón”. A pesar de la privacidad, las reservas y los datos que se cuidan dejar tus amigos del Facebook, lo cierto es que suelen explayarse mucho. Y se agradece. No obstante la máquina sigue imponiendo una importante barrera y alimentando el equívoco de que lo virtual ocupa un espacio distinto, un lugar invisible. Cuando en realidad, sólo se trata de un potente administrador de distancias, como lo fue el caballo, el tren, el coche, el avión o incluso el simple sello.

La desconfianza hacia este instrumento no es rara. Una de mis bisabuelas le encantaba escuchar la radio, pero no se ponía ante la televisión, así que la ataran, decía que era cosa del demonio.

Espero que mis amigos del Facebook continúen contándome las cosas que hacen o que piensan, porque yo los seguiré, aunque el tiempo (el verdadero impedimento) haga violenta cualquier interacción, que en algún caso especial me gustaría. Quizá algún día despida a todos los demonios. Cuando así ocurra, se lo contaré.

Cuídense.

Cartas babianas (XXI)

10 de agosto de 2010

Queridos veraneantes:

Los veranos ya no son lo que eran. A las ocho de la tarde el pueblo estaba desierto. Nada que ver con mis recuerdos, aunque la memoria no deja por un momento de distraer sino distorsionar la realidad. Como ya habrán advertido es un verano raro, en el que por fortuna, sigue haciendo calor.

El turismo del interior o el turismo rural o como quieran llamarlo es una de esas mentiras que tratan de neutralziar los efectos perversos de un fin de época. El fin de la productividad de buena parte del medio rural. Será coyuntural, el regreso de la economía real los redimirá. Mientras, reinarán los osos, lobos y jabalíes que tan a raya los puso el campesino.

El campo se ha alejado de los países más ricos. Según va mejorando la renta de una sociedad, ésta confía su alimentación a otros, todo tiene precio. Se aborrecen las tareas del campo y se importan. Me pregunto qué ocurrirá cuando los países que hoy nos alimentan se hagan ricos y no quieran empuñar el azadón o conducir un John Deere. Posiblemente habrá que pagar más a quien quiera hacerlo, y volverá el dinero a este lugar.

El problema de la lentitud de estos cambios es que aplastan a quienes hoy están ganándose la vida en un sector que da sus últimas bocanadas.

La noche es tan oscura que resulta fácil dejar de cerrar la persiana, lo que obliga a despertarse antes de que los gallos canten tres veces. Esta clase de oscuridad es digna de ver. Los cristales de las ventanas convertidos en espejos en los que se refleja la luz del flexo. No se puede distinguir nada, y es un buen final para hoy, fundir en negro.

Cuídense.

Cartas babianas (XXII)

10 de agosto de 2010

Queridos veraneantes:

Debo comenzar confesando mis pecados, en la entrada anterior había cometido un error ortográfico enmendado (raya), tan importante como para disculparme, y extender de antemano la petición de perdón a los que en el futuro (o incluso en el pasado) vaya o haya podido cometer. La adecuada comunicación exige dar importancia a la ortografía, tanta como a la buena dicción, o si me permiten a un regular y buen cepillado de dientes. En esta faena los programas informáticos suelen prestar buen servicio, pero a veces se cuelan o incluso te impiden directamente escribir como a uno le complace. Tradicionalmente se dice que un buen lector no comete faltas de ortografía. No sé si yo puedo serlo, pero sí sé que he desgastado mis ojos leyendo y en cambio incurro en falta (mea culpa). La relectura y la consulta en caso de dudas es la mejor solución. No se puede escribir bien sin paliativos.

La Administración ha ocupado una parte sustancial de la conversación de hoy. Me parecería útil que se escribiera un pequeño opúsculo —que rehuyera de toda erudición y sutileza técnica— titulado: ¿Qué es la Administración? Un manual de instrucciones para que cualquier lego pudiera hacerse una ligera idea. Sería necesariamente descriptivo, tendría que eludir el prurito regulador (lo que debería ser) que tienta a todo autor. Habría de empezar por la superficie, y dando por supuesto un concepto previo tan enjundioso como el de Estado. Descendería en pocas páginas hasta las tripas para narrar las cosas que hace y que maliciosamente muchos tratan de velar. Finalmente debería retratarse al empleado público manos a la obra. Un informe general que permitiría trazar con mayor claridad las reformas, y definir su papel en nuestro mundo.

La luz de la tarde, tardes cada vez más cortas, dejaba en gris la cara sur del Macizo de Ubiña, reteniendo las nubes que se agolpaban en el cielo de Asturias. Podría ser perfectamente el cartón piedra de un decorado de película de los sesenta, en la que los personajes fingen con pasmosa naturalidad estar al aire libre. A medida que el sol se retira la presencia en el patio exige ligero abrigo. Al verano le queda como mucho una semana, pero tiene pinta de amainar levemente, de abandonarse, sin prisa, a los industriosos brazos de septiembre.

«Es una desgracia del Derecho que las ideas resultan enquistadas en frases y a partir de entonces dejan de ser analizadas durante un largo periodo de tiempo.» (O.W. Holmes)

El peor enemigo del Derecho es el dogmatismo puro, la teoría imposible de aplicar, el movimiento lento y pesado de una máquina de razonar anacrónica. Añado esto al hilo de lo escrito por el Juez Holmes, porque doy vueltas estos días a la típica discusión jurídica en la que hay que emplear mucho tiempo en desbrozar el terreno, para saber qué norma es aplicable y luego calibrar razonadamente sus efectos. Trataré de acercar mi solución a la realidad, y si, al menos consigo que no la entorpezca podré descansar. Lo demás será trabajo vano.

Cuídense.

Cartas babianas (XXIII)

11 de agosto de 2010

Queridos veraneantes:

El paseo de la tarde ha servido para desentumecer. Se presagia que el tiempo está de cambio. No importa, han sido doce días estupendos. En los que por la rareza de este verano no he hecho nada realmente. Escribir nada es detestable, pero las cosas son así.

El viernes cocinaré cordero para la comida del sábado. Un almuerzo para no olvidar que los inviernos existen. Cordero guisado. La correlación entre comer bien y cocinar es evidente. No obstante, la especialización ha separado a ambos individuos, el buen comedor no tiene que cocinar, como tampoco el cocinero que comer bien. Este último supuesto es el más interesante, porque en este caso el cocinero debe adivinar los gustos de los comensales. Las preferencias están arraigadas en la experiencia vital, es decir, forman parte de la cultura. Somos lo que comemos. Por eso no encuentro extraño el buen prestigio que gastan ahora los cocineros. Sobre todo cuando los nuestros alimentan al mundo superando el obstáculo de la cocina de mamá. La aceptación universal no es frecuente, por ejemplo hay escritores muy buenos que son apenas leídos en el extranjero. Ni fácil.

En la minúscula escala en la que yo cocino, el sabor del cordero es de la tierra. Si es tan bueno como prometió el carnicero, lo fundamental es hacer que su sabor sea el predominante. El guiso sólo puede ser un acompañamiento y la garantía de que la carne no seque. La guarnición de patatas restará severidad al almuerzo, permitiendo que el último cocinero sea el comensal. La ensalada se dispondrá al principio pero no se retirará. En cuanto al vino, sin perjuicio de que haya tinto, y desafiando a la ortodoxia será un blanco de Rueda frío. Buen provecho.

Cuídense.

Cartas babianas (XXIV)

13 de agosto de 2010

Queridos veraneantes:

La temperatura ha bajado, pero sigue haciendo sol. Las visitas se suceden y con ellas toda clase de conversaciones. La casa se convierte en una cantina en la que la gente habla con el aplomo de un ser que está de paso. Mi hermana cumplía años y lo celebramos ateniéndonos al guión, calibrando el eneatipo de cada cual, es lo que tiene ser psicóloga.

Lavarse las manos aquí tiene su dificultad. El jabón no es fácil de aclarar y se pega a la piel. Pese a haber alargado la exposición al agua, se deja finalmente la faena temiendo no haberla cumplido del todo. No hay muchos calvos, lo que podría atribuirse a las facultades del agua. El aire y el agua son elementos constitutivos de una determinada población. En este caso el aire es seco y el agua dura. Extraigan sus propias conclusiones.

Cuídense.

Cartas babianas (y XXV)

15 de agosto de 2010

Queridos veraneantes:

Mis vacaciones han concluido. Lo de Cicely ya es oficial, y debo incorporarme. Este verano ha sido raro, no ha servido para muchas cosas, ni siquiera ha cumplido la misión que le corresponde. Es justo abandonarlo en este momento, y empezar con nuevos bríos. En cierto modo, el frío de montaña ya me ha expulsado. La reclusión nunca es buena.

También acaba por este año la serie. Escribir a la vista del verano me ha resultado muy útil. He conseguido fugarme y establecer un relato plausible, incluso para mí. No tengo queja. He sabido por confesión de alguno de mis distinguidos lectores que prefieren detenerse en estas impresiones, más que en mis especulaciones baldías. Lo cierto es que la derrota de Ius et Libertas se aleja de la circunspección teórica, y no sé por qué. Para leer cualquier blog hay que acumular importantes dosis de paciencia, se lo agradezco. No conozco a todos aquellos que visitan esta página, no obstante la deuda contraída sólo puedo enjugarla con la disposición a orientar lo aquí escrito a sus preferencias, si consideran adecuado manifestarlas.

El comentario no es fácil. La máquina da cuenta de números, de minutos y segundos, de lugares, palabras clave, buscadores; y el autor se imagina a lectores inverosímiles. Algunos acceden anhelando encontrar algo que sólo tiene un parecido gráfico con lo que encuentran. Otros sienten curiosidad por lo que se dice, un mínimo interés por ver el desenvolvimiento del continuará, aun sin conocer ni tener nada que ver con el autor, le acompañan en sus episodios, leen dos líneas y deciden si acaban la entrada o se van. Finalmente, los conocidos que esperan ver escrito lo que no se dice. Siempre es así, encuentran el bosquejo de una idea de la que nunca me oirán hablar.

Con todos, acabo este verano. Habiendo compartido un destino que sin ellos hubiera sido peor. Con la conclusión ácida y pesada de que el verano no es propiamente una estación, sino una edad, un tiempo y unos pasajeros determinados. En su ausencia es otra cosa, posiblemente una carta.

Cuídense.

Cartas babianas (XXVI)

5 de agosto de 2011

Queridos veraneantes:

Estoy en Babia, si es que alguna vez la he abandonado. Sin haber acumulado aún un trienio, estas vacaciones resultan imprescindibles. El cansancio es un estado de ánimo que llega siempre en el momento oportuno, en el instante mismo en que empiezan las vacaciones. En otras palabras, las vacaciones llegan cuando la fatiga impide cualquier trabajo digno.

Las circunstancias hacen que por fin, un funcionario pueda estar cansado socialmente. Ya no porque se reconozca nuestro trabajo, sino porque esta crisis no nos ha perdonado. Si bien, las reticencias siguen afiladas, quizá, haber pasado unos años a la sombra, resulte ser nuestro pecado original, del que ni siquiera nos redimen los ministros del ramo.

Como no soy protestante recelo de la sanidad del cansancio, aunque no de su principal causa: el trabajo, pero ya habrá tiempo de hablar de ello.

Hoy es víspera de la fiesta y como a todas, el tiempo las desgasta, y las ausencias las nublan, hasta hacerlas irreconocibles.

Cuídense.

Cartas babianas (XXVII)

6 de agosto de 2011

Queridos veraneantes:

En este lugar, antes, había muchas moscas. Pongamos que unas cien por cada cabeza de vaca. Si había cien vacas, en aquellos tiempos sobrevolaban nuestras cabezas unas diez mil moscas. Los desayunos debían hacerse en la más estricta penumbra, cuidando que ningún grano de azúcar cayera sobre la mesa, para evitar la atracción fatal. La eficacia del rudimentario matamoscas era discutible, porque los insectos no veían en los cadáveres de sus congéneres ninguna amenaza. Supongo que en la perspectiva de una vida tan efímera no hay tiempo para el temor.

Ahora hay muchas menos moscas. Las moscas eran el alegre símbolo del esplendor. Si tuviera que hacer un escudo de armas pondría una mosca. Ironías de la vida, yo que fui un precoz cazador de moscas a puñetazos.

El mundo se tambalea tan seriamente que resulta inverosímil. Las cosas serias no suelen tener mucha consistencia, y desde luego, no será Standard and Poor’s quien se la venga a dar ahora. Desde aquí, veo tan lejos al especulador que tiendo a olvidar que son los de su casta quienes me fijan el precio del gasóleo. Me permitirán que con todos los arrestos que te proporciona este lugar, y en concreto esta fecha, diga que nos han tomado como fichas de dominó que han comenzado a caer. A ustedes como a mí, les interesa muchísimo responder a la cuestión de quiénes son los mercados, sin embargo, temo decepcionarles, necesitaría al menos dos veranos para darles una respuesta mínimamente convincente. Intuitivamente, deben de ser algo a quien culpar sin mayor miramiento o alguien a quien se teme encarar y castigar, acaso, algo que no merece nada sino sacrificio.

A esta altura la luz impresiona. Incluso cuando el día se apaga, la luz resiste y logra mantenernos con vida. Justo lo contrario a lo que pasa al otro lado de la montaña, donde a medida que el gris se instala, nuestras vidas, imperceptiblemente, se van apagando.

La comida en un día de fiesta resulta inabarcable. Embutidos que recuerdan que el único requisito para comer carne cruda es que esté seca. Los nervios de tocino que recorren el corte del jamón lubrican la garganta, para que pase bien, el sabor duro y áspero de un buen condimentado salchichón, por no hablar del lomo que acumulas en el plato, con disimulo, por si alguno de los comensales lo ha descubierto. En la copa un Ribera de Duero que sirve para amasar y facilitar la digestión. Ensaladilla rusa, porque las tradiciones están para cumplirlas y un segundo plato alternativo: carne guisada de ternera del país o bonito con pisto del otro país. Lo bueno de las fiestas, es que la disyunción puede dejar de serlo, pidiendo de los dos platos. Los postres son interminables y un café hecho lentamente acaba por recordar el feliz cumpleaños que ya no cantaré.

A esta hora en la que meto en el sobre tu carta, llega la esperada cena que antes, era el principio de una noche fría, extraña y larga.

Cuídense.

Cartas babianas (XXVIII)

8 de agosto de 2011

Queridos veraneantes:

Debo confesar que momentáneamente me he alejado de este territorio con el propósito de mojar los pies. El mar Cantábrico está a menos de dos horas, no obstante, se trata de una distancia imposible para las gaviotas, que nunca sabrán de este lugar.

Este año el mal tiempo está en boca de todos. En realidad, el tiempo, en verano, es siempre noticia. El pronóstico de la semana augura buen tiempo (pronóstico/augurio). Los hombres del tiempo no apaciguarán la curiosidad con la que cada mañana asomo la nariz para saber qué perneras poner. Es verano y pongo pantalón corto, como un escolar condenado a llevar la misma ropa durante todo el año, eso sí, sin los calcetines subidos hasta las rodillas.

La crisis de la deuda española ha desplazado a todas las ‘serpientes del verano’. No creo que Kondratiev (wave) estuviera muy de acuerdo. Se sabe que la prima de riesgo que pagamos ahora es la misma que se pagaba en 2008. Todos los datos que conocemos apuntalan la teoría de que en realidad, lo excepcional eran estos años y que las circunstancias nos devuelven a aquel lugar. Lo que nos tendríamos que preguntar es quién y por qué nos ha dado la entretenida. El mundo que conocemos, sin reformas no se mantiene, y nuestro país, después de la Constitución, no ha asumido ningún cambio estructural de calado. Las Diputaciones Provinciales son un claro ejemplo, nadie ha discutido seriamente su supresión, justo cuando procedía, después de que La Rioja se constituyera en comunidad autónoma.

La economía nos ha colonizado, esta mañana, en el desayuno mi preocupación eran las bolsas asiáticas, lo que no tienen ningún sentido. Porque para hablar de los índices de cotización como para hacerlo del vino, hay que saber, aunque no sea preciso tener una fortuna o beberse un viñedo.

Si les dejan, cuídense.

Cartas babianas (XXIX)

9 de agosto de 2011

Queridos veraneantes:

A media tarde he ido a Somiedo. No es que me empeñe en desmentir el título de estas cartas, ya que, como saben llevo a Babia en la mochila. En cada una de las vueltas que da la estrecha carretera, se abre un valle, que es un universo. Sigue siendo una reserva, no porque lo digan un par de normas administrativas, sino porque permanece escondido, a pesar del turismo rural y quizá de la sobreexplotación. Somiedo es el escondite al que debe acudir todo asturiano que no vaya a embarcarse. Peregrinación cumplida.

A lo largo del año, suelo apartar rarezas para leer en estos días. Rarezas son aquellas lecturas que durante el curso son imposibles, por muy queridas que me resulten. No siempre, casi nunca diría, se puede aquello que se desea. Hoy cumplí con la primera, un artículo de Alejandro Nieto publicado en 1992 en Documentación Administrativa, titulado: ‘La jerarquía administrativa’. De este artículo entresaco la siguiente advertencia que se hace a los funcionarios recién ingresados en el Civil Service: “legalmente sirve usted a la Reina. Lo que significa, en la práctica, que está al servicio del Ministro responsable de su Departamento, quien ejerce sus poderes en tanto miembro del Gobierno de S.M.; y puesto que el Ministro es responsable ante el Parlamento, usted sirve al Parlamento y, por ende, a la Comunidad… En un país democrático corresponde a los representantes elegidos el definir la política gubernamental… y a usted hacer lo que el Gobierno desea que haga.”

La semana pinta bien, habrá sol y frío, y desfilarán ideas almacenadas durante un año. Resultan muy interesantes los resúmenes que espontáneamente hacen los visitantes. Es una forma de confesarse en un mundo en que esta práctica ha caído en desuso. Pero aquí, nadie da la absolución y obviamente, no hay penitencia. Es un buen lugar.

Cuídense.

Cartas babianas (XXX)

10 de agosto de 2011

Queridos veraneantes:

Hoy, ha hecho un día de verano en toda regla, es San Lorenzo y el santo cumple. La energía de dos niños ha inundado la casa. Por la mañana, antes de que llegaran, me entretuve leyendo una sentencia sobre la acción pauliana. Podría haberme demorado con cualquier otra cosa, pero internet en la montaña es un capricho que te conduce por designios inescrutables. Las crisis obligan a aguzar el ingenio a los acreedores, porque casi todos, acaban siendo burlados. La seguridad del acreedor es un bien para el derecho. Nuestros códigos civiles se inspiran en el libre comercio y asegurar que el dinero vuelva a su dueño es lo mismo que garantizar su circulación. Por tanto, no extraña que el deudor siempre sea obviado, o protegido con menor intensidad que el acreedor. A cada uno lo suyo. Comparto este postulado, pero sin exagerar. La posición del acreedor profesional (las entidades de crédito) ha alcanzado tintes abusivos, que el derecho ha cubierto sin dificultad. El equilibrio es difícil, pero su falta un desastre. Desde hace un tiempo, a los deudores se les contempla como fallidos y se les exigen garantías inusitadas. Antes un deudor era un Rey, el dinero rulaba pero ya no regresaba con la misma seguridad. De ahí, al otro extremo. La historia jurídica de la crisis será la historia de la acción pauliana (revocatoria), con la que se intenta rescindir los negocios hechos en fraude de acreedores. ¿Y el fraude de los acreedores? Ni rastro. Habrá que esperar a una época de bonanza para que el deudor acorralado pueda señalar lo leonino de su acreedor.

En la conversación se trató del estado de las cuentas del país. Da miedo. Y da mucho más el hecho de que todo el mundo lo sepa. Los entendidos sostienen que se avecina otra recesión porque ‘los mercados’ desconfían de los deudores soberanos. Estremece pensar en la poca confianza que inspira un país. Al año suelo escribir una docena de veces eso de la solvencia garantizada del Estado, principio que se desvanece y que adquiere perfiles meramente retóricos. La carencia con que la Administración paga a los suministradores da lugar a que el sector público compre más caro o lo que es peor, que no encuentre a quien comprar.

La conclusión, queridos veraneantes, es que nadie confía en nadie, ni siquiera en quien manda la ley. Roto ese consenso, la alternativa suele ser el progromo (vid. London) y lo que sorprende es que eso no conviene a nadie, y mucho menos a nuestros acreedores. El que no sea deudor, que tire la primera piedra.

Cuídense.

Cartas babianas (XXXI)

12 de agosto de 2011

Queridos veraneantes:

En este tipo de casas se suele encontrar acomodo a los viejos muebles. Y en el menor espacio disponible se acumulan trastos, que periódicamente acaban en la basura. Siempre hay un día en el que hay que poner en orden alguna estancia, eso es el verano.

El día se ha agotado con un breve viaje al otro lado de la montaña, un poco de lectura y el montaje de una estantería.

La mayor población a la redonda es Villablino. Un pueblo minero que como todos siempre está en decadencia. Nadie sabe cuál es el papel del carbón en nuestras vidas (que antes de la crisis debían ser limpias). Faltaban algunas cosas para el almuerzo y allí es donde está el supermercado. El calor es distinto al de la montaña, me reemblandece y acabo olvidándolo todo. La compra ha durado el tiempo imprescindible, la cumbre es la cumbre, en el valle procuro permanecer el tiempo indispensable. Supongo que para poder tomar el camino de vuelta.

Eso es lo importante.

Cuídense.

Cartas babianas (XXXIII)

22 de agosto de 2011

Queridos veraneantes:

El mal tiempo da para mucho. Al otro lado de la montaña la previsión se cumplió fatalmente. Incluso peor, quedamos atrapados en la incertidumbre de las nubes alternándose con el sol. Ninguna campaña publicitaria puede cambiar esta circunstancia. Ni siquiera la rabia del verde y las demás virtudes consabidas. Y comer bien, se come en muchos sitios. Buen provecho.

Para los días grises en los que el tiempo te deja exhausto, la modernidad ha inventado las buenas series de televisión. Nuestra generación no las ha descubierto, pero sí las ha explotado intensivamente. Un largometraje se nos antoja insuficiente, cosas pendientes que no se consiguen atar nunca del todo. He seguido la recomendación y he visto ‘Damages’ que trata sobre un despacho de abogados civilistas de Nueva York y ‘Mad Men’ un retrato de la sociedad americana de los años sesenta.

Las series de abogados dicen que hacen abogados, como las de médicos, médicos. Aunque estos últimos reniegan con mayor intensidad de sus series que los abogados de las nuestras. Mi teoría es que nosotros lo hacemos por imitación, “la vida en los juzgados es más dura…” Tiene sentido que, en el fondo, nos identifiquemos con el valor épico y persuasivo de los discursos de defensa o acusación. Ya que, a diferencia de curar, la persuasión admite que se dramatice sin mayor violencia. En definitiva, todo abogado tiene derecho a la sana aspiración de una réplica brillante y exacta, aunque para ello no haga falta deambular por los estrados. La diferencia es mucho más profunda, el litigio es una metáfora que trata de representar a la justicia, mientras que en una operación no hay nada que se interponga entre la realidad y sus actores. De ahí que cualquier tratamiento artístico esté siempre reñido con la realidad, sino con la verosimilitud.

Ya no sé cuántas veces me he preguntado: ¿qué es el Derecho? Paro en seco, para no continuar con qué es la justicia y las demás preguntas que constituyen un rosario filosófico imposible de atender. Mi respuesta es cada vez más pragmática. Ya no es prejuiciosa ni tampoco candorosa, sin llegar, ni querer hacerlo, a la malicia. En la ficción el derecho es un simple método que permite conseguir la solución querida por el más hábil, el derecho es lo que diga el mejor abogado. La realidad, por fortuna, desmiente esta concepción. La objetividad, con todas las condicionantes que se quieran poner, acaba resplandeciendo, aunque, por decir verdad, no mucho. Al mismo tiempo que me absorbía la ficción, recordaba esta frase del gran Oliver. W. Holmes: “The prophecies of what the courts will do in fact, and nothing more pretentious, are what I mean by the law”.

Los años 60 de Estados Unidos, para los forasteros como yo, son los comienzos de la Guerra Fría, la aplicación de la doctrina Truman &c. En ‘Mad Men’ se da cuenta de los cambios sociales, que narra la perspectiva oblicua de una secretaria de un ejecutivo de publicidad. Mujeres de clase media-alta aburridas y a medio liberar viviendo el sueño americano. El sueño americano ha dado para mucho, en realidad, fue el primer ensayo del fin de la historia. Alcanzada esa vida, ya nada se podía ambicionar. Ni se debía. Quizá ese es el problema de los sueños y las utopías, que no tienen resuelto ni su futuro ni tampoco su autodestrucción.

Retomo esta última semana de vacaciones con el firme propósito de liquidar aquellas lecturas programadas, y de contar como un verano más se escapa, cuando los minutos y las horas comienzan a encarecerse. Con independencia de las bolsas, todos estamos en un mercado continuo (sé lo irritante que es esta metáfora, pero deberán posicionarse).

Cuídense.

Cartas babianas (XXXIV)

23 de agosto de 2011

Queridos veraneantes:

El verano ha desaparecido incluso aquí. Lo mismo pensará el presidente del Gobierno, que lleva tiempo sin encontrar sitio en el que guarecerse. La sana alternancia democrática, o más bien, su sospecha cierta produce un sentimiento anticipado de satisfacción. Lo bueno está por venir. Un pensamiento tan infundado como infantil que flota por este ambiente poco veraniego. No culpo a sus portadores, los comprendo. Pero comprender nunca ha sido suficiente, con todo, no tengo fuerzas para la solidaridad, las restan la maleza que enreda las críticas y las apocalípticas sentencias. La severidad sería el punto exacto, en cambio, han pasado a los insultos. La vida política española nunca ha estado exenta. Ahora menos. Veremos como esta pasión arrollará y a su paso, como siempre ocurre en estos casos, las promesas serán ventajas y sin llegar a salir de los púlpitos.

Lleva tiempo sin haber verano para la clase política, supongo que después del cambio, tampoco habrá invierno. La alternancia implica que las responsabilidades se reparten, aunque la memoria de los votantes-pez, solo refieran, y a duras penas, los últimos años. La gran política detesta mucho las altas expectativas porque se defraudan fácilmente y aunque hay interpretaciones para todos los gustos, nunca constituyen una oportunidad, es lo que se conoce como morir de éxito.

Los veranos no sirven para calmar los ánimos porque las conspiraciones nunca se detienen, al contrario, se aprovechan de la relajación general. Estar lejos de la capital es como estar fuera del imperio, en realidad, un país es Roma y la Urbs es el mundo. Fuera del mundo, en Babia, las cosas empequeñecen, pierden valor, peso y desaparecen, perdón, sucumben a los encantos de este frío desapacible, impropio.

Veo la película sobre la entrevista de Frost con Nixon. Una lección para todos los próximos presidentes que pueblen este mundo: si se muere ante las cámaras, como le ocurrió a Nixon y a partir de él a todos los demás (en España, recordemos la declaración televisada de Suárez), las cámaras nunca logran la resurrección. Al contrario, hacen todo lo posible para que nunca puedan descansar en paz. La paz no está sobrevalorada.

Cuídense.

Cartas babianas (XXXV)

26 de agosto de 2011

Queridos veraneantes:

Una de las ventajas de dormirse aquí es poder hacerlo sin bajar la persiana. Seguro de que la total oscuridad velará el sueño. El mundo se enciende muy lentamente, tanto, que la claridad nunca llega a despertarme del todo. En la ciudad todo es distinto, nunca se apaga completamente y el día se hace de pronto, como cumpliendo una ordenanza municipal vigente desde los años cincuenta. Además hay ruidos que sin ser perturbadores, con ellos, los oídos se empapizan. En este sitio es imposible escuchar ningún ruido de esa clase. Dicen, que mientras dormimos, a escasos metros trabajan sin desmayo osos y jabalíes. Puedo asegurarles que lo hacen en monacal silencio.

He acabado una novela que recomiendo a todos los veraneantes y demás amables lectores (Memoria de la lluvia, Miguel Rodríguez Muñoz, KRK, Oviedo, 2002). Les pongo aquí mismo un fragmento sobre el clima, perfectamente aplicable a nosotros: “El sol reina pero no gobierna: son las nubes quienes se ocupan de las enojosas tareas diarias. Nadie enferma de paludismo ni se congela ni asfixia o desvela por el bochorno. No hay calamitosas sequías, tampoco inundaciones, huracanes o tornados; la nieve, cuando llega, adorna el paisaje y produce contento. El clima en Tresmontes es dulce y perverso. No afecta al cuerpo, machaca el alma. No mata, pero toca los cojones.”

También he rematado un clásico ‘La lucha por el Derecho’. Las conclusiones no caben en esta carta, y no estoy seguro de haber aprovechado la lectura como debiera. La primera parte la leí en un avión y la segunda aquí, sin tomar notas. La recuperación de un bien por su legítimo propietario, consecuencia del ejercicio de la acción reivindicatoria, no satisface el ideal de justicia si no va acompañada de una indemnización que repare el atentado a la propiedad, visto no solo como una lesión a los intereses particulares del dueño burlado sino como un atentado contra el sistema jurídico. En consecuencia, toda la lucha por los derechos subjetivos preserva el derecho objetivo (el sistema). Esta podría ser una buena justificación de la indemnización del daño moral. Y más aun del mismo derecho que mediante su ejercicio se afianza.

Cuídense.

Cartas babianas (y XXXVI)

27 de agosto de 2011

Queridos veraneantes:

Esta es la última carta de la temporada. El fracaso del último verano. Nací en septiembre y por eso sé muy bien de lo que hablo. No merece la pena alterarse, tanto por lo que tiene de irrepetible como porque el tiempo siempre nos da nuevos motivos y algún aire. No lo olviden, las autoridades, si las dejáramos, nos dirían sin el menor rubor que el verano solo es una estación y que hay otras tres. Soy partidario de la obediencia y de emprender los viajes con el cinturón de seguridad. Como siempre con medida. Pero en este caso, el fin del verano, vivo como queda Chanquete, no tiene mayor trascendencia. El azar, me ha privado de días de verano y si repaso, me veo enredado en aquel gris mate sin poder sacar las manos de aquella camisa de fuerza. El optimismo es la trampa más sofisticada que nos hacemos a nosotros mismos. Relativizar (maldito relativismo) supone mirar torcido a lo que tenemos delante, pensando que lo que viene será mejor. Y lo bueno de relativizar es que te lleva al estado gozoso del optimismo. Algunos lo llevan puesto, optimismo antropológico, y otros para tenerlo, o toman drogas o leen libros de autoayuda. No obstante, si quieren excitarse porque el verano ha concluido, pueden hacerlo sin problema, si bien, no se lo recomiendo.

Uno de los objetivos de las vacaciones es retirarse y cumplo. Sobre la duración de las vacaciones deberíamos dejar hablar a la OIT (Organización Internacional del Trabajo), pero sobre el retiro es preferible que lo hagan los psiquiatras y adelanto que advertirán que no se prolongue, dos semanas como mucho.

Entre ayer y hoy he limpiado el coche. La típica tarea de fin fiesta. Es una actividad de lo más agradecida, y entretiene. Mientras que frotaba el morro, me preguntaba por los miles de insectos aplastados. No se trata de curiosidad de entomólogo ni de escrúpulo de ecologista radical, sino de la actividad propia de alguien que no tiene con que ocupar la cabeza. Mientras que pensaba en ellos, me reía, estaba absolutamente desconectado a pesar de los móviles, los correos, las notificaciones de facebook y las actualizaciones de Jot Down (atenderlas ya es una obligación, Jabois mediante). Eliminar los mosquitos y demás familia lleva su trabajo y requiere de ayuda química. El bote dice con toda claridad que el producto surte efectos después de dos minutos en contacto con los restos mortales. Fiel a las recomendaciones dejo actuar la sustancia, pero así todo, froto y algunos trazos sanguinolentos no se van de buenas a primeras del capó del coche. Al tercer intento no queda rastro de los insectos.

Aunque estas cartas no puedan llegar a su destino, no podría haber dejado de escribírtelas.
Cuídense.